CAPÍTULO 8
El despacho, normalmente un santuario de orden impecable, parecía haber sido víctima de un huracán de papeles. Tres horas de trabajo intenso habían transformado la elegante mesa de caoba en un paisaje de documentos organizados en formación militar.
Valerie se permitió un momento para estirar la espalda, que protestaba después de tanto tiempo inclinada sobre los papeles.
Sus ojos ardían ligeramente por el esfuerzo de leer tanta letra pequeña y cláusulas interminables.
Alzó la mirada hacia Aston, quien permanecía concentrado en su portátil, ajeno a cualquier incomodidad física.
A veces Valerie se preguntaba si aquel hombre tenía realmente necesidades humanas o simplemente funcionaba con baterías de litio de larga duración.
—Estos son los contratos de Russell-Meyers —dijo, señalando la pila más cercana a él—. He marcado con post-its amarillos las cláusulas que menciona el señor Hammond en su email.
Aston levantó la vista brevemente, y sus ojos azules escanearon el trabajo.
—Bien —respondió con ese tono neutro que Valerie aún no sabía interpretar. ¿Era aprobación? ¿Indiferencia? ¿Una forma sofisticada de decir «podrías haberlo hecho mejor, pero hoy lo voy a dejar pasar»?—. ¿Qué hay de los informes de rendimiento del último trimestre?
—Están aquí. —Valerie señaló otra pila meticulosamente organizada—. Los departamentos que muestran pérdidas están marcados con rojo, los que han superado expectativas, con verde.
—¿Y el informe preliminar para el señor Jones y su hijo?
—Está casi terminado. Solo faltan los datos de proyección que el departamento financiero prometió enviar antes de las dos.
Aston asintió, volviendo a su portátil como si la conversación hubiera concluido.
Valerie reprimió un suspiro.
Llevaba unos días trabajando para él, y aún no lograba predecir cuándo una conversación estaba realmente finalizada.
A veces dejaba frases a medias, esperando que ella captara la instrucción implícita; otras veces guardaba silencio durante tanto tiempo que Valerie creía que debía marcharse, solo para detenerla y ordenarle una nueva tarea justo cuando alcanzaba la puerta.
Estaba a punto de preguntarle si necesitaba algo más cuando la puerta del despacho se abrió de golpe.
No fue el educado toque de nudillos habitual seguido de una entrada discreta, sino un empujón decidido que hizo que la pesada puerta de roble chocara contra el tope con un sonido contundente.
Valerie dio un respingo, y hasta Aston alzó la mirada con una expresión de sorpresa que rápidamente se transformó en algo más complejo. Irritación y algo que podría interpretarse como resignación.
La mujer que entró parecía haber salido directamente de las páginas de Vogue.
Alta, con piernas que parecían extenderse hasta el infinito, y ataviada con un vestido de punto de color rojo.
Su melena castaña rojiza caía en ondas sobre sus hombros, y sus ojos, de un azul tan intenso que parecían irreales, recorrieron la habitación con la confianza de quien sabe que merece estar exactamente donde está. En lo más alto.
Valerie la reconoció al instante: Vanessa Rothwell. La había visto en revistas y eventos de alta sociedad, siempre del brazo de algún hombre poderoso. Actualmente, según las revistas del corazón que Janet devoraba en los descansos, del brazo de Aston Cavendish.
—¡Sorpresa, cariño! —exclamó Vanessa. Su voz era melodiosa, pero tenía un timbre que sugería que estaba acostumbrada a ser escuchada sin necesidad de alzarla.
Se movió por la estancia como si fuera la dueña del lugar, sus tacones de diez centímetros marcando un ritmo confiado sobre el suelo de madera. El aroma de su perfume invadió el espacio, desplazando el olor a café y papel que normalmente dominaba el despacho de Aston.
«Perfecto —pensó Valerie con ironía—, justo lo que necesitaba hoy. Un recordatorio andante de todos mis fracasos vitales en forma de supermodelo con zapatos de tres mil dólares.»
Aston se levantó. Su expresión era impostada y neutral.
—Vanessa. No esperaba verte hoy —dijo, con un tono que sugería que también hubiera preferido no verla mañana, ni pasado, ni nunca.
—Esa es la gracia de una sorpresa, amor —respondió Vanessa con una sonrisa de oreja a oreja—. Podrías fingir un poco más de entusiasmo, ¿no crees?
Valerie observó el intercambio intentando hacerse invisible. Era una habilidad que había perfeccionado trabajando para Aston: la capacidad de estar presente sin ser notada, como si formara parte del mobiliario.
—Estoy trabajando, Vanessa —señaló Aston. Su voz estaba controlada, pero poseía un filo apenas perceptible—. Podrías haber llamado a la puerta antes de entrar, podría haber estado en una reunión importante.
Vanessa hizo un gesto desdeñoso con la mano, como espantando una mosca insignificante.
—Oh, por favor. Para eso tienes recepcionistas y secretarias, ¿no? Para filtrar las visitas. —Sus ojos se posaron finalmente en Valerie, registrando su presencia como quien nota una lámpara poco interesante en un rincón—. Aunque parece que esta no está haciendo muy bien su trabajo.
