La debilidad del Jefe (Devils 3) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Treinta minutos después, la sala de conferencias estaba llena hasta los topes. Doscientos cuarenta empleados apretujados como sardinas en lata, murmurando especulaciones sobre el nuevo jefe y la repentina convocatoria.

El aire acondicionado luchaba contra el calor colectivo de tantos cuerpos humanos comprimidos en un espacio diseñado para la mitad. El aroma a café, perfumes de todo tipo, ansiedad y resignación creaba una mezcla única que Valerie había llegado a asociar con las reuniones del señor Cavendish.

Había oído de todo en los últimos minutos: que era exmilitar (por la postura), que era de la mafia (por la intensidad con la que hablaba), que era un vampiro (de Janet, que leía demasiadas novelas paranormales).

Jeff de marketing apostaba que era un robot diseñado por la competencia para destruir la empresa desde dentro.

Emily de diseño estaba convencida de que era un príncipe europeo de incógnito, basándose únicamente en su acento ligeramente marcado cuando pronunciaba ciertas palabras.

Las teorías se volvían más extravagantes con cada minuto que pasaba.

Era una auténtica locura.

Cuando Aston entró, el murmullo cesó como si alguien hubiera presionado el mute en el mando a distancia.

No hubo transición, no fue decreciendo poco a poco. Un segundo había conversaciones animadas, al siguiente, silencio absoluto. Era el efecto Cavendish, tan predecible como impresionante.

Avanzó hasta el frente de la sala con esa gracia depredadora que hacía que pareciera que flotaba más que caminaba. Cada paso era medido, preciso, economizando movimientos.

Se detuvo, con las manos en los bolsillos de su traje impecable, y barrió la sala con esos ojos azules que parecían ver directamente a través del alma de cada persona.

Los empleados más veteranos mantenían expresiones neutrales, perfeccionadas tras años de reuniones. Los nuevos no podían disimular su nerviosismo, algunos incluso sudaban visiblemente.

Valerie, que estaba parada junto a la puerta en su papel de asistente, intentaba proyectar calma mientras su estómago hacía varias piruetas acrobáticas.

—Buenos días. —La voz de Aston no necesitaba micrófono. Tenía esa cualidad que hacía que cada palabra llegara a cada rincón de la sala con la claridad de un cristal de Bohemia—. Soy Aston Cavendish. Desde hoy, soy vuestro jefe. Para algunos de ustedes lo seguiré siendo mañana, para otros no.

Un escalofrío colectivo recorrió la sala como una ola.

Valerie vio a Tom de marketing aflojarse la corbata, nervioso.

Tom, que siempre alardeaba de su capacidad para manejar clientes difíciles y situaciones de estrés, ahora parecía a punto de desmayarse.

A su lado, Laila de investigación y desarrollo apretaba su tablet contra su pecho como si fuera un escudo, como si pudiera protegerla del tsunami Cavendish que se avecinaba.

—No me gusta la gente que no hace su trabajo —continuó Aston. Sus ojos escanearon la multitud como un francotirador eligiendo objetivos. Cada vez que su mirada se detenía en alguien, esa persona parecía encogerse sobre sí misma—. No me gusta la mediocridad. Y por supuesto, no me gustan las excusas.

Hizo una pausa, dejando que sus palabras se asentaran como ácido sobre una superficie de metal.

El silencio era tan denso que Valerie podía escuchar el zumbido del aire acondicionado, el suave clic de un bolígrafo que alguien manipulaba impaciente, incluso la respiración contenida de las personas más cercanas a ella.

—En las próximas dos semanas, evaluaré a cada departamento, a cada empleado, y cada centavo que esta empresa gasta.

—Su tono era clínico, como si estuviera discutiendo una operación quirúrgica en lugar de las vidas y sustento de las personas que había frente a él—.

Los que demuestren ser empleados valiosos, se quedarán.

Tendrán estabilidad, buen sueldo, incentivos, y la oportunidad de ser parte de algo excepcional.

Los que no... —se encogió de hombros con elegante indiferencia—… bueno, el paro existe por una razón.

Joder.

Julie de Recursos Humanos parecía a punto de sufrir un ictus. Con veintidós años en la empresa, había sobrevivido a tres crisis graves, dos recesiones económicas y un escándalo menor, pero incluso ella parecía reconocer que la era Cavendish era algo completamente diferente.

Valerie no la culpaba.

La forma en que Aston hablaba de despidos hacía que sonaran como una selección natural inevitable, como si estar desempleado fuera simplemente el destino biológico de los menos aptos en aquel ecosistema empresarial.

—No me gustan las reuniones innecesarias —continuó, ajustando ligeramente el puño de su camisa.

Un movimiento que parecía un tic nervioso y que Valerie jamás habría esperado ver en él—.

No me gusta los dramas de oficina. No me gustan los chismes.

—Sus ojos encontraron los de Valerie durante un segundo y ella quiso que la Tierra la tragara, preferiblemente hasta el núcleo—. Y no me gusta perder el tiempo.

Se movió hacia la ventana, dándoles parcialmente la espalda.

La luz matutina creaba un contorno alrededor de su silueta, casi como un aura, realzando su posición como algo más que un simple ejecutivo.

Era teatral y efectivo, y Valerie se preguntó si había tomado clases de oratoria o si simplemente había nacido sabiendo cómo intimidar a salas llenas de adultos profesionales.

—Lo que sí me gusta es la eficiencia. La innovación.

La gente que puede pensar fuera de la caja sin necesidad de que les digan dónde está la caja.

