La debilidad del Jefe (Devils 3) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

El piso olía a nada.

Ese era el primer indicio de que Marcus había pasado otro día jugando con la videoconsola y dejando migas de Doritos en el sofá.

Valerie cerró la puerta con cuidado, dejando las llaves en el cuenco de cerámica que había hecho en una clase de alfarería cuando todavía tenía tiempo para hobbies, cuando todavía era una persona con intereses más allá de sobrevivir cada día.

Eran casi las ocho de la tarde.

Había salido de la oficina más tarde de lo planeado, rehaciendo, entre otras cosas, algunos de los documentos que había bautizado con café aquella mañana, preparando los informes trimestrales que el «Témpano de Hielo» había solicitado, y tratando de no pensar en cómo Aston Cavendish había pronunciado esas palabras con una pizca de ironía que hacía que su estómago diera vuelcos inexplicables.

—¿Marcus? —llamó mientras dejaba el bolso en la entrada y se quitaba los tacones que habían estado torturando sus pies durante las últimas doce horas.

El sonido de explosiones y disparos desde el salón le dio su respuesta.

Call of Duty.

Otra vez. Siempre.

Entró al salón para encontrar exactamente la escena que esperaba: Marcus tirado en el sofá en calzoncillos y una camiseta manchada, que probablemente llevaba puesta desde el domingo, el mando de la videoconsola en las manos, los ojos pegados a la pantalla donde su avatar disparaba a otros avatares con un entusiasmo que daba miedo.

A su alrededor, un ecosistema de basura: latas de cerveza vacías, bolsas de patatas fritas, platos con restos de... ¿eran esos los cereales del desayuno o de la cena de anoche?

—Hola —intentó de nuevo, aunque sabía que era inútil cuando estaba en modo zombi gamer .

—Ajá —gruñó Marcus sin apartar la vista de la pantalla.

Valerie respiró hondo, contando hasta diez en su cabeza. Uno... dos... tres...

—He tenido un día de locos —comenzó. Necesitaba desesperadamente hablar con alguien, con quien fuera, sobre el desastre que había sido su jornada—.

No te vas a creer lo que ha pasado. Tiré café sobre unos contratos de cincuenta millones de dólares, ¿puedes creerlo?

Cincuenta millones, Marcus. Y mi jefe, Dios, es como trabajar para un robot con la personalidad de un iceberg, y luego...

—¡Joder! —Marcus golpeó el sofá con el puño—. ¡Maldito tanque de mierda! ¡Eso es trampa!

—¿Me estás escuchando?

—Valerie, por favor. —Marcus finalmente la miró, y la expresión en su cara era de pura irritación, como si ella fuera una mosca molesta interrumpiendo su importante misión de salvar el mundo virtual—. ¿No ves que estoy ocupado?

—¿Ocupado? —La palabra salió más aguda de lo que Valerie pretendía—. ¿Ocupado jugando con la videoconsola?

—Es un torneo online. Podría ganar cien dólares.

—¡Podrías ganar más si buscaras trabajo!

El silencio que siguió fue denso. Muy denso. Marcus pausó el juego (un milagro en sí mismo) y se giró completamente hacia ella. Sus ojos marrones, que alguna vez le habían parecido cálidos, ahora parecían carbones apagados.

—¿Perdona?

—Nada, olvídalo. —Valerie se dirigió a la cocina, pero él la siguió.

—No, no, dijiste algo. Repítelo.

—Marcus, no quiero discutir. Solo quería contarte cómo había ido mi día...

—¿Tu día? —Marcus se rio, pero no había humor en el sonido—. ¿Crees que eres la única con problemas? Tengo mis propias mierdas que lidiar, Valerie. No necesito escuchar cómo tiraste el café como una idiota.

La palabra «idiota» la golpeó como una bofetada.

Se giró para mirar a Marcus, y por primera vez en mucho tiempo, realmente lo vio.

Barba de tres días, pelo grasiento, ojos inyectados en sangre por pasar doce horas frente a una pantalla...

¿Cuándo se había convertido en aquello? ¿O siempre había sido así y ella había estado demasiado ciega para verlo?

—No me llames idiota —dijo.

—¿Por qué? Es lo que eres si derramas el café sobre documentos importantes, ¿no? Dios, Valerie, ¿cómo es que aún no te han despedido?

—Fue un accidente...

—Siempre es un accidente contigo. Accidentalmente llegaste tarde el primer día, accidentalmente no compraste la leche que me gusta, accidentalmente eres un desastre andante.

Las lágrimas empezaron a picar en los ojos de Valerie, pero se negó a dejarlas caer. No le daría esa satisfacción. No. Nunca.

—Al menos yo tengo un empleo —espetó sin poder contenerse. Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.

Marcus se acercó, invadiendo su espacio personal de esa manera que sabía que la intimidaba.

