La debilidad del Jefe (Devils 3) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

La mañana siguiente llegó con esa crueldad reservada para quienes no han dormido bien.

Valerie se despertó sobresaltada cuando el pitido insistente de la alarma atravesó la neblina de su intranquilo sueño.

Había pasado la noche en el sofá, incapaz de enfrentarse a la cama que había compartido con Marcus durante tanto tiempo, aunque él ni siquiera estaba allí.

Se incorporó lentamente, y cada músculo de su cuerpo protestó. Eran demasiados días ya durmiendo en el sofá. La manta que se había echado por encima se encontraba arrugada en el suelo. Su cabeza palpitaba con el inicio de una migraña.

—Genial, justo lo que necesitaba —murmuró mientras apagaba la alarma.

El apartamento estaba silencioso. Ni rastro de que Marcus hubiera regresado durante la noche.

Parte de ella se sentía aliviada; otra parte, extrañamente vacía. Era como si su relación hubiera estado muriendo durante tanto tiempo que ahora solo quedaba el eco del dolor.

Se arrastró hasta la cocina y puso la cafetera. Necesitaría al menos dos tazas de café (o un café con whisky) para afrontar el día que tenía por delante.

Mientras lo preparaba, se miró el brazo donde Marcus la había agarrado la noche anterior. Un moretón con la forma inconfundible de sus dedos se había formado sobre su piel pálida.

—Mierda —susurró, pasando suavemente las yemas por encima de las marcas.

Tendría que llevar manga larga, a pesar del calor que siempre hacía en la empresa.

Desayunó algo ligero, y mientras se vestía, eligiendo cuidadosamente una blusa de manga larga que ocultaba los moretones, su teléfono sonó. Era un WhatsApp de Dee.

Dee: ¿Sigue en pie lo de esta noche? Necesito cervezas y chismes. Y tú pareces necesitar ambos también. ¿Qué tal van las cosas con Marcus?

Valerie había olvidado por completo que había quedado con su amiga. Joder, ¿dónde tenía la cabeza?

Durante unos instantes tuvo la tentación de cancelar el plan. ¿Cómo podría sentarse en un bar y fingir que todo estaba bien? Pero entonces pensó que con Dee no tenía que fingir. Sabía todos sus secretos, al igual que ella sabía los suyos.

Tal vez unas horas aparentando ser normal, con una amiga que la hacía reír, era exactamente lo que necesitaba.

Se apresuró a teclear su respuesta.

Valerie: Por supuesto. A las 20:30 en el sitio de siempre.

Dee: Tengo muchas ganas de que me hables de ese nuevo jefe tuyo que dicen que es el Diablo.

Valerie no pudo evitar sonreír. Sacudió la cabeza. Dee vivía para el chisme.

Valerie: Hay gente que dice que es el diablo y otros que es un vampiro.

Dee: ¿Un vampiro tipo Crepúsculo? ¿O un vampiro tipo Ian Somerhalder en Crónicas Vampíricas?

Valerie se quedó unos segundos pensando en Aston, y contestó.

Valerie: Tipo Ian Somerhalder.

Dee: Me encantan los vampiros tipo Ian Somerhalder. Dios, ese tío está tan bueno. Le dejaría que me chupara toda la sangre del cuerpo. ¡Toda!

Valerie soltó una pequeña carcajada. Dee siendo Dee.

Valerie: Jajajaja… Tengo que dejarte, o llegaré tarde al trabajo.

Dee: Yo también. Nos vemos luego. Que tengas un buen día.

Valerie: Igualmente. Besos.

Dee: Besos.

Valerie terminó de vestirse y salió para la oficina.

El edificio de Cavendish Industries ya tenía algo de actividad cuando Valerie llegó.

A pesar de todo, había conseguido llegar temprano, impulsada por esa energía nerviosa que la invadía cuando su vida personal se desmoronaba.

Al menos su vida profesional se mantenía a flote. Y esperaba que fuera durante mucho tiempo.

