La debilidad del Jefe (Devils 3) CAPÍTULO 6
8%

CAPÍTULO 6

Valerie llegó a casa casi a las nueve, exhausta después de otro día intentando mantener el ritmo imposible de Aston Cavendish.

La reunión con el señor Jones y su hijo había sido un éxito (cien millones de inversión asegurados), pero eso solo significaba más trabajo, más presión, más café negro.

Un éxito que en cualquier otra empresa habría sido celebrado con champán y felicitaciones; en el reino de Cavendish simplemente significaba expectativas más altas para mañana.

Durante la jornada laboral había mantenido su postura profesional por inercia y solo cuando las puertas del ascensor de su edificio se habían cerrado, lejos de las miradas evaluadoras del mundo Cavendish, Valerie permitió que sus hombros se desplomaran bajo el peso invisible de otro día sobrevivido en la empresa.

Todavía llevaba puesta la blusa de seda de color rojo que había comprado en liquidación hacía dos meses, ahora arrugada después de doce horas de trabajo.

La prenda era bonita, pero después de un día entero parecía tan cansada como ella.

Las arrugas contaban la historia de reuniones interminables, carreras por los pasillos, y ese momento terrible cuando se había quedado dormida cinco minutos en la cocina de la planta durante su comida y Janet la había despertado.

Por suerte para ella no había sido Aston Cavendish.

Sus pies gritaban de dolor en los tacones baratos que intentaban parecer caros. Una imitación decente de los Louboutins que otras chicas de la empresa usaba con tanta naturalidad.

Los había comprado de oferta, convenciéndose de que nadie notaría la diferencia. Por supuesto, Janet (siempre Janet) había notado inmediatamente que eran falsos, pero había tenido la delicadeza de comentarlo en privado.

Lo único que quería era quitárselos (o tirarlos a la basura), ponerse sus ridículas pantuflas de conejitos rosas que Ceci le había regalado en Navidad, y tal vez comer algo que no fuera una barrita de proteínas robada de la cocina de la oficina.

El piso estaba a oscuras cuando entró, lo cual era raro.

Marcus usualmente tenía todas las luces encendidas mientras jugaba, como si la electricidad fuera gratis.

La última factura había sido astronómica, principalmente debido a la nueva videoconsola que Marcus había comprado «en oferta» con la tarjeta de crédito compartida que supuestamente era solo para emergencias.

—¿Marcus? —lo llamó, mientras dejaba las llaves en el cuenco de cerámica.

Silencio.

No era el silencio tranquilo de un hogar en paz, sino el silencio cargado que presagia algo desagradable.

Había aprendido a reconocer los diferentes tipos de silencio en el apartamento: el silencio de Marcus dormido después de una noche de videojuegos, el silencio lleno de resentimiento después de una discusión, y aquel silencio, el que hacía que los pelos de su nuca se erizaran.

Se quitó los tacones con un suspiro de alivio y fue a la habitación a buscar sus pantuflas. Los conejitos rosas la miraban con sus ojos de plástico desde el armario, prometiendo confort para sus pies torturados.

Eran absurdas, infantiles incluso, pero representaban un pequeño acto de rebelión contra la seriedad aplastante de su vida profesional. Aston Cavendish probablemente tendría unas pantuflas de cuero italiano hechas a mano.

Se las puso y fue a la cocina, pensando en qué podría preparar de forma rápida para cenar.

Tal vez pasta con lo que quedara en la nevera...

Abrió la puerta y se encontró con el desolador panorama de un frigorífico casi vacío: medio limón reseco, un yogurt caducado, una cerveza solitaria (de Marcus), y un trozo de queso que mostraba signos alarmantes de estar desarrollando su propio ecosistema.

Resopló.

Había planeado ir al supermercado, pero no tenía tiempo, y si le decía a Marcus que fuera él, seguramente terminarían discutiendo.

La puerta principal se abrió de golpe, rebotando contra la pared con un estruendo que hizo que Valerie se sobresaltara.

Marcus entró tambaleándose ligeramente, con los ojos vidriosos y enrojecidos, bajo el flequillo despeinado que alguna vez Valerie había encontrado encantador. El olor a cerveza y whisky lo precedía como una nube invisible que anunciaba problemas.

—¿Dónde coño está la cena? —preguntó. Su voz era más grave de lo normal, arrastrando las palabras como si fueran demasiado pesadas para su lengua entumecida por el alcohol.

Valerie sintió un escalofrío recorrer su columna, ese instinto primitivo que advierte del peligro antes de que la mente consciente pueda procesarlo.

Marcus bebía, sí, pero raramente llegaba a ese punto. Ese punto donde sus ojos se volvían duros y su mandíbula se tensaba de aquella manera particular que significaba problemas.