—Su voz adoptó un tono casi apasionado, lo más cercano a la emoción que Valerie le había escuchado expresar—.

Me gusta el café negro con media cucharada de azúcar…

—Lanzó otra mirada a Valerie. Aquella vez con algo que podría haber sido humor si viniera de un ser humano normal—…

y me gusta que las cosas se hagan bien a la primera.

Se giró de nuevo hacia ellos, y por primera vez, algo parecido a una sonrisa tocó sus labios.

Pero no era un gesto reconfortante.

Era la sonrisa de un tiburón que había olido sangre, el tipo de expresión que hace que los animales pequeños corran a esconderse y que los depredadores de menor tamaño reconozcan la jerarquía. Aston Cavendish estaba arriba. Del todo.

Valerie vio a varios empleados tragar saliva.

—Sé que el cambio es difícil. Sé que el señor Goldstein dirigía esto como una familia.

—El señor Goldstein era un hombre amable que recordaba los cumpleaños y preguntaba por los hijos de sus empleados—.

Pero las familias son emocionales, caóticas, ineficientes.

Yo dirijo esto como un negocio. Un negocio muy, muy lucrativo si hacen su trabajo correctamente.

Caminó hacia la puerta, pasando tan cerca de Valerie que pudo oler su perfume nuevamente.

Una experiencia sensorial que envió involuntariamente una descarga eléctrica por su columna vertebral.

Se detuvo antes de salir, girándose para ofrecer sus palabras finales como un general a sus tropas antes de la batalla.

—Ah, y una cosa más. Si alguno tiene una emergencia personal… —Sus ojos encontraron los de Valerie otra vez, azules e implacables—… os sugiero que la manejéis en vuestro tiempo personal. El drama es para las telenovelas, no para mi empresa. Buenos días.

Y con esa extraña despedida, salió, dejando atrás una sala llena de empleados que parecían haber visto su futuro y no les había gustado nada.

El silencio persistió durante varios segundos después de su partida, como si nadie se atreviera a ser el primero en romper el momento.

—Estamos muertos —murmuró finalmente Tom. Su voz apenas era audible.

—Todos vamos a ser despedidos —gimió Julie.

Su rostro se veía pálido en contraste con su blusa roja.

—¿Alguien más ha sentido que la temperatura ha bajado en la sala como veinte grados? —preguntó Janet, frotándose los brazos como si realmente tuviera frío—. Os dije que era un vampiro. ¿Habéis notado que no hay espejos en su despacho?

—Eso es porque es minimalista, Janet, no porque no tenga reflejo. Además, hay muchos despachos que no tienen espejos en su decoración. De hecho, casi todos —respondió Jeff con exasperación, aunque parecía menos convencido que antes.

Valerie no dijo nada. Estaba demasiado ocupada actualizando mentalmente su currículum y preguntándose si Costa Rica necesitaría asistentes personales que eran muy buenas tirando café sobre documentos importantes.

Tal vez podría especializarse en destrucción creativa de archivos.

«¿Necesita eliminar documentos comprometedores? Contrate a Valerie Scott. Garantiza una destrucción “accidental” perfecta con líquidos variados».

Lanzó un suspiro.

Su teléfono vibró. Era un email de Aston:

«Señorita Scott, necesito esos documentos reimpresos en mi escritorio en una hora. Y tráigame otro café. Negro con media cucharada de azúcar. Sin tirarlo esta vez. Aston Cavendish.»

Y luego, un segundo después, recibió otro email:

«Post Data: El témpano de hielo necesita también los informes de gastos trimestrales.»

Valerie miró el email, parpadeó, lo volvió a leer. ¿Eso era... humor? ¿Aston Cavendish había hecho una broma? ¿O era su forma sádica de recordarle su humillación?

Las palabras parecían flotar en la pantalla, desafiando su comprensión del universo y las leyes naturales que lo regían.

Mientras los empleados comenzaban a dispersarse, muchos con expresiones de funeral, Valerie se quedó mirando su teléfono, tratando de descifrar si acababa de presenciar un unicornio (metafóricamente hablando). Porque el humor de Aston Cavendish era una especie de unicornio.

Quizás había un ser humano bajo esa fachada de ejecutivo despiadado. O quizás era solo otro nivel de juego psicológico, diseñado para mantenerla desequilibrada y constantemente alerta.

No importaba.

Tenía tareas que hacer, un trabajo que mantener, y un jefe que impresionar. O al menos, un jefe al que no podía volver a decepcionar. El futuro de su carrera, su piso y los innumerables pagos y facturas a los que tenía que hacer frente dependían de ello.

«Día dos —pensó mientras corría hacia la impresora, esquivando empleados traumatizados como si fuera una corredora de obstáculos profesional—. Solo quedan... ¿cuántos días hasta la jubilación? ¿Unos 14.000? Puedo hacerlo. Claro que puedo. Si sobrevivo a hoy, puedo sobrevivir a cualquier cosa.»

Su teléfono sonó. Ceci otra vez.

Valerie puso los ojos en blanco y dejó escapar un resoplido.

Lo silenció sin mirar, para que la llamada fuera directamente al buzón de voz, donde su hermana podría dejar su drama para un posterior análisis.

Las crisis románticas de Ceci tendrían que esperar. Valerie tenía su propia crisis que manejar. Una que involucraba café, contratos millonarios, y un jefe que podría ser un robot, el diablo, o un vampiro. Se admitían apuestas.

«Pero primero, necesito sobrevivir a hoy.»

Y con esa determinación, se sumergió en la tarea de reparar el desastre que había hecho.