La debilidad del Jefe (Devils 3) CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

Su reflejo en el espejo del ascensor le devolvió la imagen de alguien que parecía sorprendentemente profesional para haber tenido una pelea monumental con su novio doce horas antes.

Lo que no esperaba era encontrar a alguien en el vestíbulo a esa hora, y menos aún a alguien leyendo «El Príncipe» de Maquiavelo como si fuera una novela de playa.

El hombre estaba sentado en uno de los sofás de cuero negro, completamente absorto en su lectura.

Tendría unos cuarenta y tantos años, complexión fuerte que sugería un montón de músculo bajo el traje de chófer, pelo castaño cortado al estilo militar, y una cicatriz que atravesaba su ceja izquierda.

Desde luego no era el tipo de persona que esperarías encontrar leyendo filosofía política del siglo XVI.

—«Es mejor ser temido que amado, si no puedes ser ambos» —murmuró para sí mismo, pasando una página.

—Personalmente, prefiero el equilibrio —dijo Valerie antes de poder contenerse—. El miedo sin respeto genera rebelión. El amor sin autoridad genera caos.

El hombre levantó la vista, y sus ojos negros la evaluaron con una intensidad que le recordó incómodamente a cierto jefe de ojos azules y mirada fría.

—Usted es la asistente personal del señor Cavendish, supongo. —Su acento tenía un dejo del Bronx, suavizado, pero no eliminado del todo—. Soy Lexe, su chófer, entre otras cosas.

—¿Lexe? ¿Como... Lex?

—Con E al final. Mi madre era muy creativa. —El hombre se levantó, y Valerie se dio cuenta de que era más alto de lo que parecía sentado. Fácilmente medía un metro noventa—. ¿Le sorprende mi elección de lectura? —preguntó.

Se guardó el libro en el bolsillo interior de su chaqueta con cuidado, como si fuera algo precioso.

—No, bueno... —Valerie se encogió de hombros—. Cada uno es libre de leer lo que quiera. Aunque admito que Maquiavelo a las ocho de la mañana es... algo intenso.

Lexe casi sonrió. Casi.

—El señor Cavendish dice lo mismo.

Las puertas acristaladas del vestíbulo se abrieron y Aston Cavendish entró como si hubiera sido invocado. Traje azul marino, corbata negra, y esa expresión de «dominaré el mundo antes del desayuno» que según parecía era su configuración por defecto.

—Lexe. Señorita Scott —asintió. Miró a Lexe—. ¿Los documentos?

Lexe le entregó una carpeta de cuero negro que había estado en el sofá junto a él.

—Todo está ahí. También incluí la información adicional que solicitó.

Los ojos de Aston se quedaron fijos en los de Lexe, y pasó algo entre ellos, una especie de comunicación silenciosa nacida de años de confianza. Valerie sintió como si estuviera presenciando algo privado, íntimo, algo que tenía que ver con la lealtad.

—Bien. Estaré en mi oficina. Señorita Scott, necesito la presentación que hizo ayer de forma impresa y digital lista en treinta minutos.

—Ya está lista —dijo ella, alzando la carpeta que tenía en la mano.

Apenas había dormido, así que había aprovechado el tiempo para adelantar algo de trabajo en casa.

Aston la miró, y por una décima de segundo, algo parecido a la aprobación cruzó su rostro.

—Eficiente. Me gusta cuando no tira el café sobre los contratos. Lexe, espera mi llamada —dijo.

Valerie sintió que sus mejillas se sonrojaban.

Joder, el día anterior había sido un completo desastre. Ojalá aquel fuera un poco mejor. Solo un poco. El listón, desde luego, no estaba muy alto.

***

Quince años antes

Aston tenía diecisiete años y doscientos míseros dólares en una cuenta bancaria cuando conoció a Lexe.

Acababa de escapar del orfanato estatal donde había pasado los últimos cinco años desde que su madre y su hermana habían sido asesinadas.