La planta ejecutiva estaba tranquila, pocos empleados habían llegado tan temprano. Valerie agradeció el silencio mientras repasaba la agenda del día de Aston.

—Buenos días —dijo una voz profunda detrás de ella.

Valerie se sobresaltó, casi dejando caer la tablet al suelo. Levantó la cabeza para encontrarse con Lexe, vestido con su habitual traje negro, pero con una expresión más suave de lo normal en su rostro.

—Lexe, buenos días —respondió, esforzándose por sonreír.

—Siento haberte asustado —dijo él.

—No te preocupes, es que me concentro demasiado y pierdo la noción del mundo. —Valerie sonrió—. No esperaba verte tan temprano por aquí.

—El señor Cavendish tiene una reunión a las ocho que le ha surgido a última hora en la otra punta de Nueva York —explicó, observándola con atención.

Era mentira. Sí que tenía que reunirse con alguien en la otra punta de Nueva York, pero no tenía nada que ver con negocios, si no con su padre. Pero esa información no era necesaria para Valerie.

Los ojos de Lexe, entrenados para detectar detalles, se detuvieron brevemente en la manga de su blusa, como si pudiera ver a través de la tela.

—¿Estás bien?

La pregunta, hecha con preocupación, casi quebró la fachada cuidadosamente construida de Valerie.

—Estoy bien —respondió automáticamente, volviendo su atención a la tablet—. Solo un poco cansada.

Lexe se acercó, manteniendo una distancia respetuosa, pero lo suficientemente cerca para que su voz pudiera bajar a un susurro y que nadie pudiera oírlos.

—Sé que no es asunto mío, pero lo de anoche...

—Fue solo una discusión —lo interrumpió Valerie, pasando rápidamente el dedo por la tablet para subir el contenido que estaba viendo—. Las parejas discuten —dijo en un tono que quería que sonara despreocupado.

—Sí, las parejas discuten —respondió Lexe—. Pero no todas las discusiones terminan con marcas en los brazos.

Valerie se tensó, pero trató de mantener una expresión neutral en el rostro.

—Aprecio tu preocupación, de verdad, pero estoy bien. Marcus estaba borracho y eso hizo que se alterara un poco. No es... no es algo habitual en él.

Incluso mientras lo decía, Valerie se dio cuenta de la falsedad que rezumaban sus palabras. Tal vez los agarrones no eran habituales, pero los gritos, las acusaciones, los insultos, la tensión constante... se habían convertido en su normalidad sin que se diera cuenta.

Lexe la miró, como evaluando la veracidad de sus palabras. Finalmente asintió, aunque que la creyera era algo muy diferente.

—Mi oferta sigue en pie —dijo de todos modos—. Cualquier cosa, a cualquier hora. —Su tono era serio.

—Gracias —respondió Valerie con sinceridad.

El sonido del ascensor anunció la llegada Aston, rompiendo el momento.

Como siempre, su presencia transformó inmediatamente la atmósfera de la oficina. Era como si el aire mismo se cargara de energía.

Vestido con un traje negro impecable, una camisa blanca y una corbata de rayas negras y grises, Aston caminó hacia ellos con esa seguridad que parecía tan natural en él como respirar.

Sus ojos azules escanearon el vestíbulo, deteniéndose momentáneamente en Valerie y Lexe.

—Buenos días —saludó con un ligero asentimiento.

—Buenos días, señor Cavendish —contestó Valerie.

—El coche ya está listo —intervino Lexe.

—Perfecto, entonces marchémonos —dijo Aston. Dirigió una mirada a Valerie—. No sé a qué hora volveré, señorita Scott. Por favor, cancele la reunión que tenía a las nueve con el señor Jones.

—Por supuesto —contestó ella.

Aston le lanzó una última mirada antes de girarse e irse de vuelta al ascensor con Lexe.

Valerie no pudo evitar observarlos hasta que desaparecieron.

Había un extraño secretismo que envolvía tanto a Lexe como a Aston. Como si ocultaran algo. O esa era la sensación que tenía Valerie. Pero fuera lo que fuera no era de su incumbencia.