CAPÍTULO 7
—¿Sí? —Su voz sonó débil.
—Lamento informarle que hemos recibido la resolución de la compañía de seguros de su padre respecto a su tratamiento oncológico experimental. —La voz de Patricia era amable pero formal. El tono de alguien acostumbrado a dar noticias devastadoras.
—¿Y? —Valerie contuvo la respiración, aunque ya sabía la respuesta.
Las últimas semanas habían sido una batalla constante de formularios, apelaciones y cartas de médicos.
—Han determinado que el tratamiento experimental con Pembrolizumab combinado con Abraxane no está cubierto por su póliza actual. Cubrirán solo parte del tratamiento estándar de quimioterapia, pero...
—Pero el oncólogo dijo que el tratamiento experimental es su mejor opción —interrumpió Valerie, sintiendo cómo el pánico empezaba a trepar por su garganta como una enredadera venenosa.
El doctor Mercer había sido claro: la quimioterapia convencional podría comprar algo de tiempo, pero el cáncer de su padre era agresivo.
El tratamiento experimental había mostrado resultados prometedores en casos similares.
Una posibilidad real de que la enfermedad remitiera en lugar de simplemente retrasar lo inevitable.
—Lo entiendo, señorita Scott. Lamentablemente, el coste del tratamiento experimental sería de aproximadamente 40.000 dólares mensuales. En cambio, la quimioterapia estándar está cubierta al 80%, lo que dejaría un copago de aproximadamente 2.000 dólares mensuales.
Cuarenta mil dólares. Mensuales.
Las cifras cayeron como losas sobre sus hombros. Valerie hizo cálculos rápidos.
Su salario entero, después de impuestos, era de 3.
500 dólares al mes. El alquiler eran 2.200.
Marcus supuestamente contribuía, pero no había pagado en tres meses.
Incluso si no comiera, si no pagara las facturas, si no viviera más que para trabajar y pagar, no sería suficiente. Ni remotamente suficiente.
Joder.
—¿Hay... hay alguna opción de pago? ¿Algún programa de asistencia? —Su voz sonaba desesperada incluso para sus propios oídos. El tipo de desesperación que hace que los empleados del servicio al cliente se sientan incómodos.
—Puedo enviarle información sobre programas de asistencia, pero debo ser honesta: la mayoría tiene listas de espera de meses.
—La mujer hizo una pausa, y cuando continuó, su voz había perdido parte de su formalidad profesional—.
Su padre necesitaría comenzar el tratamiento experimental en las próximas cuatro semanas para que sea efectivo.
Cuatro semanas. No había forma de conseguir los primeros 40.000 dólares en cuatro semanas. Ni vendiendo todo lo que poseía, ni pidiendo préstamos a amigos que también vivían mes a mes. Y aunque pudiera, ¿cómo pagaría las siguientes cuotas?
—Entiendo —dijo. Su voz sonó extraña, como si viniera de muy lejos, de algún lugar donde las hijas no tenían que decidir entre morirse de hambre y la vida de sus padres—. Envíeme la información, por favor.
—Por supuesto. Y señorita Scott... —La mujer hizo otra pausa—. Lamento mucho esta situación. Su padre es un hombre encantador. Desearía poder hacer más.
La amabilidad casi la rompió. Podía manejar la frialdad burocrática, las negativas formales, pero la compasión amenazaba con destrozar las compuertas que apenas contenían sus emociones.
Después de colgar, Valerie se quedó mirando la pantalla del teléfono.
Los números danzaban en su cabeza, como una ecuación imposible sin solución, un problema para el que no tenía respuesta.
Desde la habitación, escuchó el sonido del televisor. Marcus había puesto el volumen alto, probablemente para no escucharla si lloraba. O tal vez solo porque era un imbécil que no consideraba que ella pudiera querer silencio después de un día agotador.
Ya no estaba segura de cuál era la razón, y lo peor era que ya ni siquiera le importaba.
El espacio donde antes había amor, preocupación y beneficio de la duda ahora estaba ocupado por resentimiento, miedo y una fatiga emocional tan profunda que sentía sus efectos físicamente, como un peso constante sobre sus hombros.
Se levantó con cuidado, evitando los trozos rotos del plato, y fue al baño. Cerró la puerta con suavidad, temerosa de provocar otra explosión de ira de Marcus, y giró el pestillo con dedos temblorosos.
Ese pequeño acto de tener un espacio seguro, aunque fuera temporalmente, le proporcionó un alivio momentáneo.
Abrió el grifo de la ducha al máximo, dejando que el agua corriera ruidosamente, creando una cortina de sonido que ocultaría cualquier ruido que pudiera hacer, y entonces se permitió llorar.
