La debilidad del Jefe (Devils 3) CAPÍTULO 9 #3
14%

CAPÍTULO 9 #3

La mirada que intercambiaron desmentía sus palabras. Ambos sabían la verdad. El tratamiento convencional estaba ganando tiempo, no la batalla. Lo que significaba que solo le alargaría unos meses la vida.

—No puedes rendirte, papá —dijo Valerie. La desesperación se filtró en su voz—. Encontraré la manera. Siempre hay una manera.

Henry extendió nuevamente su mano por encima de la mesa, y tomó la de Valerie entre la suya.

—Cariño, escúchame. —Su voz era suave pero segura—. No es tu responsabilidad hacerte cargo de mi tratamiento médico. Nunca lo ha sido. He tenido una buena vida, y...

—No. —Valerie sacudió la cabeza, sintiendo cómo las lágrimas comenzaban a acumularse en sus ojos—. No hables como si ya hubieras decidido rendirte. No puedes hacer eso. No puedes... no puedes dejarnos.

No se atrevió, pero estuvo a punto de decir: «No nos puedes hacer lo mismo que nos hizo mamá».

Henry apretó su mano con sorprendente fuerza.

—Mírame, Valerie. —Esperó hasta que ella alzó la vista, para que sus ojos se encontraran—.

Todos tenemos un tiempo limitado en este mundo.

El mío puede ser más corto de lo que esperábamos, pero eso solo hace que cada día sea más valioso.

No quiero pasarlo preocupándome por un dinero que no tenemos, o viendo cómo mis hijas se destrozan intentando conseguir lo imposible.

Valerie sentía las lágrimas rodando libremente por sus mejillas, pero no intentó ocultarlas.

—No puedo perderte, papá. No puedo.

—Oh, cariño. —La voz de Henry se quebró ligeramente—. Pase lo que pase, nunca me perderás realmente. Estaré aquí. —Tocó el lado izquierdo del pecho de Valerie, justo sobre su corazón—. Como tu madre lo está.

Se quedaron así un rato, conectados por el contacto de sus manos y por un dolor compartido que no necesitaba palabras para expresarse. Finalmente, Henry rompió el silencio con un tono más ligero.

—Además, aún no estoy haciendo las maletas para el más allá. Soy más resistente de lo que parezco. —Intentó esbozar una sonrisa—. Solo quiero que estés preparada, por si acaso. Y que cuides de tu hermana cuando yo no esté.

La mención de Ceci, estudiando su primer año de universidad a cientos de kilómetros de distancia, hizo que Valerie sintiera otra oleada de responsabilidad.

—Siempre cuidaré de Ceci —prometió, sabiendo que era una promesa que mantendría sin importar lo que costara—. Pero preferiría que siguieras aquí para que te asegures de que lo hago bien.

Henry sonrió, y aquella vez el gesto fue amplio y abierto.

—Lo intentaré, cariño. Lo intentaré.

Cayeron en un silencio más cómodo entonces, cada uno perdido en sus propios pensamientos mientras terminaban sus helados.

El sol comenzaba a ponerse, tiñendo el cielo de tonos rojizos y dorados que se reflejaban en los edificios cercanos.

—¿Y qué hay de ti? —preguntó Henry después de un rato. Su tono era casual—. ¿Cómo van las cosas con Marcus?

Valerie sintió una punzada de culpabilidad.

Su padre tenía suficientes preocupaciones ya, sin añadir las complicaciones de su relación con Marcus. No tuvo el valor de decirle que estaban mal. Muy mal. Así que hizo lo que hacía cada vez que le preguntaba últimamente por él: mentir.

—Estamos bien —respondió con una sonrisa que esperaba que fuera convincente—. Ya sabes cómo es. Ahora está concentrado en buscar trabajo.

Henry la observó durante un largo rato, y Valerie tuvo la incómoda sensación de que veía lo que había detrás de sus palabras.

—Siempre me ha parecido una persona con mucha ambición —comentó finalmente—. Solo espero que tenga tiempo para hacerte feliz.

«No lo tiene —pensó Valerie—. No tiene tiempo, ni interés, ni la menor idea de lo que me haría feliz. Probablemente ni siquiera se lo ha preguntado jamás».

—Estamos encontrando nuestro equilibrio —respondió en cambio, odiando lo fácil que resultaba mentir sobre aquel tema—. Ya sabes cómo son las relaciones. Tenemos nuestros altibajos

«Más bajos que altos últimamente. Un cañón sin fondo, para ser exactos», pensó para sí.

Henry asintió, pero su expresión sugería que entendía más de lo que ella admitía.

—Sabes que solo quiero que seas feliz, ¿verdad? —dijo—. Que encuentres a alguien que te vea realmente, que entienda el tesoro que eres.

Valerie sintió un nudo en la garganta.

¿Cómo podía ser que su padre, enfrentando su propia mortalidad, siguiera preocupándose principalmente por la felicidad de sus hijas?

—Lo sé, papá —logró decir—. Y lo soy. Feliz, quiero decir.

Otra mentira, sumada a la colección de excusas piadosas que intercambiaban por amor. Él fingía que el tratamiento funcionaba; ella fingía que su vida personal estaba en orden. Un baile estudiadamente coreografiado de medias verdades.

Cuando se despidieron de Giuseppe y regresaron al coche, el cielo ya estaba oscureciendo. Valerie insistió en conducir de vuelta, al notar la fatiga evidente en los movimientos de su padre.

En el viaje de regreso, mientras Henry descansaba con los ojos cerrados en el asiento del copilo, Valerie lo miró de reojo, observando su perfil cada día más frágil contra la ventanilla del coche, y no pudo evitar que su mente volviera a la cifra del tratamiento experimental. Una suma imposible. Imposible.

¿Qué iba a hacer?

¿Qué demonios iba a hacer?