CAPÍTULO 8 #2
—Está bien, está bien. —Se acercó a él y colocó sus manos sobre su pecho, alisando arrugas imaginarias en su inmaculado traje—.
Solo he venido a secuestrarte un rato. Quince minutos, nada más.
Hay una cafetería adorable a la vuelta de la esquina, y pensé que podríamos escaparnos para tomar un capuchino rápido.
—Inclinó la cabeza y su expresión se suavizó—.
Has estado trabajando sin parar las últimas semanas.
Un pequeño descanso no te matará —dijo, con voz melosa.
Aston la miró con una expresión que Valerie no pudo descifrar. Parecía estar librando una especie de batalla interna.
—Tengo una agenda muy apretada hoy —respondió, aunque su tono era menos firme.
—Siempre tienes una agenda apretada —replicó Vanessa. Su voz adquirió un matiz de frustración—. Quince minutos, Aston. Eso es todo lo que pido. Quince minutos en los que no pienses en contratos, ni acciones, ni nada que tenga que ver con este edificio.
Hubo un momento de silencio.
Valerie se concentró intensamente en los papeles frente a ella, deseando poder teletransportarse a cualquier otro lugar. Quizás a una isla desierta. O al centro de un volcán activo. Cualquier cosa sería menos incómoda que aquello.
Finalmente, Aston exhaló un poco de aire.
—Quince minutos —accedió, consultando su reloj como para asegurarse de que el tiempo comenzaba a correr exactamente en ese instante—. Ni uno más.
La sonrisa de Vanessa fue deslumbrante. Una victoria saboreada con elegancia.
—Perfecto. —Se volvió hacia Valerie.
La expresión de su rostro en ese momento era casi amistosa. Esa expresión condescendiente con que las personas atractivas a veces tratan a las que consideran menos afortunadas—. Espero que no te importe que te lo robe unos minutos, Valerie. Prometo devolverlo en condiciones aceptables.
«Como si me importara», pensó Valerie con una punzada de irritación que la sorprendió por su intensidad.
—Por supuesto que no, señorita Rothwell —respondió con una sonrisa cordial—. Tomaré notas de lo que hemos estado hablando y seguiré con el resto cuando el señor Cavendish regrese.
Aston cogió su chaqueta del respaldo de la silla y se la puso con un movimiento fluido.
—Continuaremos con esto cuando vuelva, señorita Scott —dijo. Su voz había recuperado ese tono distante y profesional tan característico suyo—. Mientras tanto, puede adelantar la revisión del informe de proyecciones y preparar los puntos clave para la reunión con Hamilton.
—Sí, señor —respondió Valerie automáticamente.
Vanessa enlazó su brazo con el de Aston, apoyándose ligeramente contra él en un gesto que gritaba «¿ves?
es mío». Juntos formaban una pareja casi dolorosamente perfecta: él alto y de porte aristocrático, ella exquisita y glamurosa.
Parecían salidos de un catálogo de «Gente Rica y Guapa Haciendo Cosas de Gente Rica y Guapa».
—Un placer conocerte, Valerie —dijo Vanessa por encima del hombro mientras se dirigían a la puerta—. Estoy segura de que serás una buena secretaria.
—Asistente personal —murmuró Valerie cuando la puerta ya se había cerrado tras ellos, demasiado tarde y demasiado bajo para que la escucharan.
¿Por qué cojones todo el mundo tenía que decirle que era una secretaria? ¿Y pronunciado de esa forma tan despectiva?
Se quedó sola en el silencioso despacho, rodeada de pilas de papeles y el persistente aroma del perfume de Vanessa.
Durante un momento, se permitió hundirse en la silla, liberando la tensión que había mantenido su espalda recta durante todo el encuentro.
«¿Así que esa es la novia de Aston Cavendish? —pensó, masajeándose las sienes, donde comenzaba a formarse un dolor punzante—. Justo como imaginaba que podía ser, pero peor.»
No era solo su belleza, sino esa confianza imperturbable que solo lo da una vida entera de privilegios y admiración.
—Y yo aquí con mis zapatos de imitación y mi blusa comprada en liquidación —murmuró. Soltó una risita sin humor—. Como comparar un Bentley con mi Honda Civic.
Dejó escapar un suspiro.
Se levantó, recogiendo sus notas y organizando los documentos que habían estado revisando. No tenía sentido quedarse en el despacho de Aston. Se sentía como una intrusa, a pesar de que técnicamente tenía más derecho a estar allí durante horas laborales que Vanessa.
«Al menos yo soy parte del inventario de la oficina —pensó con ironía mientras recogía sus cosas—. Un mueble funcional. No deslumbrante, pero útil. Como una práctica lámpara de escritorio.»
Se giró, echó a andar y salió.
De vuelta en su mesa, Valerie intentó concentrarse en las tareas que tenía por delante, pero su mente seguía volviendo a la imagen de Vanessa y Aston.
A la forma en que ella lo había besado, posesivamente, como marcando territorio.
A la incomodidad evidente de él, que sin embargo había cedido al final.
¿Por qué le molestaba tanto?
No era asunto suyo con quién salía Aston Cavendish o cómo manejaba sus relaciones. No era más que su jefe. Uno muy exigente y distante que la veía como poco más que una extensión de su agenda electrónica.
«Concéntrate en el trabajo, Valerie —se reprendió mentalmente—. Concéntrate en lo que puedes controlar.»
El reloj marcó las 12:15.
Quince minutos. Eso era todo lo que Aston había prometido a Vanessa. Pronto volvería, con su actitud distante y sus exigencias imposibles, y la vida continuaría como siempre.
Excepto que nada parecía igual que antes.
Con un suspiro, Valerie se concentró en el informe, intentando ignorar la voz en su cabeza que susurraba que el tiempo se acababa.
Para su padre.
Para ella.
Para las decisiones que tarde o temprano tendría que tomar.