La debilidad del Jefe (Devils 3) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

El sol de la tarde comenzaba su descenso perezoso hacia el horizonte cuando Valerie empujó las puertas giratorias del edificio.

Exhaló lentamente, como si intentara expulsar no solo el aire de sus pulmones, sino también la tensión acumulada durante diez horas de llamadas, informes y las ocasionales miradas glaciales de Aston Cavendish.

Días como aquel hacían que incluso respirar pareciera una tarea adicional.

Llevaba la chaqueta americana colgado del brazo, rendida ante el calor de finales de verano que se aferraba a Nueva York como un amante reacio a despedirse.

Cada paso que daba alejándose del edificio de cristal y acero era un pequeño acto de liberación.

Estaba tan absorta en sus pensamientos que al principio no advirtió el viejo Chevrolet azul estacionado en doble fila a unos metros de la entrada.

Un coche que conocía tan bien como las líneas de su propia palma de la mano.

Ni tampoco advirtió la figura delgada que se apoyaba contra él con una sonrisa cansada pero auténtica.

—¡Sorpresa, cariño!

Valerie alzó la mirada bruscamente. Su corazón dio un vuelco al reconocer la voz.

—¿Papá? —La sorpresa en su voz era evidente mientras aceleraba el paso—. ¿Qué haces aquí?

Henry Scott, a sus cincuenta y ocho años, era una versión más delgada y pálida del hombre que había sido alguna vez.

La enfermedad había tallado sus facciones con una precisión cruel, afilando sus pómulos y hundiendo ligeramente sus ojos.

Pero esos ojos, del mismo tono avellana que los de Valerie, conservaban un brillo de vitalidad que ningún tratamiento de quimioterapia había logrado apagar.

Se apartó del coche para recibir a su hija con un abrazo. Valerie notó, con un dolor punzante en el pecho, que podía sentir sus costillas incluso a través de la camisa a cuadros que llevaba. Estaba más delgado que la semana pasada.

—¿No puede un padre sorprender a su hija de vez en cuando? —respondió Henry con una sonrisa, separándose para mirarla—. Pensé que podríamos darnos un pequeño lujo hoy.

—Pero... ¿no deberías estar descansando? —Valerie escaneó su rostro, buscando signos de fatiga—. El doctor Mercer dijo que...

Henry hizo un gesto desdeñoso con la mano.

—El doctor Mercer también dijo que debía disfrutar de las pequeñas cosas. Y nada me da más placer que pasar tiempo con mi hija mayor. —Le guiñó un ojo—. Además, hace un día perfecto para un helado, ¿no crees?

Valerie sintió una mezcla de emociones contradictorias: alegría por ver a su padre, preocupación por su salud, y un dolor sordo al recordar lo que significaba la palabra «helado» para su familia. Pero la sonrisa esperanzada de su padre era un arma contra la que no tenía defensa.

—Déjame adivinar —dijo Valerie, con una sonrisa que poco a poco se volvió más amplia—. ¿Giuseppe's?

—¿Existe acaso otro lugar? —Henry abrió la puerta del copiloto con una ligera reverencia—. Su carroza la espera, señorita Scott.

Valerie se deslizó en el asiento del copiloto, inhalando el familiar aroma del viejo coche: cuero agrietado, el ambientador de pino que colgaba del espejo retrovisor desde que tenía memoria, y ese indefinible olor a hogar que ningún perfume caro podría imitar jamás.

Mientras su padre rodeaba el vehículo para ocupar el asiento del conductor, la figura alta y elegante de Aston Cavendish salía del edificio. Se detuvo en lo alto de las escaleras de entrada. Su atención había sido por captada por el viejo Chevrolet.

Su mirada se desvió hacia Henry, que se acomodaba en el asiento del conductor con movimientos que delataban su falta de energía.

Algo pareció cambiar en la expresión de Aston, una sombra de... ¿comprensión? Fue algo muy breve.

Un instante después, Aston había reanudado su camino hacia el Lexus LC negro que lo esperaba. Su expresión se volvió nuevamente indescifrable.

—¿Todo bien, cariño? —preguntó Henry a Valerie, mientras encendía el motor con un rugido que sugería que el coche necesitaba una revisión.

—Todo perfecto, papá —respondió.

—Te noto pensativa.

«Si tu supieras, papá…», se dijo Valerie para sus adentros.

—Solo estaba pensando que hace mucho tiempo que no nos comemos un helado juntos.

Henry sonrió. Sus ojos cansados se iluminaron brevemente.

—Entonces tendremos que compensarlo, ¿no crees?

El trayecto hasta la heladería de Giuseppe fue un viaje no solo a través de las calles de la ciudad, sino también a través de recuerdos.

Henry conducía con la ventanilla bajada, con el brazo izquierdo apoyado en el borde, como siempre había hecho. La radio tocaba viejas canciones de los ochenta, y Valerie se encontró tarareando junto a su padre, como si fuera una adolescente.

—Tu madre siempre cantaba esta canción —comentó Henry cuando los primeros acordes de Eternal Flame llenaron el coche—. Tenía una voz preciosa, pero ella insistía en que sonaba como una rana con laringitis.

Valerie sonrió, aunque sintió ese familiar nudo en la garganta que siempre aparecía cuando hablaban de su madre.

