La debilidad del Jefe (Devils 3) CAPÍTULO 2 #2
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CAPÍTULO 2 #2

La puerta estaba entreabierta, y podía verlo de pie frente al ventanal, hablando por teléfono en lo que sonaba como... ¿francés? Por supuesto que hablaba francés. Probablemente también hablaba mandarín, suajili y el lenguaje antiguo de los empresarios despiadados y seres oscuros.

Valerie había agregado «políglota pretencioso» a su lista mental de «Cosas Irritantemente Perfectas Sobre Aston Cavendish», una lista que crecía por horas y que incluía entradas como «nunca tiene una arruga en la camisa» y «probablemente no suda como los seres humanos normales».

—... les chiffres ne mentent pas. Cette acquisition est exactement ce dont j'ai besoin... —Su voz sonaba diferente en francés, más suave pero igualmente autoritaria, como si incluso los idiomas extranjeros se sometieran a su voluntad.

Valerie empujó la puerta con el codo, tratando de hacer malabares con su carga, mientras maniobraba en el territorio hostil del despacho del señor Cavendish.

Era un espacio minimalista pero lujoso, dominado por un escritorio de madera oscura que parecía pesar lo mismo que un camión.

Las paredes estaban decoradas con arte abstracto (cuadros de él no del señor Goldstein), y los ventanales ofrecían una vista panorámica de la ciudad que parecía gritar «observo mi reino desde las alturas».

—Señor Cavendish, tengo los documentos que...

Sucedió en cámara lenta, como esas escenas de las películas donde sabes que algo terrible va a pasar, pero no puedes evitarlo.

Su tacón se enganchó vete a saber tú dónde, y su cuerpo se inclinó hacia adelante en una trayectoria que desafiaba todas las leyes de la física para maximizar la catástrofe. Las carpetas salieron volando como un proyectil. Y el café...

Oh, Dios, el café.

El líquido negro formó un arco perfecto en el aire, una parábola digna de un estudio matemático, antes de aterrizar, con precisión diabólica, justo sobre los documentos que Aston Cavendish había estado revisando en su escritorio.

Documentos que, a juzgar por los sellos y firmas, parecían ser contratos millonarios, o códigos nucleares. ¿Quién lo sabía?

El café a la temperatura ideal y preparado con tanto esmero, en aquel momento creaba un paisaje negro sobre los papeles, difuminando la tinta y destruyendo horas de trabajo.

«¡Me cago en la puta!», gritó Valerie para sus adentros.

El silencio que siguió fue ensordecedor.

Aston continuaba con el teléfono en la oreja, pero había dejado de hablar. Sus ojos (esos malditos ojos azules) miraban fijamente el desastre negruzco que se extendía sobre su escritorio como una mancha de Rorschach diseñada específicamente para arruinar la vida de Valerie.

No parpadeó.

No se movió.

Era como observar a un depredador decidiendo qué parte de su presa devorar primero.

—Je te rappellerai —dijo al teléfono, antes de colgar con la calma de alguien que está decidiendo si el asesinato vale la pena el papeleo. O las bolsas de basura donde meter el cadáver.

Valerie se quedó congelada, las carpetas esparcidas a sus pies como testigos de su torpeza, su tablet milagrosamente intacta en su mano como el único superviviente de un desastre aéreo, y su dignidad en algún lugar del sótano del edificio, probablemente escondida junto con sus esperanzas de una carrera exitosa en la empresa y la posibilidad de pagar su préstamo estudiantil algún día.

—Yo... oh, Dios... lo siento muchísimo... déjeme... —Las palabras salían atropelladamente de su boca, mezclándose con el pánico que ascendía por su garganta como ácido.

Se apresuró hacia el escritorio, sacando pañuelos de su bolsillo, o de donde fuera, tratando desesperadamente de salvar algo de aquel naufragio.

Sus movimientos eran frenéticos, torpes. El pánico estaba haciendo que sus dedos normalmente ágiles parecieran que no eran suyos.

El café se había extendido sobre lo que podía ver que era un contrato de adquisición por... ¿cincuenta millones de dólares? Las cifras bailaban frente a sus ojos, manchadas, pero aún legibles, como un testigo acusador de su incompetencia.

«Genial, Valerie. Has derramado un café de tres dólares sobre cincuenta millones. Eso debe ser algún tipo de récord. Quizás pueda incluirlo en mi currículum cuando esté buscando trabajo después de que Aston Cavendish me eche a la puta calle. Seguro que los de Recursos Humanos se pelearán por mí.»

