CAPÍTULO 9 #2
Giuseppe apareció minutos después con dos cucuruchos: uno con helado de chocolate y nueces para Henry, y otro con fresa y vainilla para Valerie. Y en una tarrina aparte había otro par de bolas enormes.
—Pistacho —explicó con un guiño, dejándola sobre la mesa—. Por los buenos tiempos. Invita la casa.
Henry miró la bola de helado verde pálido, y por un momento Valerie temió que fuera demasiado para él, que el recuerdo fuera demasiado doloroso. El pistacho era el sabor favorito de su madre.
—Grazie, vecchio amico —dijo Henry, con una sonrisa que no ocultaba completamente sus ojos vidriosos—. Caroline habría apreciado el gesto.
—Tu madre amaba el helado de pistacho —comentó Giuseppe, apoyando una mano en el hombro de Valerie—. Decía que tenía el sabor exacto de la felicidad.
Cuando Giuseppe regresó al interior, padre e hija quedaron envueltos en un silencio cómodo pero cargado de emociones.
Valerie observó a su padre probando cuidadosamente el helado de pistacho. Sus ojos se cerraron brevemente como si estuviera saboreando algo más que el dulce.
—Mamá solía traernos a Ceci y a mí aquí después del colegio, ¿verdad? —preguntó Valerie, aunque conocía la respuesta—. Los viernes, si sacábamos buenas notas.
Henry asintió, y una sonrisa nostálgica iluminó su rostro cansado.
—Era vuestra tradición secreta. Ella decía que los viernes eran «días de chicas y pistacho». —Mordió un trozo de su helado pensativamente—. Tu madre creía firmemente en celebrar los pequeños logros. Decía que la vida era demasiado corta para guardar la alegría solo para las grandes ocasiones.
«Y qué razón tenía», pensó Valerie con una punzada de dolor. La vida había sido demasiado corta para su madre.
—La echo de menos —admitió en voz baja, sorprendiéndose a sí misma. No solían hablar tan abiertamente del tema, como si hubieran llegado a un acuerdo tácito de que algunas heridas era mejor no tocarlas.
Henry extendió su mano por encima de la mesa, cubriendo la de su hija con una calidez que contrastaba con la fragilidad de sus dedos.
—Yo también, cariño. Cada día. —Hizo una pausa, mirándola con intensidad—. Pero la veo en ti, ¿sabes? En tu determinación, en tu forma de cuidar de todos a tu alrededor. Tienes su fuerza.
Valerie tragó saliva, luchando contra las lágrimas que amenazaban con desbordarse. No era el momento de llorar. No cuando su padre intentaba crear un recuerdo feliz.
—No estoy muy fuerte últimamente —confesó, mirando su helado, que comenzaba a derretirse—. Me siento... un poco perdida.
Henry apretó su mano suavemente.
—Caroline también se sentía así a veces. Es parte de ser humano, cariño. —Su voz adquirió un tono más serio—. Pero a diferencia de tu madre, tú sabes pedir ayuda. Eso te hace más fuerte de lo que ella nunca pudo ser.
Valerie asintió, incapaz de articular palabras a través del nudo en su garganta.
Su padre tenía razón, en parte. Había aprendido de la tragedia de su madre, había entendido que el silencio y el aislamiento eran enemigos mortales.
Pero, aun así, había cosas que guardaba para sí misma.
Como la situación con Marcus. Como su creciente desesperación ante la enfermedad de su padre.
Como si pudiera leer sus pensamientos, Henry cambió de tema con una naturalidad que revelaba años de conversaciones delicadas.
—¿Qué tal el trabajo? ¿Tu jefe sigue siendo el diablo que describiste?
Valerie soltó una risilla, agradecida por el cambio de dirección.
—Aston Cavendish es... muy complicado. —Buscó las palabras adecuadas—. Exigente, perfeccionista, implacable. Pero también brillante, de una manera intimidante. —Se sorprendió a sí misma añadiendo—: Y creo que a veces está tan solo como parece estarlo.
Henry alzó una ceja. Su expresión se volvió algo astuta.
—Suena a que has estado observando a ese diablo con bastante atención.
—Es mi trabajo observarlo, papá —respondió Valerie, sintiendo un inexplicable calor en las mejillas—. Tengo que anticipar sus necesidades, su humor y hasta sus estados de ánimo. Es como trabajar para un gato muy grande y muy rico.
Henry rio. Un sonido que inmediatamente alivió la tensión.
—Bueno, siempre se te han dado bien los gatos. Recuerda cómo lograste que aquel minino callejero tan arisco terminara durmiendo en tu cama.
—Tizón era un incomprendido —defendió Valerie con una sonrisa—. Solo necesitaba paciencia y atún.
—¿Y funciona el atún con Aston Cavendish también?
Valerie puso los ojos en blanco, pero su sonrisa permaneció.
—No he probado esa estrategia. Aunque con lo que paga por sus trajes, supongo que solo aceptaría atún de Alaskan King importado directamente a su mesa.
Compartieron una risa, y por un momento, fue como antes. Antes de la enfermedad, antes de las preocupaciones, antes de que la vida se complicara irremediablemente.
Pero la realidad tenía una forma cruel de imponerse. Un ataque de tos interrumpió la risa de Henry. Una tos seca y áspera que hizo que se doblara ligeramente sobre la mesa. Valerie se tensó, preparada para actuar si empeoraba.
Cuando el ataque pasó, Henry se enderezó lentamente, tomando un sorbo de agua con una mano que temblaba ligeramente.
—Estoy bien —dijo antes de que Valerie pudiera preguntar, con ese tono que utilizaba cuando quería zanjar el tema—. Solo se me fue el helado por el lado equivocado.
Ambos sabían que era una mentira piadosa, pero Valerie no lo contradijo. En lugar de eso, preguntó lo que llevaba semanas evitando.
—¿Cuándo deberías empezar con el siguiente ciclo de quimioterapia? —dijo.
—En tres semanas —respondió Henry.
—Papá…
Henry no la dejó terminar.
—Se que es imposible acceder al tratamiento experimental. El seguro no cubre tratamientos experimentales —afirmó. Exhaló lentamente—. A mí también me han llamado.
Henry jugueteó con su servilleta, doblándola y desdoblándola con meticulosa atención.
Valerie se mordisqueó el labio.
—Tiene que haber alguna manera de conseguir el dinero —dijo, más para sí misma que para su padre—. Podría pedir un préstamo, o...
—Valerie. —La voz de Henry adquirió un tono firme que rara vez usaba—. No quiero que te preocupes por esto. Ya hemos hablado de ello. El tratamiento convencional está funcionando... bien.