Caroline Scott había sido una presencia luminosa en sus vidas hasta que la depresión comenzó a consumirla, poco a poco, como una marea que sube imperceptiblemente hasta que de repente te encuentras ahogándote.

—Recuerdo cómo bailabais en la cocina —dijo en tono suave—. Tú y mamá, con la radio encendida mientras preparabais la cena.

Henry asintió. Sus ojos estaban fijos en la carretera, pero su mente se encontraba en otra época.

—Tu madre tenía esa teoría de que bailar mientras cocinábamos añadía sabor a la comida. —Soltó una risita—. «El secreto está en las caderas, Henry», decía. «Si no mueves las caderas mientras remueves la salsa, sabrá a cartón».

Valerie rio, aunque un puñado de lágrimas empezaron a acumularse en sus ojos.

—Y luego Ceci y yo nos uníamos, y la cocina se convertía en una pista de baile.

—Y en un desastre —añadió Henry con una sonrisa nostálgica—.

Tu madre no era exactamente una persona con muy buena coordinación rítmica.

Recuerdo aquella vez que intentó hacer un giro y tiró toda una cazuela de espaguetis al suelo.

—Hizo una pausa. Su sonrisa vaciló ligeramente en sus labios—. Aquellos fueron buenos tiempos.

«Antes de que la enfermedad se la llevara. Antes de que decidiera que ya no podía soportar el dolor», completó Valerie en silencio. Las palabras, aunque ninguno de los dos las había pronunciado, colgaron entre ellos como un peso muerto.

La heladería de Giuseppe apareció a la vuelta de la esquina. Un pequeño establecimiento con un toldo a rayas rojas y blancas que parecía congelado en el tiempo.

Uno de esos lugares que no habían cambiado en años: acogedor, con una campana que sonaba cuando entrabas y un menú escrito en una pizarra que parecía que nunca se actualizaba. El tipo de lugar en el que podías pasar horas hablando de todo y de nada.

El letrero, Giuseppe's Gelato Auténtico , mostraba el mismo diseño retro que Valerie recordaba de su infancia.

—¡Mira, aún tienen las mismas mesas en la terraza! —exclamó con deleite.

—Giuseppe dice que, si cambia algo, sus clientes se amotinarían —respondió Henry—. Según parece, el secreto de su éxito es «constancia y pistacho».

Mientras Henry aparcaba y apagaba el motor con un último quejido metálico, Valerie notó que la expresión de su padre había cambiado. Estaba mirando por el parabrisas, y las líneas alrededor de sus ojos se habían tensado. Sabía lo que significaba esa mirada.

—Papá —comenzó suavemente. Su voz se entrecortó un instante—. ¿Te sientes bien?

Henry no respondió de inmediato y Valerie pudo sentir el peso de la pregunta sobre ellos. Se le escapó un largo suspiro y cuando la miró, su rostro estaba surcado por algo más profundo que su habitual optimismo.

—Estoy bien. Simplemente... simplemente cansado, eso es todo —dijo Henry—. Pensé que hoy iba a ser un buen día, me he levantado con energía. Pero no te preocupes, todavía me quedan algunas horas buenas. Venga, vamos dentro.

Valerie asintió con la cabeza y ambos se bajaron del coche.

La campanilla sobre la puerta tintineó alegremente cuando entraron, anunciando su presencia.

El interior era exactamente como Valerie lo recordaba: pequeño pero acogedor, con mesas de mármol blanco y sillas de metal forjado. Las paredes estaban decoradas con fotografías en blanco y negro de Italia y recortes de periódicos locales que mencionaban la heladería.

Y detrás del mostrador, con su bigote blanco y su delantal impecable, estaba Giuseppe Ricci, tan parte del lugar como los propios helados.

—¡Henry! ¡Valerie! —exclamó al verlos. Su acento italiano sonaba tan pronunciado como siempre a pesar de llevar más de cuatro décadas en Estados Unidos—. ¡Mis clientes favoritos!

Salió de detrás del mostrador con una agilidad sorprendente para sus setenta y tantos años, abrazando primero a Henry (con evidente cuidado, notó Valerie, claramente consciente de su fragilidad) y luego a ella.

—Giuseppe, sigues exactamente igual —dijo Valerie, y era cierto. El hombre parecía inmune al paso del tiempo, como si estuviera preservado en formol.

—Y tú cada día más guapa, como tu madre —respondió él, con una sonrisa que se tornó ligeramente melancólica—. Caroline estaría muy orgullosa de ti.

Valerie sintió la mano de su padre apretando suavemente la suya, un gesto silencioso de mutuo apoyo.

—Venimos a por la mejor medicina —dijo Henry, intentando aligerar el momento—. Dos cucuruchos con tres bolas de tu mejor helado.

—¡Por supuesto! ¿Lo de siempre? —preguntó Giuseppe, ya dirigiéndose hacia los recipientes del refrigerador que exhibían docenas de sabores vibrantes.

—Lo de siempre —confirmó Henry con una sonrisa.

Se sentaron en una de las mesas de la terraza, desde donde podían ver un parque al otro lado de la calle.

Era un lugar perfecto para observar a la gente: parejas paseando de la mano, niños persiguiéndose entre risas, ancianos alimentando a las palomas.

Pequeños fragmentos de vida normal que de repente parecían increíblemente preciosos a los ojos de Valerie.