CAPÍTULO 11
La reunión con los ejecutivos alemanes fue extenuante, prolongándose mucho más allá del horario laboral. Cuando finalmente terminó, pasadas las nueve de la noche, Valerie sentía como si el cerebro se le hubiera frito.
A pesar de sus distracciones, había logrado mantenerse concentrada durante la reunión, tomando notas meticulosas y anticipándose a las necesidades de Aston con su habitual eficiencia.
En ese momento, mientras recogía los documentos de la sala de juntas, solo quería llegar a casa, hundirse en la bañera y quizás llorar un poco.
Sí, llorar.
La presión constante de los últimos días (la enfermedad de su padre, las tensiones con Marcus, las sensaciones de frustración e impotencia) parecía haberse acumulado en sus hombros como un peso material, como si llevara encima una enorme losa de mármol.
—Ha hecho un buen trabajo en la reunión —dijo una voz detrás de ella.
Valerie se giró, sorprendida de encontrar a Aston todavía allí. Había asumido que ya se habría ido, dejándola para terminar de ordenar la sala de juntas.
—Gracias —respondió, intentando no mostrar su sorpresa—. Solo cumplía con mi deber.
Aston la observó con esa intensidad peculiar que había mostrado durante todo el día.
—A pesar de estar claramente distraída por algo —añadió, no como una acusación, sino como una simple constatación de un hecho.
Valerie sintió que se le aceleraba el pulso. ¿Era el preludio de un despido?
«Mierda.»
—Siento mucho los errores de esta mañana, señor Cavendish. Le aseguro que no se repetirán —se apresuró a decir, visiblemente mortificada.
—No he dicho que fuera una crítica, señorita Scott. —Aston se acercó a la ventana, mirando las luces de la ciudad que ya brillaban en la oscuridad—. Todos tenemos días difíciles.
La informalidad con la que pronunció las palabras, la casi suavidad en su tono, la dejó momentáneamente sin palabras. Ese no era el Aston Cavendish que Valerie conocía, el ejecutivo implacable con estándares imposibles. Ese hombre parecía casi... humano.
—Es tarde —continuó Aston, consultando su reloj de pulsera—. ¿Ha traído su coche hoy?
Valerie negó con la cabeza.
—No, señor. Vine en el transporte público. Pero no se preocupe, no me importa tomar el metro.
Aston frunció el ceño, como si la idea le resultara personalmente ofensiva.
—Son más de las nueve de la noche. —Sacó su teléfono y pulsó un número—. Lexe, necesito que lleves a la señorita Scott a su domicilio. —Escuchó brevemente—. Sí, ahora mismo. Estaremos abajo en cinco minutos.
Antes de que Valerie pudiera protestar, Aston había terminado la llamada.
—De verdad, señor Cavendish, no es necesario. Estoy acostumbrada a...
—Insisto —la interrumpió, con un tono que sugería que el asunto estaba zanjado—. Es lo mínimo que puedo hacer después de haberla mantenido trabajando hasta tan tarde.
Valerie quería argumentar que quedarse hasta tarde era literalmente parte de su trabajo, para el que le pagaban (y más si eran horas extras), pero había algo en la expresión de Aston que le dijo que sería inútil discutir.
Aquel hombre no estaba acostumbrado a que le dijeran que «no», a que no se hicieran las cosas cómo él ordenaba.
—Gracias —accedió, recogiendo su bolso—. Es muy considerado por su parte.
Algo parecido a una sonrisa apareció en las comisuras de los labios de Aston, aunque no llegó a materializarse completamente.
—No me lo agradezca todavía. Lexe conduce como si llegara siempre tarde a algún sitio. Quizá termine arrepintiéndose.
¿Eso era... una broma? Valerie parpadeó un par de veces, desconcertada por aquel atisbo de humor en alguien que normalmente tenía la expresividad emocional de una piedra.
Bajaron juntos en el ascensor, en un silencio que, sorprendentemente, no resultaba incómodo. En el vestíbulo se encontraron con Lexe, siempre diligente y servicial.
Valerie no pudo evitar fijarse en que tenía los hombros tan anchos que daba la sensación de que podría llevar el coche a cuestas si fuera necesario.
—Buenas noches, señorita Scott —la saludó Lexe con una leve inclinación de cabeza—. El Lexus está listo.
—Llévala directamente a casa, Lexe. —Aston se volvió hacia Valerie—. La veré mañana. Que descanse.
—Que pase buena noche, señor Cavendish. Hasta mañana —respondió ella.
Seguidamente Aston se dio la vuelta y se dirigió de nuevo hacia los ascensores, presumiblemente para recoger sus cosas antes de que Lexe regresara a por él.
Valerie se quedó paralizada un par de segundos.
—Por aquí, señorita Scott —indicó Lexe, sacándola de su ensimismamiento.
El Lexus negro relucía bajo las luces del edificio como una pantera acechando en la noche. Lexe le abrió la puerta trasera, y Valerie se deslizó en el interior, sintiendo inmediatamente la diferencia entre aquel vehículo de lujo y cualquier otro coche en el que hubiera subido antes.
«¡¡Santa Madre de Dios!!»
No sabía dónde llevar los ojos.
El cuero de los asientos era tan suave que parecía acariciar su piel, y el aire olía a una mezcla de cedro y algo elegante e indefinible que gritaba «dinero».