No fueron lágrimas delicadas, de esas que los poetas romantizan. Fueron sollozos violentos que sacudían todo su cuerpo. El tipo de llanto que deja la garganta en carne viva y los ojos hinchados.
Se sentó en el borde de la bañera, con sus ridículas pantuflas de conejo mirándola con sus ojos de plástico felices. Una incongruencia absurda en medio de su dolor, y las lágrimas cayeron sin control.
Lloró por su padre, Henry Scott, profesor de literatura, amante de Dickens y el jazz, luchando contra un cáncer que lo estaba consumiendo día a día.
El hombre que le había leído Grandes Esperanzas cuando tenía diez años, que había bailado con ella en la cocina mientras sonaba el fantástico John Coltrane, que siempre creyó que haría grandes cosas.
Lloró por su madre, Caroline, que decidió quitarse la vida de manera inesperada, que no estaba ahí para decirle qué hacer, para ofrecerle uno de sus abrazos que olían a canela y podían hacer que el mundo pareciera menos terrorífico.
Lloró por la chica que solía ser, la que tenía sueños más grandes que sobrevivir cada día, la que quería escribir, viajar, dejar una huella en el mundo.
Y lloró por sí misma, atrapada en un apartamento con un hombre que acababa de romper un plato en un arranque de ira, sin dinero suficiente para salvar a su padre, trabajando para un jefe que la trataba como un robot, pero que al menos no le gritaba ni rompía cosas.
Atrapada en una vida que parecía haberse desviado tanto de sus planes originales que ya no podía recordar cómo había llegado hasta ahí.
«Dios, mi vida es un desastre —pensó mientras se limpiaba la nariz con papel higiénico, el más barato que vendían en el supermercado y que se deshacía al contacto con las lágrimas—. Un completo y absoluto desastre.»
Su reflejo en el espejo del baño le devolvió la imagen de alguien que no reconocía.
Ojos hinchados y rojos como si padeciera una alergia severa, maquillaje corrido creando ríos negros por sus mejillas, que le daban aspecto de un cuadro expresionista, labio inferior hinchado de tanto morderlo para no sollozar muy fuerte y alertar a Marcus.
Su melena, que había peinado cuidadosamente aquella mañana en un moño profesional, ahora colgaba en mechones desordenados alrededor de su rostro pálido.
Parecía un mapache triste con pantuflas rosa de conejo, una versión patética de sí misma que habría sido cómica si no fuera tan devastadora.
El teléfono vibró en el bolsillo de sus pantalones. Con manos temblorosas, lo sacó, temiendo otra llamada del hospital con más malas noticias. En cambio, era un WhatsApp de Ceci, que a veces parecía vivir en un universo completamente distinto:
«¡¡Val!! ¡Brad me ha invitado a cenar mañana! ¿Qué me pongo? ¿El vestido rojo que dice “soy sexy pero también puedo ser tu novia” o el negro que dice “desesperada”?»
Valerie casi rio, un sonido húmedo y estrangulado que se parecía más a un sollozo.
Los problemas de Ceci parecían de otro mundo, uno donde la decisión más difícil era qué vestido ponerse para una cita, y no cómo conseguir 40.
000 dólares para un tratamiento médico, o si era seguro dormir en la misma cama que tu pareja.
Era el mismo mundo donde vivían sus compañeros de clase, preocupados por los exámenes, no por si su padre viviría para ver la próxima primavera.
Escribió de vuelta, intentando sonar normal, como la hermana mayor responsable y sensata que Ceci creía que era:
«El rojo está bien. No muy escotado. Con tacones medios. Y no hables de tus ex en la primera hora.»
La respuesta llegó casi inmediatamente:
«¡Eres la mejor hermana! ¿Cómo estás? ¿Tu jefe el vampiro sigue siendo horrible?»
Valerie miró el mensaje, las palabras brillando en la pantalla como una invitación a la honestidad que no podía permitirse.
¿Cómo estaba?
Estaba sentada en un baño, llorando en silencio mientras su novio tóxico veía la televisión en la otra habitación y su padre se moría de cáncer porque no podía pagar el tratamiento.
Estaba aterrorizada, exhausta y tan profundamente sola que el dolor tenía dimensiones físicas, como si alguien hubiera abierto un agujero en su pecho.
«Estoy bien. Mi nuevo jefe es... complicado. Hablamos mañana. Diviértete en tu cita.»
Era más fácil mentir, proteger a Ceci de la verdad. ¿Qué podría hacer su hermana de todas formas? Ceci solo tenía dieciocho años. No necesitaba cargar con sus problemas.
Valeri guardó el teléfono y se miró las pantuflas otra vez. Los conejitos rosas seguían sonriendo, ajenos a su tragedia, con esas caras estúpidamente felices que ahora parecían burlarse de ella.
Ceci se las había dado diciendo: «Para que siempre tengas algo ridículo y feliz que ponerte cuando llegues a casa».