—¿Qué has dicho?

—He dicho que al menos yo tengo un empleo. Llevo trabajando doce horas mientras tú has estado aquí jugando con la puta videoconsola en ropa interior.

—Estoy buscando oportunidades.

—¿En Call of Duty?

—No todas las oportunidades están en una oficina pretenciosa, Valerie. No todos podemos ser secretaritas de jefes millonarios.

A Valerie no le gustó ni un pelo el modo en que había pronunciado la palabra «secretaria».

—Asistente personal —corrigió automáticamente.

—Lo que sea —dijo Marcus en tono desdeñoso—. La cuestión es que no necesito un numerito tuyo. No necesito llegar a casa después de un día difícil...

—¿Un día difícil? —Valerie no pudo contener una risa llena de incredulidad—. Tu día difícil es estar sentado en el sofá, tratando de que no te maten en el maldito Call of Duty.

—¡Estoy jodido, ¿vale?! ¿No lo entiendes? Perdí mi trabajo, mi carrera se fue a la mierda, y mi novia solo sabe quejarse y criticarme.

—No estoy criticándote, Marcus. Solo quería hablar con alguien sobre mi día. Solo quería que mi novio me escuchara durante cinco jodidos minutos.

—Bueno, tu novio tiene sus propios problemas. Problemas reales, no como derramar café sobre un montón de papeles como una niña de cinco años.

Algo se rompió dentro de Valerie.

Tal vez fue la forma despectiva en que dijo «tu novio», como si fuera un título que le pesara.

Tal vez fue la comparación con una niña de cinco años.

O tal vez fue simplemente el cansancio acumulado de meses de aquella situación, de caminar todo el tiempo sobre huevos, de tragarse sus palabras, de hacerse pequeña para no provocar su ira.

—Deberías estar preparando la cena, en lugar de quejarte tanto —añadió Marcus.

Valerie apretó los labios.

—¿Sabes qué? Prepárate tú la cena —dijo, y su voz sonó sorprendentemente firme.

—¿Perdón?

—La cena. Prepáratela tú. Tienes dos manos, ¿no? O eso también supone demasiado esfuerzo después de tu agotador día de hacer absolutamente nada.

—No me hables así. —Los ojos de Marcus echaban chispas.

—¿Por qué no? Tú me hablas así todo el tiempo. Me llamas idiota, me dices que soy un desastre, me tratas como si fuera tu empleada doméstica. Pues adivina qué, Marcus, ya tengo un jefe que me trata como una mierda, no necesito otro en casa.

—Si tanto te molesto, ¿por qué no te vas con él?

Valerie frunció el ceño. ¿Qué cojones estaba diciendo? ¿Se le había ido la cabeza?

—¿Qué? —masculló.

—Probablemente derramaste el café porque estabas demasiado ocupada babeando por él —soltó Marcus.

—Eres increíble. —Valerie sacudió la cabeza. La incredulidad en esos momentos superaba la ira que pudiera sentir—. De verdad eres increíble. Deja de decir gilipolleces. Y deja también de proyectar problemas sobre mí, solo porque no puedes lidiar con los tuyos.

—No me psicoanalices, Valerie. No eres psicóloga. Apenas puedes mantener un trabajo de secretaria sin cagarla.

—Asistente personal.

—¡Me importa una mierda cómo se llame! La cuestión es que vienes aquí con tus problemitas de oficina cuando yo estoy lidiando con una crisis existencial.

—¿Una crisis existencial? Marcus, llevas seis meses en el paro. Seis meses. No has ido a una sola entrevista en los últimos tres. Tu crisis existencial parece girar principalmente en decidir si jugar al Fortnite o Call of Duty.

—Vete a la mierda, Valerie.

—Muy maduro por tu parte.

Marcus la fulminó con la mirada.

—¿Sabes qué? No tengo hambre. De hecho, se me ha quitado completamente el apetito —se dirigió hacia el dormitorio—. Disfruta tu cena para uno. Ah, y cuando termines de lloriquear por tu difícil día, tal vez podrías limpiar un poco. Esto está hecho un desastre.

—¡Has sido tú el que lo ha dejado así! —exclamó Valerie.

—Y tú vives aquí también, ¿no? O eso dice el contrato de alquiler —aseveró Marcus.

Pero ¿cómo podía ser tan egoísta?, se preguntó Valerie.

—¡Un alquiler que yo pago! ¡Tú no has pagado nada en tres meses!

Pero Marcus ya había entrado en el dormitorio, cerrando la puerta con tanta fuerza que los cuadros de la pared temblaron.

Uno con una fotografía que se habían hecho durante su primer aniversario, un día perfecto de risas, algodón de azúcar y besos con sabor a sal marina, se cayó y el cristal se agrietó.

Perfecto. Una metáfora clara de su relación, se dijo Valerie para sus adentros.

