La debilidad del Jefe (Devils 3) CAPÍTULO 11 #2
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CAPÍTULO 11 #2

—No estoy borracho. —Marcus la agarró del brazo con brusquedad. Sus dedos se clavaron en su carne—. Estoy harto. Harto de que llegues tarde, de que siempre estés demasiado ocupada, de que ese maldito trabajo sea más importante que yo.

El dolor hizo que Valerie soltara un pequeño gemido.

—Marcus, me estás haciendo daño. Suéltame.

Pero Marcus apretó con más fuerza, tirando de ella hacia él.

—No hasta que me expliques qué está pasando. ¿Te estás acostando con él? ¿Es eso?

Valerie no daba crédito. ¿Qué mierda estaba diciendo Marcus? ¿Se había vuelto loco o qué?

Dios, si el suelo pudiera abrirse, habría saltado dentro.

—¿El gran Aston Cavendish te está follando a cambio de...? —prosiguió él.

No terminó la frase. En un movimiento tan fluido que pareció ensayado, Lexe se interpuso entre ellos.

Su mano se cerró como una tenaza sobre la muñeca de Marcus, aplicando la presión exacta para hacerle soltar el brazo de Valerie sin causarle daño permanente.

—La señorita te ha pedido que la sueltes —dijo. Su voz era engañosamente suave, pero con un filo metálico que no dejaba lugar a dudas sobre sus intenciones.

Por un momento, pareció que Marcus iba a intentar enfrentarse a Lexe, en un impulso suicida nacido del alcohol y los celos. Pero incluso en su estado, tuvo la lucidez suficiente para reconocer la diferencia de fuerza y entrenamiento. Retrocedió, frotándose la muñeca donde Lexe lo había sujetado.

—Perfecto. Simplemente perfecto —espetó. Su ira se mezcló con humillación—. Ahora necesitas un guardaespaldas para protegerte de tu propio novio. ¿En qué nos hemos convertido, Val?

Valerie se frotó el brazo, donde ya comenzaban a formarse unas marcas rojizas que mañana se convertirían en moretones.

—No lo sé, Marcus —respondió con tristeza—. De verdad que no lo sé.

Marcus la miró durante unos segundos. Los rasgos de su rostro se endurecieron.

—Me voy con Derek —dijo, con cierto aire desdeñoso, sacando las llaves del coche del bolsillo—. No me esperes despierta, me voy a quedar a dormir en su casa.

—No deberías conducir en ese estado —intervino Valerie, preocupada a pesar de todo.

—¿Ahora te preocupas por mí? —respondió él, con una amargura que sonaba a suficiencia—. Pues no hace falta. No soy un niño. No sería la primera vez que conduzco después de tomarme unas cervezas.

—Marcus…

—¡Vete a la puta mierda! —gritó él en plena calle, lanzándole una mirada furiosa.

Y antes de que Valerie pudiera protestar de nuevo, Marcus se había subido a su coche y salía del aparcamiento con un chirrido de neumáticos que seguramente despertó a la mitad del vecindario.

Valerie se quedó mirando las luces traseras del vehículo mientras se alejaba, con el alma en los pies.

La vergüenza la inundó y una sensación de vacío se instaló en su pecho. No era la primera pelea que tenían, pero había algo definitivo en aquella, como si algo se hubiera roto entre ellos.

Bajó la vista hasta el brazo y se pasó la mano por el sitio donde la había agarrado Marcus.

Lexe se acercó a ella, respetando cuidadosamente su espacio personal.

—¿Necesitas algo? —preguntó. Su voz estaba suavizada por una nota de preocupación—. ¿Quieres que llame a alguien? ¿A una amiga, quizás?

Valerie negó con la cabeza, forzando una sonrisa.

—Estoy bien, Lexe. De verdad. —Ante su mirada escéptica, añadió—: No es la primera vez que discutimos. A Marcus... se le pasará. Solo necesita tiempo para calmarse.

Lexe se limitó a asentir, sin embargo su expresión dejaba claro que no estaba muy convencido. La situación que acababa de presenciar no le había gustado un pelo.

—Si estás segura... —Sacó una tarjeta de su bolsillo y se la entregó—. Es mi número personal. Si necesitas cualquier cosa, a cualquier hora, llámame.

Valerie tomó la tarjeta, conmovida por el gesto.

—Gracias, Lexe. Por traerme a casa y por... bueno, por todo —susurró, sin confiar en sí misma para decir mucho más.

—Es mi trabajo —respondió él simplemente, aunque ambos sabían que había ido más allá de sus obligaciones profesionales—. ¿Quieres que te acompañe hasta la puerta?

—No es necesario. Ya has hecho más que suficiente por esta noche.

Pero Lexe no hizo amago de moverse hacia el coche.

—Me iré cuando te vea dentro del edificio.

Valerie sonrió.

—Eres todo un caballero, Lexe.

—Mi madre me enseñó bien —respondió él con un guiño.

Con un último gesto de agradecimiento, Valerie se dirigió hacia su edificio, consciente de la mirada protectora de Lexe en su espalda.

Solo cuando cerró la puerta principal tras ella y le hizo un gesto de despedida a través del cristal, vio cómo Lexe finalmente se metía en el Lexus y se marchaba calle arriba.

El apartamento estaba vacío y silencioso cuando entró, exactamente como lo había dejado por la mañana. Y, sin embargo, algo había cambiado.

Ella había cambiado.

O quizás solo estaba viendo con claridad lo que llevaba tiempo deteriorándose.

Con un suspiro, dejó caer su bolso en el sofá y se dirigió al cuarto de baño. Necesitaba una ducha caliente para arrastrar no solo el día, sino todas las preocupaciones que parecían adherirse a su piel como una segunda capa.

Mientras el agua caía sobre ella, permitió que las lágrimas que había estado conteniendo finalmente fluyeran libremente entre sollozos, mezclándose con el agua.

Por su padre enfermo.

Por su relación agonizante.

Por las decisiones imposibles que tenía frente a ella.

Por la mierda de vida que tenía.

Lexe encontró a Aston esperando en su despacho. Estaba trabajando en su ordenador, con la mirada concentrada en la pantalla.

—La señorita Scott ya está en casa —informó, manteniéndose cerca de la puerta.

Aston asintió sin levantar los ojos.

—Bien. ¿Todo en orden?

—Hubo un pequeño incidente —comenzó Lexe—. Su novio estaba esperándola. Bastante alterado. Y había estado bebiendo.

Aquellas palabras captaron la atención de Aston, que alzó la vista por encima de la pantalla del portátil y dejó de teclear.

—¿Qué clase de incidente?

Lexe le relató lo ocurrido: los celos evidentes, las acusaciones, el momento en que Marcus había agarrado a Valerie con fuerza suficiente para dejarle marcas, su propia intervención, y finalmente la partida de Marcus.

—Todas las parejas se pelean —comentó.

—Pero esta no era una pelea normal —dijo Lexe.

Aston volvió su atención a la pantalla.

—La vida personal de los empleados no es asunto mío, Lexe —dijo, al tiempo que cerraba el portátil.

—Sí, pero tú odias ese tipo de cosas.

—La señorita Scott es una mujer adulta, y como adulta puede manejar su vida. —Aston miró a Lexe—. ¿Algo más?

—No —respondió él.

—Bien, entonces llévame a casa.

—Por supuesto.