Habían reído juntas, imaginando a Valerie desfilando por el piso con las extravagantes pantuflas, mientras Marcus fingía horror ante su falta de estilo.
«Si supieras, Ceci —pensó con amargura para sus adentros—. Si supieras que lo único ridículo y feliz en mi vida son estas malditas pantuflas.»
Se levantó, se lavó la cara con agua fría, tratando de borrar la evidencia de su llanto.
El agua helada ayudó a reducir parte de la hinchazón, pero sus ojos seguían delatando las lágrimas. No importaba. Marcus probablemente ni siquiera la miraría, estaría demasiado absorto en sus propias mierdas y en su resentimiento.
No podía quedarse en el baño para siempre, aunque la idea era tentadora.
Tenía que salir, recoger los pedazos del plato roto, fingir que todo estaba bien, ir a trabajar al día siguiente y preparar café negro con media cucharada de azúcar para un hombre que probablemente se gastaba 40.
000 dólares en un reloj sin pensarlo dos veces.
La ironía no se le escapaba: trabajaba para uno de los hombres más ricos del país, pero ella ni siquiera podía permitirse salvar a su propio padre.
Pero la vida era así.
Mientras barría los trozos de porcelana, con cuidado de no despertar la ira de Marcus con el ruido, su mente volvía una y otra vez al mismo pensamiento.
«¿Qué voy a hacer?»
La pregunta resonaba en su cabeza, un eco sin respuesta.
Había agotado todas las opciones convencionales: el seguro había dicho «no», los programas de asistencia tardarían demasiado, su sueldo estaba al límite por cubrir los gastos que Marcus no pagaba.
Incluso había considerado durante unos momentos pedirle un préstamo a Aston Cavendish, pero la idea de revelar tal vulnerabilidad ante ese hombre, de admitir su fracaso personal y financiero ante esos ojos azules implacables, era insoportable.
Además, ¿por qué ayudaría a una asistente que llevaba solo unos días trabajando para él? Para Aston, ella era probablemente tan reemplazable como el café que le llevaba por la mañana.
No tenía respuesta a su pregunta. Solo tenía pedazos de un plato roto en una bolsa de basura, un novio que se estaba convirtiendo en alguien que no reconocía, un padre muriéndose, y un trabajo en el que, aunque ganaba un buen sueldo, no era suficiente para pagar su tratamiento oncológico experimental.
Terminó de limpiar la cocina, apagó las luces, y se preparó para dormir otra vez en el sofá. Un mueble barato con un muelle suelto que se clavaba justo en medio de su espalda, recordándole toda la noche que ni siquiera en el sueño encontraría verdadero descanso.
Pero no podía enfrentar a Marcus aquella noche.
No podía fingir que todo estaba bien, que no había estrellado un plato contra el fregadero, que no la había llamado perra, que no se estaba convirtiendo en el tipo de hombre del que su padre le había advertido, y del que todas las mujeres deberían huir.
Mientras se acurrucaba bajo una manta delgada, todavía con sus pantuflas de conejo puestas porque hacía frío y eran lo único suave en su vida, pensó en el día de mañana.
En cómo tendría que levantarse a las 6:15 para llegar temprano y preparar todo antes de que Aston apareciera con sus exigencias imposibles y su perfección intimidante.
En cómo tendría que sonreír y asentir como si su mundo no se estuviera desmoronando, como si no hubiera pasado la noche en un sofá incómodo, como si no estuviera contando los días hasta que su padre...
No.
No podía permitirse pensar en eso ahora.
Pensó en Aston y en sus secretos, en cómo a veces lo sorprendía mirando por la ventana con una expresión casi... ¿vulnerable?
No, imposible. Aston Cavendish no conocía la vulnerabilidad. Pero había algo en esos momentos, cuando creía que nadie lo observaba, una tensión en sus hombros, una ligera arruga entre sus cejas, que sugería que quizás el témpano de hielo tenía sus propias grietas ocultas.
Era más fácil que pensar en platos rotos y tratamientos médicos y novios que ya no reconocía.
Era más fácil fingir que mañana sería mejor.
Aunque sabía que era mentira.
Al lado, en la habitación, escuchó a Marcus roncar ruidosamente, con el sueño profundo de alguien sin preocupaciones reales más allá de su próxima cerveza y su partida a la videoconsola.
¿Cómo habían terminado así? ¿En qué momento el chico brillante y ambicioso se había convertido en ese extraño amargado que rompía platos y la llamaba perra? ¿En qué momento ella había empezado a aceptarlo como algo normal?
El último pensamiento antes de que finalmente los brazos de Morfeo la reclamaran fue simple y aterrador.
«Algo tiene que cambiar. Y quizás ese algo soy yo.»