Valerie se quedó sola en la cocina, mirando el desastre que Marcus tenía montado. Platos sucios apilados en el fregadero, manchas de café a lo largo de la encimera, migas por todas partes como si hubiera explotado una barra de pan.

Se apoyó contra el borde de la encimera y finalmente dejó que las lágrimas cayeran.

Silenciosas al principio, luego más fuertes, hasta que tuvo que morderse los labios con fuerza para no sollozar en voz alta.

No le daría a Marcus la satisfacción de escucharla llorar.

Ya le había dado demasiado: su paciencia, su comprensión, su apoyo económico, incluso pedazos de sí misma que había ido cortando para encajar en el molde de lo que él necesitaba.

¿Cómo habían llegado a eso? ¿Cuándo el hombre que la había enamorado con su sonrisa y sus planes de conquistar el mundo se había convertido en aquel... parásito amargado que la culpaba por todo lo malo en su vida?

Recordó el principio, hacía tres años.

Marcus era diferente por aquel entonces. O eso creía ella.

Ambicioso, divertido, la hacía reír. La apoyaba en su carrera, celebraba sus logros.

Pero cuando él perdió su trabajo en la agencia de publicidad (por «diferencias creativas», le había dicho él, aunque después Valerie se enteró de que lo habían despedido por llegar borracho a una presentación importante) algo cambió.

La búsqueda de trabajo se convirtió en «me voy a tomar un tiempo para encontrarme a mí mismo», que se convirtió a su vez en días enteros en el sofá sin hacer nada, y a su vez en lo que tenían ahora, en aquella relación llena de toxicidad.

Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y miró a su alrededor.

Podría preparar algo de comer, pero la idea de cocinar en aquella cocina llena de mierda, para cenar sola mientras Marcus jugaba con la videoconsola en la habitación con los cascos puestos para no escucharla, era demasiado deprimente.

Su teléfono vibró. Era un WhatsApp de Ceci:

«¿Estás bien? Sonabas rara cuando has colgado esta mañana. Perdón por llamar en mal momento. ¿Tu jefe sexy se enfadó? Por cierto, Brad me escribió. Nos hemos reconciliado. Hombres.»

A pesar de todo, Valerie tuvo que sonreír, aunque fuera ligeramente. Ceci con sus dramas universitarios que parecían el fin del mundo, pero que se resolvían en 24 horas. Qué sencillo era todo a los dieciocho años.

Otro WhatsApp, ese de Dee, su mejor amiga.

«¿Nos tomamos unas cervezas algún día después del trabajo? Necesito todos los detalles jugosos de ese nuevo jefe diabólico sexy tuyo. NO acepto un no por respuesta.»

Y otro, sorprendentemente, de su padre:

«Hola, mi niña. Solo quería decirte que te quiero.

Sé que los días son difíciles últimamente para ti.

Recuerda que eres más fuerte de lo que crees.

Como tu madre solía decir: «después de la tormenta siempre sale el sol».

Aunque a veces la tormenta dure más de lo que nos gustaría.

Te veo el domingo para comer. No faltes. »

Las lágrimas volvieron a sus ojos, pero aquellas eran diferentes.

Su padre, que luchaba contra un cáncer de hígado con más gracia de la que ella podría reunir jamás, todavía encontraba tiempo para preocuparse por ella.

¿Qué diría si supiera cómo Marcus la trataba? Probablemente aparecería con el bate de béisbol que guardaba «para emergencias» desde que ella y Ceci eran pequeñas.

Escuchó un ruido desde la habitación. Marcus había vuelto a su juego, podía escuchar los disparos y explosiones amortiguados a través de la puerta. Como si nada hubiera pasado. Como si no acabara de destrozarla emocionalmente y luego irse a jugar como un niño malcriado.

Valerie abrió la nevera. Había ingredientes para hacer una cena decente (pollo, verduras, pasta), pero la idea de cocinar en aquel momento no le apetecía. En su lugar, sacó una botella de vino blanco barato que habían estado guardando para «una ocasión especial».

Bueno, darse cuenta de que tu relación es una mierda tal vez contaba como ocasión especial.

Se sirvió una copa generosa y se sentó en el pequeño balcón que tenía el apartamento.

Nueva York brillaba ante ella, millones de luces que representaban millones de vidas, millones de historias.

Y en algún lugar de aquella ciudad, Aston Cavendish probablemente estaba en su ático de millones de dólares, bebiendo whisky de treinta años, mientras revisaba documentos que no tenían manchas de café.

Desde el dormitorio, Valerie escuchó a Marcus gritar un improperio a su equipo online.

La realidad de su situación la golpeó como una tonelada de ladrillos. Su relación ya no funcionaba. Y no podía seguir viviendo así, encogiéndose cada día un poco más, perdiendo pedazos de sí misma.