No tenía nada más que una mochila con ropa, una foto arrugada de su familia, y una rabia que ardía tan fuerte que a veces pensaba que podría inmolarse desde dentro.

Estaba trabajando en un depósito en Queens, cargando cajas por diez dólares la hora, cuando tres tipos decidieron que el chico flacucho con cara de niño rico sería un blanco fácil. Se equivocaron (los años en el orfanato le habían enseñado a Aston a pelear sucio) pero eran tres contra uno.

Fue Lexe quien intervino.

En ese entonces era personal de seguridad del depósito, exmarine con dos misiones en Afganistán y suficientes demonios propios para reconocer los de otros. Despachó a los tres atacantes con una habilidad que fue preciosa en su brutalidad.

—Peleas bien para ser un niño rico —había dicho, ayudando a Aston a levantarse.

—No soy rico.

—No todavía. Pero lo serás. Puedo verlo en tus ojos. Tienes hambre. El tipo de hambre que construye imperios o los destruye.

—¿Cómo sabes que no destruiré uno?

Lexe había sonreído, esa misma media sonrisa que ahora reservaba para muy pocas personas.

—Porque los que destruyen no pelean para sobrevivir. Pelean por placer. Tú peleas como alguien que tiene algo que demostrar.

Esa noche, en un bar de mala muerte, mientras Lexe le enseñaba a beber whisky sin hacer muecas, Aston le contó todo. Su madre, su hermana, la familia paterna que nunca lo reconoció, el imperio construido sobre sangre que algún día destruiría o ardería en el intento.

—Necesitarás ayuda —había dicho Lexe—. No se puede conquistar el mundo solo.

—¿Te estás ofreciendo a ayudarme?

—No tengo nada mejor que hacer que ver cómo un huérfano cabreado se convierte en el terror de Wall Street.

Y así, Lexe se convirtió en su sombra, su escudo, su única familia real.

***

Presente

Valerie seguía a Aston hacia su despacho, notando la tensión en sus hombros, la forma en que su mandíbula se apretaba ligeramente.

Había aprendido a leer algunas de sus pequeñas expresiones en los últimos días.

La ceja ligeramente arqueada significaba escepticismo.

Los dedos tamborileando significaban impaciencia.

Y aquella tensión particular en los hombros significaba que algo lo estaba molestando profundamente.

Esperaba no ser ella.

—La presentación —dijo Valerie, colocando la carpeta en su escritorio—.

También envié la versión digital a su correo y preparé copias de respaldo en dos USB diferentes porque soy muy paranoica y porque derramé café sobre unos documentos importantes y ahora tengo una especie de trastorno de estrés postraumático.

Aston la miró, y otra vez esa casi-sonrisa tocó sus labios.

—Trastorno de estrés postraumático... Debería ser un diagnóstico oficial.

—Junto con la Adicción Aguda a la Cafeína.

—Está de muy buen humor para ser las ocho de la mañana.

—Debe ser el cansancio. He dormido muy poco y mi cerebro está funcionando a trompicones —respondió Valerie. Aunque se arrepintió de inmediato. ¿Por qué le contaba aquello a su jefe? ¿Y a un jefe que era de todo menos amistoso? Él no era el señor Goldstein.

—¿Por qué? —preguntó Aston, para sorpresa de Valerie.

«Porque mi novio tóxico me llamó idiota y he pasado la noche en vela, reflexionando las malas decisiones que he tomado en la vida», pensó en silencio, pero dijo:

—Me desvelé.

Aston la estudió durante unos segundos, y Valerie tuvo la incómoda sensación de que podía ver directamente a través de su mentira.

—Asegúrese de que hoy su taza está siempre llena de café. La necesito despierta —dijo Aston.

—Claro —respondió Valerie.

Antes de que Valerie pudiera procesar si eso era una broma, Aston abrió la carpeta que Lexe le había dado. Su expresión cambió inmediatamente, volviéndose aún más fría, si eso era posible.

