La debilidad del Jefe (Devils 3) CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

El sol comenzaba a ponerse cuando Aston regresó al edificio Cavendish, después de un largo día. La torre de cristal y acero dominaba el horizonte financiero de Manhattan.

Mientras cruzaba el vestíbulo hacia los ascensores, varios empleados lo saludaron con una mezcla de respeto y nerviosismo. A esas alturas Aston no era conocido precisamente por su calidez. Ni por su amabilidad.

Pero ese día, ni siquiera notaba las reverencias disimuladas o las miradas furtivas. Su mente seguía en aquella nave industrial, procesando la información que había arrancado a Fisher.

Los Blackguard siempre acechando en las sombras, siempre manipulando, siempre tratando de destruir a cualquiera que pudiera opacarles.

Y en algún lugar, quizás más cerca de lo que pensaba, su padre.

El ascensor lo llevó directamente al piso ejecutivo. Cuando las puertas se abrieron, encontró a Valerie detrás de su mesa, tecleando concentrada en el ordenador.

—Buenas tardes, señorita Scott —la saludó en tono formal.

Valerie levantó la vista por encima de la pantalla.

—Buenas tardes, señor Cavendish —correspondió.

—No me pase ninguna llamada en la próxima media hora —ordenó.

Valerie asintió.

—Entendido.

Aston necesitaba unos minutos de soledad para reordenar sus pensamientos. Había sido un día muy largo.

Ya dentro de su despacho, se quitó la americana y la colgó meticulosamente en el perchero de pie junto a la ventana. Desde allí, Nueva York se extendía como un vasto tablero de ajedrez, con sus piezas (edificios, vehículos, personas) moviéndose según reglas que él había aprendido a dominar.

O eso creía hasta hoy.

Se desabrochó el primer botón de la camisa y aflojó ligeramente la corbata. Pequeños gestos de vulnerabilidad que jamás se permitiría frente a otros.

Dejó escapar un suspiro.

¿Dónde demonios estaría su padre metido? ¿Y por qué le estaba costando tanto dar con él? ¿Acaso sabía que le estaba buscando y por eso no se dejaba encontrar?

Fisher había mencionado que había rumores de que vivía en Europa con otro nombre por un desacuerdo familiar? ¿O en Sudamérica? ¿Sería verdad?

Si lo era, iba a costar mucho más dar con su paradero. Pero Aston no cesaría en su empeño. No. Nunca. Aunque estuviera en el fin del mundo.

Después de un rato, se sentó en su sillón de cuero y apretó el intercomunicador.

—Señorita Scott, necesito los informes trimestrales de Goldstein & Associates. Prepárelos y tráigamelos al despacho.

La voz de Valerie sonó clara y profesional.

—Por supuesto, señor Cavendish. Los tendré listos en cinco minutos.

Aston aprovechó ese tiempo para revisar sus correos electrónicos, intentando regresar a la rutina, a la normalidad.

A lo que podía controlar. Como si no hubiera pasado la mañana interrogando a un traidor en una nave industrial abandonada.

Como si no estuviera cada día más cerca de descubrir el paradero del hombre que había abandonado a su madre a su suerte, condenándola a muerte.

Un suave golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos.

—Adelante —dijo, adoptando automáticamente su máscara de CEO imperturbable.

Valerie entró con una carpeta gruesa en las manos.

Vestía una falda negra hasta las rodillas y una blusa de seda de color burdeos que realzaba su figura sin resultar inapropiada para el trabajo.

Su pelo negro estaba recogido en un moño informal que dejaba escapar algunos mechones rebeldes, enmarcando un rostro que, a pesar del maquillaje, mostraba signos de cansancio.

—Los informes que ha solicitado, señor —dijo, acercándose al escritorio.

Aston la observó con atención. Había algo diferente en ella. Una tensión que no era habitual, una especie de fragilidad contenida detrás de su eficiencia profesional.

—Gracias, señorita Scott —respondió, alargando las manos por encima de la mesa para cogerlos.

Valerie se inclinó para darle la carpeta, extendiendo los brazos sobre la superficie.

Fue entonces cuando las mangas de su blusa se deslizaron hacia arriba, revelando durante un brevísimo instante lo que claramente eran las marcas de dedos en su antebrazo derecho.

Moretones oscuros, con la inconfundible forma de una mano que había apretado con excesiva fuerza.

Valerie pareció darse cuenta, porque rápidamente retiró los brazos y se ajustó las mangas, pero era demasiado tarde. Aston lo había visto, y algo dentro de él, algo primitivo y protector que ni siquiera sabía que poseía, rugió en su interior.

Lexe le había contado el incidente que había tenido lugar después de llevar a Valerie a casa. Cómo el cretino de su novio la había agarrado con fuerza, cómo había tenido que intervenir.

En aquel momento, Aston había dicho que no era asunto suyo, que no se inmiscuía en la vida personal de sus empleados y que su asistente era ya adulta para solucionar sus propios problemas.

Pero ahora, viendo las pruebas del maltrato, sintió cómo su sangre comenzaba a hervir. La mandíbula se le tensó involuntariamente, y tuvo que hacer un esfuerzo consciente para no apretar los puños sobre el escritorio.

—¿Se encuentra bien? —preguntó Valerie, al notar su repentina rigidez.

Aston se obligó a relajar los músculos faciales, recuperando su expresión neutral.

—Perfectamente, señorita Scott. Solo estaba pensando en algo.

Sus ojos se encontraron durante un instante, y Aston tuvo la extraña sensación de que ella sabía exactamente qué había visto.

—¿Necesita algo más? —preguntó ella, con las manos juntas delante del cuerpo, como creando una barrera.

Aston dudó.

Una parte de él quería decir algo, preguntar directamente, ofrecerle... ¿qué? ¿Ayuda? ¿Consejo? ¿La cabeza de su novio en una bandeja de plata? Ninguna de esas opciones parecía apropiada para la relación estrictamente profesional que mantenían.

—No, eso es todo por hoy. Gracias —respondió finalmente—. Puede irse a casa.

Valerie asintió y se dirigió hacia la puerta.

Aston no pudo evitar advertir una ligera vacilación en sus pasos, como si ella también estuviera luchando contra el impulso de decir algo más. Pero el momento pasó, la puerta se cerró, y Aston se quedó solo con sus pensamientos y una ira que no tenía derecho a sentir.

¿Por qué le importaba tanto? Valerie Scott era simplemente su asistente, eficiente y discreta, nada más. Su vida personal, sus relaciones, sus problemas no eran asunto suyo.

Y sin embargo...

Apretó el puente de su nariz con el pulgar y el índice, intentando alejar el recuerdo de esos moretones.

No funcionó.

La imagen parecía haberse grabado a fuego en su retina.

—Maldita sea —murmuró para sí mismo, girando su sillón hacia la ventana.

Fuera, la ciudad continuaba con su frenético ritmo. Pero dentro de su cabeza, algo parecía distinto.