La debilidad del Jefe (Devils 3) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

La luz grisácea de la mañana se filtraba tímidamente a través de los ventanales.

Era uno de esos días que amenazaba lluvia desde el amanecer, pero se contenía, como un suspiro ahogado, manteniendo a toda la ciudad en una tensa espera.

El ambiente dentro del edificio de Cavendish Industries no era muy diferente: cargado de una electricidad invisible.

Valerie llevaba sentada en su escritorio desde las siete y media, treinta minutos antes de lo habitual.

No porque sus ganas de trabajar hubieran alcanzado nuevas cotas, sino porque el sueño la había abandonado cerca de las cinco de la madrugada y, tras dar vueltas y más vueltas en la cama durante una hora, había decidido que era más productivo enfrentarse directamente al día e ir adelantando algunas tareas.

La conversación con su padre del día anterior seguía reproduciéndose en su mente como una película en bucle. Y todo se reducía a una cifra. Una cifra imposible que se había convertido en el precio de la vida de su padre.

¿Cómo podía algo tan precioso reducirse a un número? ¿Y cómo podía ese número parecer simultáneamente tan abstracto y tan concreto?, ¿tan inalcanzable?

—Maldita sea —murmuró cuando el bolígrafo que sostenía se le escurrió de los dedos por tercera vez en la última hora, rodando por la superficie pulida de su escritorio hasta caer al suelo.

Se agachó para recogerlo, y al incorporarse, se encontró con la mirada penetrante de Aston Cavendish, de pie junto a su mesa.

No había oído el sonido del ascensor, ni sus pasos.

Era como si se hubiera materializado de la nada, con su habitual traje de tres piezas gris marengo que parecía tallado específicamente para su cuerpo.

—Buenos días, señor Cavendish —saludó, forzando una sonrisa profesional, mientras se preguntaba cuánto tiempo llevaba observándola—. ¿Quiere que le lleve su café? —No sabía ni qué decir.

Aston la miró durante un segundo más de lo estrictamente necesario, como si estuviera evaluando algo en ella. O como si hubiera algo que no terminara de comprender (en ella).

—Buenos días —respondió finalmente. Su voz tan controlada y medida como siempre—. Sí, por favor. Un café me vendría bien.

Mientras Aston desaparecía en su despacho, Valerie soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.

Algo en la mirada de su jefe era diferente aquella mañana, más atento, más... ¿humano? Sacudió la cabeza. Probablemente solo eran imaginaciones suyas.

—Deja de flipar, seguramente ni siquiera te está viendo realmente —se dijo mientras preparaba el café exactamente como le gustaba a Aston—. Para él eres solo un engranaje más en su máquina empresarial.

Pero cuando entró en el despacho y colocó la taza humeante sobre el escritorio de caoba, Aston volvió a mirarla con esa intensidad desconcertante.

—Gracias, señorita Scott —dijo—. Puede retirarse.

Valerie asintió, dio media vuelta y salió.

Las horas avanzaron con la lentitud de un glaciar, cada minuto marcado por el tic-tac del reloj de pared que parecía retumbar en sus oídos como un tambor.

Valerie luchaba por mantener su concentración, pero su mente era un campo de batalla de preocupaciones que se disputaban su atención.

Cuarenta mil dólares al mes.

El rostro demacrado de su padre.

La expresión de Marcus la noche anterior, borracho y amenazante.

Se mordisqueó el labio inferior, un hábito que creía haber dejado atrás en la universidad pero que resurgía en momentos de mucho estrés. El sabor metálico de la sangre la sorprendió, y solo entonces se dio cuenta de que había estado mordiéndose con demasiada fuerza.

—¿Ha visto los informes financieros del último trimestre de la filial de Múnich? —La voz de Aston a través del intercomunicador la sobresaltó, haciéndola dar un pequeño salto en su silla.

—Eh... los informes... —Valerie miró frenéticamente su escritorio, moviendo la cabeza de un lado a otro. Los había tenido en sus manos hacía menos de una hora, pero ahora no los veía por ninguna parte—. Un momento, señor Cavendish, los localizo de inmediato.

Se levantó y comenzó a revisar las pilas de documentos organizados pulcramente sobre su mesa. No estaban allí. Tampoco en los archivadores. Un sudor frío comenzó a perlar su frente mientras buscaba cada vez más frenéticamente.

La puerta del despacho de Aston se abrió, y él apareció con una expresión que oscilaba entre la irritación y la impaciencia.

—¿Algún problema, señorita Scott? —preguntó. Su voz estaba controlada, pero con un matiz de tensión.

—Lo siento, señor. Pero no sé dónde he dejado los informes. Estoy segura de que los tenía aquí mismo hace poco, y...

