La debilidad del Jefe (Devils 3) CAPÍTULO 2 #3
4%

CAPÍTULO 2 #3

Valerie pensó seriamente arrojar el móvil por la ventana, pero dada su suerte, probablemente golpearía a algún ejecutivo importante en la cabeza y no lo quería añadir a su lista de desastres del día, que ya eran bastantes. En lugar de eso, contestó rápidamente, solo para evitar más interrupciones.

—Ceci, no puedo hablar ahora, estoy trabajando —susurró, desesperada, girándose ligeramente para crear la ilusión de privacidad en un despacho donde cada centímetro parecía estar bajo la atenta vigilancia de Aston Cavendish.

—¡Val! ¡Mi vida se está desmoronando! —La voz de Ceci explotó desde el otro lado de la línea. Joder, Aston la tenía que estar escuchando—. Brad dijo que soy demasiado dramática, ¿puedes creerlo? ¡Yo! ¡Dramática! Solo porque lloré cuando mató a mi personaje en los Sims...

—Ceci, en serio, mi jefe está aquí mismo... —Valerie intentó bajar el volumen con el botón lateral del móvil, pero en su nerviosismo logró subirlo en su lugar, amplificando la crisis existencial de su hermana a niveles que probablemente se escuchaban en el piso de abajo.

—¿Tu jefe? ¿El nuevo? ¿El que dijiste que parece un modelo de revista, pero con el carisma de un témpano de hielo? —Valerie sintió que la sangre abandonaba su rostro tan rápidamente que temió desmayarse—. ¿Está tan bueno como dijiste?

Valerie colgó con la velocidad de alguien desactivando una bomba, casi dejando caer el teléfono en el proceso.

«Mierda, mierda, mierda.»

Sus dedos temblaban como si hubiera consumido diez tazas de café.

Levantó la vista para encontrar a Aston mirándola con una expresión que era parte diversión, parte irritación, y parte algo más que no podía descifrar, pero que le hacía tener ganas de morirse.

Era como observar a un gato que ha encontrado un ratón con el que entretenerse y está decidiendo si jugar con él un poco más antes de la inevitable conclusión.

—¿Modelo de revista con carisma de témpano de hielo? —repitió lentamente, saboreando cada palabra como un sumiller degustando un vino particularmente interesante.

Sus ojos azules brillaban con algo que podría haber sido humor si Valerie creyera que Aston Cavendish tenía humor, pero no lo tenía.

«Mierda. Mierda. Mierda», repitió, desesperada.

—Yo no... es decir, ella malinterpretó... Está sacado de contexto...

Valerie intentó encontrar una explicación que no sonara como la patética excusa que era.

¿Cómo explicar que «modelo de revista con carisma de témpano de hielo» había sido, de hecho, uno de los cumplidos más suaves en la descripción que le había dado a su hermana?

Al menos había omitido «dictador con complejo de Napoleón, pero más alto y mejor vestido» y «probablemente duerme en un ataúd forrado de seda».

—Reúna al personal en la sala de conferencias en treinta minutos —la interrumpió Aston, volviendo su atención a su ordenador, como si ella solo fuera algo molesto que había cumplido su propósito y ya podía ser ignorado—. Y señorita Scott...

—¿Sí? —Su voz sonó como un chirrido, algo entre un ratón asustado y una puerta oxidada.

—Intente no derramar nada sobre ellos. No todos son reemplazables como los documentos.

La frase flotó en el aire, ambigua. ¿Era una amenaza? ¿Una broma? ¿Una orden? Con Aston Cavendish nunca se sabía.

Valerie salió de la oficina con la poca dignidad que le quedaba, cerrando la puerta suavemente detrás de ella antes de apoyarse contra la pared, y contemplar seriamente la posibilidad de fingir su propia muerte y empezar una nueva vida vendiendo pulseras en una playa de Costa Rica.

Podría tejer nombres con hilos coloridos, vivir en una cabaña pequeña pero encantadora, despertar con el sonido de las olas en lugar del pitido despiadado de su alarma recordándole otra jornada bajo las órdenes de Aston Cavendish.

—¿Un mal día?

Janet de contabilidad apareció a su lado. Su pelo perfectamente peinado contrastaba con el propio aspecto de Valerie, que sospechaba que debía ser parecido a la de una superviviente de un tornado.

—Janet, si me quieres, aunque sea un poquito, mátame ahora. —Valerie se masajeó las sienes, sintiendo el inicio de una migraña monumental.

—¿Tan mal te ha ido?

—Tiré el café sobre los contratos de una adquisición de cincuenta millones de dólares y mi hermana acaba de decir en voz alta por teléfono que lo llamo témpano de hielo. —Resumió su tragedia en unas pocas frases que ni siquiera capturaban la profundidad de su humillación.

Janet silbó por lo bajo. Un sonido que combinaba admiración por la magnitud del desastre y simpatía… o compasión. Después de veinte años en la empresa, Janet había visto caer a muchos, pero incluso para sus estándares, aquello era espectacular.

—Bueno, mira el lado positivo. No puede empeorar. —Ofreció el consejo con la mejor intención, palmeando el hombro de Valerie como quien consuela a un condenado camino al patíbulo.

«Oh, Janet —pensó Valerie en silencio mientras empezaba a enviar emails convocando la reunión y sus dedos volaban sobre el teclado—. No tientes al destino. Él siempre acepta el desafío, especialmente cuando se trata de arruinar mi vida.»