Valerie alcanzó a ver el membrete en los documentos: BLACKGUARD ENTERPRISES. Debajo, un escudo de armas que parecía sacado de una película de la mafia: un águila negra sosteniendo una espada y una balanza.

Los Blackguard.

Incluso ella, que evitaba las páginas de sociedad como la peste, conocía ese nombre.

Una de las familias más antiguas y poderosas de Nueva York, dedicada a la construcción, bienes raíces, casinos...

y según los rumores que circulaban en voz baja en algunos lugares de la ciudad, cosas mucho menos legales.

—Señorita Scott, necesito que reorganice mi agenda de hoy —dijo Aston sin levantar la vista de los documentos—. Cancele todo después de las dos.

—Por supuesto. ¿Alguna razón en particular que deba dar?

—Asuntos familiares.

La forma en que dijo «familiares» hizo que sonara como una maldición.

Valerie empezó a reorganizar las citas en su tablet, consciente del tenso silencio que había en la oficina.

Aston leía los documentos con una intensidad que hacía que pareciera que estaba memorizando cada palabra, cada número, cada detalle que contuvieran.

Su teléfono sonó. Miró la pantalla y su expresión se endureció aún más.

Movió el pulgar y contestó la llamada, girándose hacia los ventanales que mostraban Manhattan en todo su esplendor matinal.

—Habla —dijo. Su voz era diferente. Más dura. Más peligrosa.

Valerie intentó concentrarse en la pantalla de su tablet, pero era imposible no escuchar.

—¿Algo nuevo?

—…

—No, eso no es suficiente. Necesito pruebas concretas, no rumores de bar.

—…

—No me importa si tenemos que remover cada piedra de esta maldita ciudad. Sigue buscándolo.

Valerie se dio cuenta de que estaba hablando con Lexe. El tono era el mismo que había usado en el vestíbulo, esa familiaridad nacida de la confianza absoluta.

—…

—Los documentos confirman lo que sospechábamos. Están moviendo ficha.

—…

—Mantenme informado. Y Lexe... ten cuidado. Si saben que estamos buscando, las cosas se pondrían... complicar.

Colgó y se quedó mirando la ciudad durante unos segundos. Valerie podía ver su reflejo en el cristal, y la expresión en su rostro era de pura determinación mezclada con algo que parecía peligrosamente cercano al odio.

—El señor Jones y su hijo llegarán en veinte minutos —dijo suavemente, más para romper el silencio tenso que se había formado que por necesidad.

Aston se giró, y por un momento pareció sorprendido de encontrarla allí, como si hubiera olvidado su presencia.

—Bien. ¿Está todo preparado?

—Sí, todo está listo.

Aston volvió a su escritorio, pero Valerie notó que sus ojos regresaban constantemente a los documentos de Blackguard Enterprises.

Había algo ahí, algo personal. La forma en que su mandíbula se tensaba, la manera en que sus dedos se crispaban ligeramente al pasar las páginas.

—¿Necesita algo más? —le preguntó.

—Una taza de café —respondió él.

—Ahora mismo se la traigo.

Valerie se levantó de la silla, se giró y salió del despacho.

Mientras preparaba el café en la cocina de la planta, no podía dejar de pensar en los fragmentos de conversación que había escuchado. Aston Cavendish estaba buscando a alguien. Y estaba relacionado con los Blackguard.

«No es asunto tuyo —se dijo para sus adentros mientras verificaba la temperatura del café—. Tienes suficientes problemas propios sin meterte en los misterios de tu jefe multimillonario.»

Pero mientras volvía a la oficina con el café, no podía sacudirse la sensación de que Aston Cavendish guardaba algo. Algo que involucraba a los Blackwood, y secretos que parecían peligrosos incluso desde la distancia.

Aston tomó el café sin mirarla. Sus ojos estaban fijos en algo de su ordenador.

—Puede retirarse —le ordenó.

Valerie asintió y salió por segunda vez de su despacho.