Había visto esa versión de Marcus con más frecuencia últimamente, desde que había perdido el trabajo en la agencia de publicidad seis meses atrás.

Al principio había sido comprensiva: «El mercado está difícil», «Encontrarás algo mejor», «Esto es solo temporal».

Ahora, seis meses después, con sus ahorros agotados y la paciencia desgastada por excusas cada vez menos elaboradas, la comprensión se había transformado en algo más parecido a la resignación.

—Acabo de llegar a casa, Marcus. Literalmente hace cinco minutos que...

—¿Y? —Él se acercó a la cocina. Sus movimientos eran descoordinados pero agresivos, como un depredador herido—. ¿Qué clase de novia eres? Llego a casa después de un día de mierda y no hay nada de comer.

Valerie observó su ropa arrugada, el pelo despeinado que no había visto un champú en días, y la barba incipiente que había pasado de ser «estilizada» a simplemente «descuidada».

Parecía la versión descompuesta del chico encantador que había conocido en aquella fiesta hacía tres años, el que hablaba apasionadamente de diseño gráfico y la había hecho reír con historias sobre clientes imposibles.

—¿Un día de mierda? —Las palabras salieron de la boca de Valerie antes de que pudiera detenerlas, impulsadas por el cansancio, el hambre y la frustración acumulada—. ¿Haciendo qué exactamente? ¿Perdiendo en Call of Duty?

El cambio en la expresión de Marcus fue instantáneo. Pasó de irritado a furioso en un parpadeo, como un interruptor que había sido activado. Sus ojos se estrecharon, los labios se tensaron en una línea fina, y algo oscuro y peligroso cruzó su rostro.

—No empieces, Valerie. No estoy de humor.

Pero ella no estaba ya dispuesta a callarse.

—Nunca estás de humor. Para nada. Excepto para beber y jugar con la videoconsola.

—Sabía que estaba pisando terreno peligroso, pero algo dentro de ella se había roto.

Quizás era el cansancio, o tal vez la revelación lenta pero implacable de que la persona frente a ella ya no era el hombre del que se había enamorado.

—¿Sabes qué? Fui a dos entrevistas hoy. Dos. —Alzó dos dedos frente al rostro de Valerie, tambaleándose ligeramente—. ¿Y sabes qué me dijeron? Que no tengo la suficiente experiencia. Como si eso fuera culpa mía.

Valerie lo miró más de cerca, buscando algún indicio de verdad en sus palabras. Su camisa estaba manchada con lo que parecía ser salsa de pizza en el cuello. Sus vaqueros eran los mismos que había usado los últimos cuatro días, reconocibles por esa mancha de café en la rodilla derecha.

No había ido a ninguna entrevista.

Al bar de la esquina, tal vez, donde Jerry el camarero le servía cervezas a precio reducido por «los viejos tiempos», cuando Marcus era un cliente habitual que dejaba buenas propinas.

Quizás había ido al piso de su amigo Derek donde bebían y se quejaban de sus vidas, seguramente, construyendo una narrativa donde el mundo era injusto y ellos víctimas del sistema.

Pero a entrevistas... no. No con esa ropa, no con ese aliento a alcohol que podía oler desde donde estaba.

—Marcus, no has ido a ninguna entrevista. —Las palabras salieron suaves pero firmes, como una constatación de hechos más que como una acusación.

—¿Me estás llamando mentiroso? —Marcus se irguió, ganando centímetros de altura que lo hacían más intimidante.

—Estoy diciendo que es muy difícil ir a hacer entrevistas de trabajo cuando ni siquiera te has duchado en tres días. —Valerie estaba cansada de las mentiras, de ir con pies de plomo, de fingir que no veía lo que estaba frente a sus ojos.

Quizá no debió decir aquello. Lo supo en el momento en que las palabras salieron de su boca y quedaron flotando en el aire como pequeñas bombas verbales.

Marcus se acercó más, invadiendo su espacio personal con la intención clara de intimidarla, y por primera vez en tres años de relación, Valerie sintió miedo. Miedo real, visceral, el tipo de miedo que hace que el corazón se acelere y el cuerpo se prepare para huir.

—Eres una perra, ¿lo sabías? —Marcus escupió las palabras como si fueran veneno. Su rostro estaba tan cerca que podía sentir el calor de su aliento cargado de alcohol—. Una perra condescendiente que cree que es mejor que yo porque tiene un trabajito de mierda con un empresario millonario.

—No creo que sea mejor que tú... —Valerie intentó apaciguarlo, dando un paso atrás. La parte baja de su espalda chocó contra el borde de la encimera.

