CAPÍTULO 13
El Lexus LC avanzaba por las calles congestionadas de Manhattan, deslizándose entre el tráfico como si existiera un carril invisible reservado solo para él.
Las gotas de lluvia comenzaban a golpear el parabrisas, distorsionando la vista de los edificios que pasaban a su lado. La ciudad parecía diferente, más gris, más amenazante, como si reflejara el estado de ánimo dentro del vehículo.
Aston Cavendish observaba las calles a través de la ventanilla tintada. Su rostro era una máscara impenetrable de calma.
Para cualquiera que lo observara, parecería simplemente un ejecutivo más dirigiéndose a otra reunión importante. Pero Lexe, que lo conocía mejor que nadie, podía percibir la tensión contenida en la línea de sus hombros, en la forma en que sus dedos golpeaban rítmicamente el cuero de su maletín.
—¿Estás bien? —le preguntó.
—Perfectamente —respondió Aston, con voz tranquila pero cargada de determinación—. Es hora de que obtengamos respuestas.
El silencio volvió a instalarse entre ellos, cómplice y tenso a la vez. No era necesario decir más. Tantos años trabajando juntos habían creado un lenguaje entre ambos, una comprensión que iba más allá de las palabras.
Aston mantuvo su mirada fija en el paisaje. Los rascacielos fueron quedando atrás, reemplazados por edificios más bajos, zonas industriales, y lugares que raramente visitaban.
El GPS del vehículo anunció que estaban a cinco minutos de su destino. Lexe tomó un desvío, adentrándose en un polígono industrial semiabandonado en las afueras de la ciudad.
Las naves, muchas de ellas con las ventanas rotas y las puertas oxidadas, parecían esqueletos de una era industrial pasada. No era el tipo de sitio donde esperarías encontrar al CEO de una de las empresas más prometedoras de la costa este.
—Aquí está lo que pediste —murmuró Lexe.
Luego sacó una carpeta de la guantera del coche y su rostro volvió al modo de negocios.
—Aquí está el resumen de esos contratos del Conglomerado de Blackguard —comenzó—.
Se han estado moviendo en las sombras, y están planeando socavar nuestra próxima oferta.
Puse algunos espías en la cima. Esta gente realmente controla todo, y no quieren que nadie prospere con su empresa en Nueva York.
No quieren que nadie se haga poderoso. Quieren ser los dueños de la ciudad.
—Típico —murmuró Aston, abriendo la carpeta. Eran inteligentes y jugar con ellos requería estrategia.
La información de Lexe era tan clara como siempre, completando cada detalle que había descubierto.
—Encontré al traidor haciendo sus pequeños trabajos sucios con uno de los hijos de Blackguard.
Es todo un crápula. Lo pillé después en un garito de prostitutas, metido de coca hasta el culo.
El bastardo era sorprendentemente fuerte, pero finalmente lo noqueé.
Se estaba gastando todo el dinero que le habían pagado los Blackguard en putas y droga.
—¿Por qué será que no me sorprende? —dijo Aston, cerrando la carpeta con un movimiento brusco.
Sus ojos se oscurecieron al pensar en la traición.
Hadden Fisher había sido contratado seis meses atrás como analista financiero.
Sus credenciales eran impecables, su trabajo inicial impresionante.
Hasta que Lexe empezó a notar pequeñas inconsistencias, información confidencial que de alguna manera llegaba a oídos de los Blackguard y que hacían que se adelantaran a todos los movimientos empresariales de Aston.
El Lexus se detuvo frente a una nave industrial que parecía abandonada desde el exterior.
Las ventanas estaban cubiertas con tablones de madera y la pintura de la puerta principal se desprendía en grandes escamas.
Sin embargo, a diferencia de los edificios circundantes, no había grafitis ni señales de vandalismo, como si incluso los delincuentes supieran que debían mantenerse alejados.
Aquella propiedad era una de las tantas que Aston Cavendish había comprado.
—¿Está dentro? —preguntó Aston mientras se apeaban del vehículo.
La lluvia había aumentado su intensidad, formando charcos en el asfalto agrietado.
—Sí. No irá a ninguna parte —respondió Lexe, sacando una llave de su bolsillo.
La introdujo en la cerradura, dio un par de vueltas y abrió.
La tenue luz se filtraba a través de los huecos de las paredes, proyectando un brillo enfermizo sobre la escena. Y allí, atado a una silla y con la boca envuelta en capas de cinta adhesiva, estaba su invitado.
Hadden Fisher.
Tenía la cabeza gacha y el sudor goteaba de su frente al suelo de tierra.
Su rostro mostraba signos evidentes del «encuentro» con Lexe: un ojo hinchado hasta cerrarse completamente, el labio partido, manchas de sangre reseca en su camisa blanca.