Antes de que Aston pudiera responder, Vanessa cerró la distancia entre ellos y, en un movimiento fluido que parecía ensayado para una película, deslizó sus brazos alrededor de su cuello y lo besó.
No fue un beso casual de saludo, sino algo deliberadamente apasionado, posesivo, enredando sus dedos en el pelo de Aston en un gesto que gritaba «mío».
Valerie desvió la mirada, sintiendo el calor subir a sus mejillas.
Su incomodidad no era solo por estar presenciando un momento íntimo; había algo en la forma en que Vanessa había iniciado el beso, en la postura rígida de Aston, que hacía que la escena pareciera menos un encuentro romántico y más una declaración de propiedad.
«Está marcando territorio en toda regla —pensó—. Solo le falta orinar en las esquinas del despacho.»
Cuando finalmente se separaron, Aston parecía ligeramente descompuesto. Su meticuloso control se había alterado (algo que, al parecer, para él era imperdonable). Dio un paso atrás, poniendo distancia, y se aclaró la garganta.
—Vanessa, estaba en medio de una reunión con mi asistente —dijo.
Los ojos de Vanessa se volvieron nuevamente hacia Valerie, examinándola por primera vez con verdadera atención.
Su mirada la recorrió de arriba abajo, desde sus zapatos serios (no de marca) hasta su blusa sencilla (comprada en rebajas), deteniéndose brevemente en su rostro antes de regresar a Aston.
—¿Esta es tu secretaria? —preguntó, con el mismo tono que alguien usaría para preguntar «¿este es tu perro?».
—Asistente personal —corrigió Aston, y Valerie sintió una extraña oleada de agradecimiento por la precisión, aunque viniera de un hombre que probablemente no recordaría su nombre completo si le preguntaran de improviso—. Valerie Scott. Valerie, Vanessa Rothwell —les presentó.
—Encantada —murmuró Valerie, aunque «encantada» estaba aproximadamente a mil kilómetros de lo que realmente sentía. Desconocía las razones, pero aquella mujer no le caía bien.
Vanessa le dedicó una sonrisa formal. La clase de sonrisa que probablemente reservaba para camareros y personal de limpieza.
—Igualmente, Valerie. Qué nombre tan... encantador.
«Tan encantador como tú, que eres una bruja con tacones», pensó Valerie, manteniendo una sonrisa cordial.
No, definitivamente aquella tía no le caía bien.
Y sin más, Vanessa volvió su atención al despacho.
Sus ojos recorrieron cada detalle con interés, como si estuviera calculando cuánto costaba todo aquello.
Caminó lentamente por la estancia, pasando sus dedos por el respaldo de un sillón de cuero, examinando los cuadros en las paredes (originales, no reproducciones), deteniéndose frente a la ventana que ofrecía una vista panorámica de la ciudad.
—Qué panorámica tan maravillosa —comentó, con un brillo en los ojos que Valerie reconoció inmediatamente: ambición pura y cristalina—. Este edificio es impresionante, Aston. Todo el complejo empresarial, en realidad. Parece una adquisición muy inteligente por tu parte.
Aston, que había vuelto a sentarse detrás de su escritorio, la observaba con expresión indiferente.
—No fue una adquisición convencional —respondió escuetamente—. La situación era complicada.
Vanessa se acercó nuevamente, esa vez rodeando el escritorio para situarse junto a él. Su mano se deslizó casualmente sobre su hombro en un gesto que parecía casual, pero que Valerie sabía que estaba perfectamente calculado.
—Siempre tan modesto —dijo Vanessa, con una sonrisa que mostraba una fila de carillas perfectas—.
Todo el mundo sabe que eres brillante reflotando empresas en crisis.
—Sus dedos jugaron con el cuello de la camisa de Aston—.
Estoy segura de que esta también saldrá a flote gracias a ti.
Tienes ese toque mágico para transformar desastres en oro.
Aston se tensó visiblemente.
Apartó la mano de Vanessa con suavidad pero firmeza, y se levantó, estableciendo distancia física otra vez.
—Vanessa, agradezco que hayas venido a verme, pero como te he dicho, estoy trabajando —aseveró—. No me parece apropiado que irrumpas así en mi despacho sin avisar.
La sonrisa de Vanessa flaqueó por un instante, un pequeño parpadeo de irritación que fue rápidamente reemplazado por un puchero ensayado.
—Dios mío, qué poco romántico eres —suspiró de forma teatral—. ¿Verdad, Valerie?
Valerie, que hasta ese momento había logrado mantener su invisibilidad de una manera más o menos plausible, se sobresaltó al ser repentinamente incluida en la conversación. Miró a Vanessa, luego a Aston, atrapada en un fuego cruzado que no había pedido.
—Yo... Mmmm... —balbuceó, ganando tiempo.
—Déjala en paz —intervino Aston en tono cortante.
Vanessa puso los ojos en blanco, pero su sonrisa se tornó ligeramente más real, como si la irritación de Aston le resultara entretenida.