—¡Claro que sí! Lo veo en tu cara cada vez que llegas a casa con tu ropita de oficina, actuando como si fueras importante.

—Marcus hizo un gesto despectivo hacia su blusa de seda, en esos momentos arrugada pero aún elegante—.

¿Qué eres, Valerie? Simplemente una secretaria . Una sirvienta que lleva café.

Las palabras golpearon exactamente donde sabía que dolían.

Marcus había estado allí durante sus crisis de confianza, cuando dudaba si debería haber terminado su carrera en literatura en lugar de conformarse con un trabajo administrativo.

Conocía sus inseguridades y ahora las usaba como armas contra ella. ¿Se podía caer más bajo?

—Asistente personal —corrigió automáticamente Valerie, como hacía siempre.

Estaba harta de que Marcus pronunciara la palabra «secretaria» con tanto desprecio.

—¡¿Acaso te crees que esa distinción que haces es importante?! —gritó él con burla, y cogió un plato del fregadero, uno de los pocos que quedaban intactos del juego que habían comprado juntos.

Durante un instante, Valerie pensó que se lo iba a tirar.

Su cuerpo se tensó, preparándose para esquivarlo, y los músculos se contrajeron, anticipándose al impacto.

Pero en lugar de eso, Marcus estrelló el plato contra el borde del fregadero con tanta fuerza que explotó en docenas de fragmentos.

El sonido fue como un disparo en el pequeño piso.

Un estallido de violencia contenida que prometía más en un futuro.

Valerie se quedó congelada, mirando los pedazos de porcelana esparcidos por el suelo desgastado.

Era uno de los platos que habían comprado juntos en Ikea cuando se mudaron, cuando todavía reían mientras discutían sobre si comprar los azules o los blancos.

Habían elegido los blancos porque Marcus había dicho que la comida se vería mejor en ellos.

Ahora uno de esos platos estaba hecho añicos en el suelo, como tantas otras cosas en su relación. Los planes de futuro, las promesas, la confianza... Todo se había reducido a fragmentos afilados que podían cortar si los pisabas descalzo.

—Recoge esto —dijo Marcus. Su voz era extremadamente fría. El hielo había reemplazado al fuego con una rapidez desconcertante—. Y no me molestes esta noche —añadió.

Se fue hacia la habitación, pero se detuvo en la puerta, girándose con esa sonrisa cruel que había empezado a aparecer con mucha frecuencia en los últimos meses.

—¿Sabes qué? Ya no tengo hambre. Tu sola presencia me quita el apetito.

El portazo fue tan fuerte que Valerie se encogió sobre sí misma.

Bajó la mirada y contempló el destrozo que la rodeaba.

Sus manos temblaban mientras se agachaba para recoger los trozos más grandes. Los movimientos eran automáticos, nacidos de la práctica. No era la primera vez que recogía los fragmentos de la ira de Marcus, aunque sí era la primera vez que esa ira se manifestaba en violencia física contra objetos.

Se preguntó, con una claridad que la asustó, si la próxima vez serían sus huesos los que crujirían bajo la presión de esa furia que apenas había sido capaz de contener.

Un fragmento le cortó el dedo índice, un dolor agudo y repentino que la devolvió al presente.

Observó fascinada cómo una gota de sangre caía sobre la cerámica blanca, creando un contraste surrealista de rojo sobre blanco. La sangre parecía brillante bajo la luz fluorescente de la cocina, preciosa en su viveza.

«Esto no va bien —pensó con una claridad mental repentina—. Nada bien.»

No era solo el plato roto, o los gritos, o el miedo.

Era todo: la sensación de caminar sobre un campo de minas en su propio hogar, la vergüenza cuando Janet le preguntaba por qué nunca salía con ellos después del trabajo, las llamadas de su padre que evitaba porque no quería mentir sobre lo «maravillosa» que era su relación.

Era despertarse cada mañana con un peso en el pecho que no tenía nada que ver con el estrés laboral y todo que ver con el hombre que roncaba a su lado.

Su teléfono sonó, sacándola de su trance. Era un número largo, probablemente del hospital, un prefijo que había aprendido a reconocer en los últimos meses, desde que a su padre le habían diagnosticado el cáncer.

Contestó con dedos temblorosos, dejando una pequeña mancha de sangre en la pantalla.

—¿Señorita Scott? Soy Patricia, de la oficina de seguros del Mount Sinai.

El estómago de Valerie se hundió como una piedra en el fondo de un lago. Las llamadas de la oficina de seguros del hospital nunca eran buenas. Eran mensajeros de malas noticias envueltas en jerga administrativa y disculpas profesionales.