Tenía el aspecto de alguien que había aprendido una lección dolorosa sobre las consecuencias de la traición.
Aston se detuvo frente a él, observándolo con frialdad. No había satisfacción en sus ojos ante el estado lamentable de Fisher, solo determinación.
Lexe sonrió, con los brazos cruzados, como si estuviera viendo una película en la televisión.
—No es mi mejor trabajo, lo sé —dijo.
Aston volvió el rostro hacía él y alzó una ceja.
—¿En serio?
Lexe simplemente se rio entre dientes. Un sonido bajo y casual.
—Oye, solo me estoy ganando el sueldo, jefe. Tú me conoces.
Aston le devolvió su atención al hombre sentado en la silla. Alargó el brazo y de un tirón le quitó la cinta de la boca.
—Señor Fisher —dijo con una calma escalofriante—. Parece que tenemos asuntos que discutir.
Hadden Fisher intentó erguirse, pero el dolor lo hizo encogerse nuevamente. Sus ojos, uno de ellos apenas visible entre la hinchazón, mostraban un terror muy real.
—Señor Cavendish —balbuceó, con la voz ronca—. Esto es... esto es un malentendido. Yo nunca...
—Ahórrate las mentiras —lo interrumpió Aston—. Tenemos pruebas de cada documento que has filtrado, de cada detalle confidencial que ha vendido a los Blackguard. La única pregunta que queda es: ¿por qué a los Blackguard?
Se desplazó lentamente alrededor de la silla, como un depredador acechando a su presa. Su presencia, normalmente intimidante en las salas de juntas de Manhattan, en aquellas circunstancias resultaba aterradora.
—No... no fue personal —consiguió articular Hadden, tragando con dificultad. Un fino hilo de sangre fresca descendía desde su labio partido—. Me ofrecieron dinero... mucho dinero.
—¡Mentira! —estalló Aston con desdén—. Trabajas para ellos. Eres uno de sus sucios lacayos. Una de sus sucias ratas.
Hadden Fisher bajó la mirada, incapaz de sostener el contacto visual con Aston. Su respiración entrecortada fue el único sonido en la nave durante varios segundos.
Lexe se mantenía ligeramente apartado, vigilante, preparado para intervenir si era necesario. Aunque sabía que Aston no necesitaba ayuda para intimidar a alguien como Fisher.
—Lo que me interesa saber ahora —continuó Aston, inclinándose hasta quedar a la altura de los ojos de Hadden—, es qué más les has contado sobre mí. ¿Qué saben los Blackguard sobre mis asuntos personales?
El miedo en el rostro de Fisher se intensificó. Esto iba más allá de pasar información empresarial; entraba en terreno mucho más peligroso.
—Nada, lo juro —respondió—. Solo me pidieron que me infiltrara para obtener información sobre la empresa, sobre adquisiciones futuras, vulnerabilidades financieras... nada personal.
Aston lo estudió detenidamente, buscando signos de mentira en sus facciones.
Era muy improbable que los Blackguard supieran quién era realmente, que supieran que, en el fondo, era uno de ellos, que corría por sus venas la misma sangre.
Aston había sido muy precavido para que no se enteraran.
De otro modo, no podría llevar a cabo su venganza.
Lo matarían a la primera oportunidad, y al final no podría encontrar al bastardo de su padre.
La búsqueda del padre de Aston había sido meticulosamente discreta, que solo conocían Lexe y él. Era un alivio saber que los Blackguard aparentemente no estaban al tanto de que estaba buscando a uno de ellos.
Si descubrieran que el hijo de Laura Cavendish, a quien habían asesinado brutalmente hacía veinte años junto con su hermana melliza, no solo que existía y estaba vivo, sino que además buscaba venganza... las consecuencias serían impredecibles y probablemente letales.
—¿Por qué los Blackguard andan detrás de mí? —insistió Aston, retomando su paseo alrededor de la silla—. Y piensa muy bien tu respuesta, Fisher. Tu situación ya es mala, no la empeores mintiendo. No sería bueno para tus huesos.
Hadden se humedeció los labios, haciendo una mueca cuando su lengua tocó la herida abierta.
—Piensan que eres una amenaza para sus planes de expansión —respondió finalmente—. Te ven como un advenedizo, alguien sin conexiones familiares importantes que de alguna manera ha logrado construir un imperio que compite con el suyo.
Aston asintió lentamente.
La ironía era palpable.
Los Blackguard veían como una amenaza al hijo de uno de los suyos, sin saber que la sangre que tanto veneraban corría por sus venas.
—¿Algo más?
—Están particularmente interesados en tu adquisición de Goldstein & Associates —continuó Hadden Fisher.
Había decidido que la cooperación era su mejor estrategia—.
No entienden por qué invertiste tanto en una empresa que estaba al borde de la quiebra.
Creen que tiene algún valor oculto que ellos no han detectado.