—¿Siempre es usted así de... eficiente? —La voz de Aston destilaba un sarcasmo tan afilado que podría cortar diamantes. Cada sílaba parecía diseñada para perforar lo poco que le quedaba a Valerie de autoestima profesional.

—Normalmente no... es decir, nunca... Esto es…

No sé con qué me he enganchado el tacón —balbuceó mientras trataba de secar los papeles, aunque solo estaba logrando extender más la mancha, transformando lo que era un pequeño desastre en un apocalipsis—.

Puedo reimprimir todo, tengo copias digitales, solo necesito...

—Señorita Scott.

Esas dos palabras, pronunciadas con la cadencia precisa de un juez dictando sentencia, la paralizaron de golpe. Era asombroso cómo Aston Cavendish podía infundir tanto poder en un simple nombre.

—¿Sí? —Se detuvo.

Un documento empapado goteaba café entre sus manos.

—Está empeorando las cosas —dijo Aston.

Tenía razón.

En ese momento los documentos parecían un proyecto de arte abstracto de un niño… o de un mono.

Lo que había comenzado como manchas definidas ahora era un desastre fangoso donde palabras como «adquisición», «vinculante» y «penalización por incumplimiento» se ahogaban en un mar negro.

Dejó caer los papeles empapados y dio un paso atrás, mientras se mordía el labio de abajo. Sus mejillas ardían con suficiente calor para hacer café sin necesidad de cafetera.

Dios, quería morirse de la vergüenza.

—Lo arreglaré —prometió con la desesperación de alguien negociando por su vida—. Deme... deme una hora y tendré todo reimpreso, reorganizado y...

Su teléfono empezó a sonar con la melodía que había asignado específicamente a su hermana.

No, no, no, no.

El universo no podía ser tan cruel.

No podía ser tan hijo de puta. Excepto que sí podía, y lo estaba demostrando con un entusiasmo particular ese día.

La foto de su hermana Ceci apareció en la pantalla.

Ceci, la reina del drama, la emperatriz de las crisis perpetuas, llamando en el peor momento posible. ¿Es que no sabía que estaba trabajando?

Sacó el teléfono del bolsillo de su chaqueta.

—Lo siento, solo... —dijo, dirigiéndose a Aston, y rechazando la llamada rápidamente.

Sus dedos resbalaron sobre la pantalla por el nerviosismo, pero el teléfono volvió a sonar de inmediato, como si Ceci pudiera sentir que aquel era el momento más inoportuno y, por lo tanto, el más perfecto para una emergencia fraternal.

Aston arqueó una ceja. Un gesto que de alguna manera comunicaba más desdén que otra cosa. Era un movimiento pequeño, pero devastadoramente efectivo, como todo lo que hacía.

Valerie había observado que podía transmitir todo un espectro de emociones negativas (desde una ligera molestia hasta un desprecio total) con variaciones minúsculas en el ángulo de sus cejas.

Valerie silenció el teléfono, pero los WhatsApp empezaron a llegar como los disparos de una ametralladora. La vibración constante creaba un zumbido acusador en su bolsillo:

«VAL, EMERGENCIA»

«brAD ME HA DEJADO»

«O LO HE DEJADO YO»

«NO ESTOY SEGURA»

«PERO LLORÉ Y ME HE COMIDO UN KILO DE HELADO»

«NECESITO HABLAR CONTIGO AHORA»

«¿ESTÁS IGNORÁNDOME?»

«VALERIE SCOTT, CONTÉSTAME, POR FAVOR»

Cada vibración era como un pequeño martillo golpeando el clavo de su ataúd profesional. Porque eso era exactamente lo que estaba haciendo, su ataúd.

Podía sentir los ojos de Aston sobre ella, calculando exactamente cuánto tiempo tardaría en recoger sus pertenencias y abandonar el edificio.

—¿Necesita atenderlo? —preguntó Aston con un tono que sugería que la respuesta correcta era «no, preferiría morir».

Su voz tenía ese timbre específico que utilizaba cuando hacía preguntas que no eran realmente preguntas, sino pruebas de lealtad.

—No, es solo mi hermana, tiene una crisis, pero...

El teléfono empezó a vibrar de nuevo, y el zumbido se hizo audible en el silencio sepulcral de la oficina.