—¿Cuál es su dirección, señorita Scott? —preguntó Lexe, ajustando el espejo retrovisor para verla.
Valerie se la dio, añadiendo:
—Y, por favor, llámame Valerie, «señorita Scott» me hace sentir como si estuviera en problemas.
Lexe asintió. Sus ojos se encontraron brevemente con los suyos en el espejo.
—Como prefieras, Valerie. —Había una leve sonrisa en su rostro que no había estado ahí antes—. ¿Es la primera vez que viajas en el coche del jefe?
—¿Tan obvio es? —respondió ella, con una pequeña risita—. Me siento como si no debiera tocar nada.
Lexe soltó una risa breve, pero real. Algo poco habitual en él.
—El señor Cavendish no es tan quisquilloso como parece.
Bueno, con algunas cosas sí. —Giró suavemente el volante, incorporándose al tráfico nocturno con una elegancia que desmentía el tamaño del vehículo—.
Pero sus coches son para usarse. A diferencia de otros CEOs, que tratan sus vehículos mejor que a sus hijos.
La conversación fluyó de un modo fácil con Lexe, quien resultó ser mucho más comunicativo de lo que su apariencia intimidante sugería.
Le contó historias de sus años como guardaespaldas y como guardia de seguridad, cuidadosamente editadas para no comprometer a sus anteriores jefes, pero lo suficientemente coloridas para mantener entretenida a Valerie durante el trayecto.
Era agradable, pensó ella, tener una conversación normal después de un día tan tenso. Un breve respiro antes de volver a la realidad de su vida.
Realidad que la golpeó con fuerza cuando el Lexus LC se detuvo frente a su edificio y vio una figura familiar apoyada contra el capó de su maltrecho Honda Civic, fumando un cigarrillo con gestos bruscos y nerviosos.
A Valerie no le gustaba que Marcus fumara en casa, así que siempre se echaba uno antes de subir.
—Joder… —murmuró. Y la ansiedad volvió de golpe.
—¿Todo bien? —preguntó Lexe, cuyo rostro había adoptado una expresión de alerta.
—Sí, es solo... —Valerie dudó—. Es Marcus, mi novio.
Lexe estudió a Marcus a través del parabrisas.
Su mirada profesional evaluó la postura tensa del hombre, el cigarrillo que fumaba con demasiada rapidez, la forma en que su mirada se clavó en el Lexus como si quisiera incinerarlo.
—Parece nervioso —comentó con calma, pero Valerie notó cómo su mandíbula se tensaba.
—No, no, está bien —se apresuró a asegurar en tono despreocupado—. Lo que pasa es que no me gusta que fume en casa y siempre se echa un cigarrillo antes de subir, eso es todo. Gracias por traerme, Lexe. Ha sido un placer.
Lexe no pareció muy convencido, pero asintió.
—El placer ha sido mío, Valerie.
Salió del coche y le abrió la puerta, manteniéndose estratégicamente entre ella y Marcus mientras bajaba. Una protección sutil pero evidente que Valerie agradeció silenciosamente.
Marcus dio una última calada profunda a su cigarrillo antes de arrojarlo al suelo y aplastarlo con la punta de su zapatilla con más fuerza de la necesaria. Incluso a esa distancia, Valerie podía oler el alcohol que emanaba de él.
—Vaya, vaya —dijo Marcus, con una voz que parecía arrastrarse por su lengua—. Mira quién se digna a aparecer. Y en qué coche.
Valerie respiró hondo, preparándose mentalmente para lo que venía.
—Marcus, ¿qué haces aquí? Pensé que estarías ya en casa.
—Eso es lo gracioso, Val —respondió él, acercándose con pasos que intentaban ser firmes, pero que revelaban su estado de embriaguez—. Yo también pensaba que estarías en casa. Pero aquí te encuentras, bajando de un coche que vale más que todo este maldito edificio.
Lexe se tensó visiblemente. Su postura cambió de modo profesional a modo protector en un instante.
—Marcus, este es Lexe, el chofer del señor Cavendish —intervino Valerie, intentando mantener la calma—. Me ha traído a casa porque hemos tenido una reunión que se ha alargado.
Marcus soltó una risa amarga.
—Oh, claro. Una «reunión». —Hizo el gesto de las comillas con los dedos en el aire—. ¿Es así como lo llaman ahora?
Valerie sintió que la sangre le hervía ante la insinuación de Marcus.
—No digas tonterías. Tuvimos una reunión con unos inversores alemanes que duró hasta las nueve. El señor Cavendish solo ha sido considerado.
—Considerado, sí —se burló Marcus, acercándose más, invadiendo su espacio personal—. Muy considerado, enviando a su gorila con su cochazo para traerte. Seguro que no espera nada a cambio.
Lexe dio un paso adelante. Su imponente figura proyectó una sombra sobre Marcus.
—Creo que deberías moderar tu tono —dijo, con una calma que contrastaba con la tensión evidente en sus músculos.
Marcus lo ignoró, toda su atención estaba fija en Valerie.
—Ya hasta te traen en coche, como a una princesa —continuó, elevando un par de octavas la voz—. ¿Te gusta, verdad? ¿Te gusta cómo te trata tu jefe? Apuesto a que sí.
—Marcus, estás borracho. —Valerie intentó mantener la compostura, consciente de que Lexe observaba cada detalle—. Vamos dentro y hablemos tranquilamente.