Aston mantuvo su expresión neutra, pero internamente sonrió.
Goldstein & Associates había sido una adquisición estratégica, no solo por su potencial de recuperación y beneficios futuros, sino porque le había llevado a Nueva York de una manera discreta.
Había sido la excusa perfecta para mudarse a la Gran Manzana sin levantar demasiadas sospechas.
—¿Y qué planes tienen para mi empresa? —preguntó, deteniéndose frente a Fisher.
—Quieren destruirla —respondió él sin rodeos—. Han estado manipulando el mercado, presionando a inversores clave para que retiren su apoyo. El plan era forzar una crisis de liquidez que te obligara a vender a precio de saldo. Y entonces ellos entrarían con una oferta aparentemente salvadora.
Lexe dio un paso adelante, interviniendo por primera vez.
—¿Quién es tu contacto directo? ¿Con cuál de los Blackguard te comunicas?
Hadden Fisher pareció dudar, como si aquello fuera una línea que aún temía cruzar.
—Con ninguno directamente —dijo, al cabo de unos segundos—. Trabajo a través de intermediarios. Un hombre… Un hombre llamado Garrett es mi contacto principal. Nunca he conocido personalmente a ningún miembro de la familia.
—Pero trabajas para ellos —habló Aston.
—Sí, pero no directamente.
—Garrett Reynolds —murmuró Lexe, reconociendo el nombre—. Es la mano derecha del hijo mayor de Gerald Blackguard.
Aston asintió, Reynolds era conocido en ciertos círculos como el «fixer» de los Blackguard, el hombre que se ocupaba de los problemas sin que la familia tuviera que ensuciarse las manos.
—Una última pregunta —dijo Aston, y su voz adquirió un tono más amenazante—. ¿Qué sabes del paradero de Edgar Blackguard?
El nombre pareció despertar cierto reconocimiento en Fisher, aunque era evidente que no comprendía su importancia para Aston.
—¿El hermano menor? Solo rumores... Desapareció hace años. Algunos dicen que está muerto, otros que vive en Europa bajo otro nombre después de algún tipo de desacuerdo familiar. Otros que se fue a Sudamérica.
Edgar Blackguard. El padre de Aston. El hombre que había abandonado a su madre cuando descubrió su embarazo, dejándola sola y vulnerable ante la ira de la familia Blackguard, cuando esta se enteró de que andaba liado con la chica del servicio.
Aston se irguió, había obtenido lo que necesitaba. Con un gesto silencioso, indicó a Lexe que era hora de concluir aquel interrogatorio.
—Señor Fisher —dijo, adoptando nuevamente su tono de CEO, frío y calculador—.
Te sugiero que, cuando salgas de aquí, consideres seriamente la posibilidad de abandonar Nueva York, y hasta el país.
Los Blackguard no aprecian a aquellos que filtran información sobre sus operaciones, incluso aunque dicha información fuera obtenida trabajando para ellos.
Fisher lo miró con ojos desorbitados por el pánico.
—¿Me... me vas a dejar ir?
La sorpresa en su voz era palpable. Claramente había esperado un desenlace mucho más siniestro.
—No soy un asesino, Fisher —respondió Aston con una frialdad que hizo que él se estremeciera—.
A diferencia de los Blackguard, no resuelvo mis problemas eliminando personas.
Pero ten por seguro que, si vuelves a cruzarte en mi camino, o si descubro que has compartido una sola palabra de esta conversación con alguien, las consecuencias serán... jodidas para ti.
Se giró hacia Lexe con un movimiento ágil.
—Encárgate de los detalles. Asegúrate de que entienda completamente su situación.
Lexe asintió, mientras sus ojos evaluaban a Hadden Fisher como un carnicero evaluaría un trozo de carne.
—Con gusto.
Mientras Aston se dirigía hacia la salida de la nave, camino del coche, la lluvia había cesado.
El cielo seguía nublado, pero algunos rayos de sol comenzaban a filtrarse entre las nubes, deslizando su luz sobre los charcos del suelo.
Se detuvo un momento, contemplando el horizonte donde los rascacielos de Manhattan se recortaban como siluetas distantes.
En algún lugar estaba su padre. El hombre que nunca lo había reconocido, el hombre cuya familia había asesinado a su madre y a su hermana melliza, pensando que él no existía, que Laura Cavendish no tenía más hijos.
Edgar Blackguard. Un fantasma que había perseguido durante la mitad de su vida.
«Te encontraré —murmuró para sí mismo, mientras las primeras gotas de una nueva tormenta comenzaban a caer—. Y cuando lo haga, los Blackguard descubrirán que el verdadero peligro nunca vino de fuera, sino de su propia sangre.»
Y con aquella promesa silenciosa, regresó al Lexus para esperar a Lexe.
La cacería continuaba.