Aston levantó una mano para detener su torrente de disculpas.

—Están en mi despacho. Usted misma me los trajo hace una hora. Me refería a si los ha leído.

Valerie sintió que las mejillas le ardían de la vergüenza. Joder, ¿cómo había olvidado algo tan básico? ¿Dónde tenía la cabeza?

«En muchos lugares», se respondió a sí misma.

—Lo lamento, señor Cavendish. No volverá a ocurrir.

Esperaba una regañina, quizás incluso una amenaza sobre su continuidad en el puesto. En cambio, Aston la estudió durante un largo rato con esos ojos azules impenetrables.

—Asegúrese de que sea así —dijo, pero su tono era más suave de lo que esperaba—. Y deje de morderse el labio, por favor.

Después regresó a su despacho, dejando a Valerie paralizada. Alzó la mano y su dedo tocó inconscientemente su labio inferior.

«¿Por qué siempre me dice lo del labio?, pensó, desconcertada, no solo por no haberla regañado, sino por el hecho de que Aston le prestara atención al modo en que se mordía el labio de abajo.

El resto de la mañana transcurrió con una sucesión de pequeños despistes muy poco comunes en Valerie.

Una llamada importante que olvidó trasladar a Aston, un correo electrónico enviado sin el archivo adjunto, una confusión con las fechas para una reunión.

Nada catastrófico, pero sí una acumulación de errores inusuales para alguien tan metódico como ella.

Cada vez que ocurría, esperaba que la paciencia de Aston se agotara, pero cada vez, él simplemente señalaba el error con una calma extraña, casi forzada, como si estuviera haciendo un esfuerzo consciente para no explotar.

Y probablemente lo estuviera haciendo.

Durante la pausa para la comida, Valerie escapó al baño de la planta.

Necesitaba un momento de privacidad para recomponerse. Se miró en el espejo y apenas reconoció a la mujer que le devolvía la mirada: pálida, con ojeras pronunciadas, el labio inferior ligeramente hinchado de tanto mordisqueo y una mirada de animal acorralado.

—Concéntrate, Valerie —se dijo en un susurro vehemente, apoyando las manos en el lavabo—. No puedes permitirte perder este trabajo. Y menos ahora.

Cuando regresó a su escritorio, quitó el precinto a su ensalada, hundió el tenedor en el bol de plástico y se lo llevó a la boca.

Desde el otro lado de la oficina, Aston Cavendish observaba discretamente a su asistente personal por el hueco que quedaba entre la puerta y el marco de su despacho.

Algo le pasaba a la señorita Scott, y lo que más le desconcertaba no era que hubiera tenido una docena de despistes ese día, sino el hecho de que le importara.

Pero es que no debería importarle.

Los problemas personales de sus empleados nunca habían sido de su incumbencia. El trabajo era lo único que valoraba, y cuando alguien no era bueno en su trabajo, la solución era simple y directa: reemplazarlo por otro que lo hiciera mejor.

Entonces, ¿por qué no había llamado ya a Recursos Humanos ante los evidentes fallos de su asistente personal?

Había algo en Valerie Scott que desafiaba su habitual indiferencia. Quizás era la forma en que trabajaba, siempre anticipándose a sus necesidades. O tal vez era esa extraña honestidad en sus ojos cuando hablaba, una cualidad rara en un mundo donde había aprendido a no confiar en nadie.

O quizás, pensó con incomodidad, era lo que había visto ayer: su asistente personal saliendo del edificio para encontrarse con un hombre que claramente estaba enfermo. Su padre, presumiblemente, a juzgar por el parecido en ciertos rasgos.

Aston recordó cómo se había congelado momentáneamente al reconocer los signos: la delgadez extrema, la palidez característica, los movimientos cuidadosos. Cáncer, probablemente en etapa avanzada. Había visto esos mismos signos demasiadas veces en muchas personas como para no reconocerlos.

Y aquel día, Valerie estaba distraída, mordisqueándose el labio sin parar, cometiendo errores insignificantes pero impropios de ella. Todo encajaba.

Por alguna razón que no quería examinar demasiado de cerca, saber aquello le hacía sentirse extrañamente protector. Un sentimiento que hacía años que no experimentaba y que encontraba muy incómodo.

Sacudió la cabeza, como si pudiera desprenderse de todos esos pensamientos improductivos, y volvió a centrarse en los documentos que había frente a él. Tenía una empresa que dirigir y sacar a flote. No había espacio para distracciones de ningún tipo.

Y, sin embargo, sus ojos se desviaron una vez más hacia Valerie, que comía lentamente su ensalada con la mirada perdida en algún punto indeterminado, con la cabeza a saber dónde.