CAPÍTULO 2
Joder, madrugar debería estar prohibido.
Pero después del fiasco del día anterior, había decidido que la puntualidad sería su nueva religión y Aston Cavendish no tendría ninguna razón para mirarla con esos ojos verdes otra vez como si quisiera convertirla en cenizas.
El edificio de Goldstein era una sinfonía de autoridad y urgencia. Un clac-clac-clac con el ritmo exacto de un Rolex.
Aston Cavendish no caminaba como los mortales normales. Sus pasos tenían un ritmo particular, medido, como si cada uno estuviera calculado para intimidar. Valerie a veces se preguntaba si practicaba en casa frente a un espejo, para infundir impaciencia y terror en sus empleados.
Y, cuando los escuchaba, su cuerpo reaccionaba automáticamente: la postura más erguida, la respiración controlada, y una expresión neutra en el rostro cuidadosamente ensayada (una sonrisa lo suficiente para parecer cordial, pero no tanto como para parecer demasiado amistosa).
Valerie corrió a su escritorio, fingiendo estar absorta en su ordenador cuando él pasó.
Llevaba otro traje impecable, ese gris carbón, con una corbata de seda de color plata que capturaba la luz de manera hipnótica.
El conjunto hacía que sus ojos azules parecieran aún más intensos, si es que eso era posible.
Pero es que no eran simplemente azules; eran como hielo, penetrantes y fríos, capaces de congelar a un empleado a diez pasos de distancia.
Su perfume, algo caro con notas de sándalo y peligro, dejó una estela que hizo que su estómago diera ese vuelco molesto que definitivamente no tenía nada que ver con atracción.
Era solo... una apreciación. Sin más. Como cuando ves un cuadro muy caro en un museo y piensas «qué bonito, pero jamás podría permitírmelo y probablemente me arrestarían si lo tocara».
Porque Aston Cavendish era exactamente eso: una obra de arte prohibida, enmarcada en autoridad y poder, con una etiqueta invisible que gritaba «Peligro: no se acerque demasiado».
Y Valerie no se iba a acercar, por supuesto.
Aston Cavendish era condenadamente atractivo, algo que Valerie reconocía objetivamente, mientras lo odiaba subjetivamente con cada fibra de su ser.
Su rostro parecía esculpido por algún artista renacentista con un fetiche por los pómulos afilados y las mandíbulas cinceladas.
Su pelo negro y ligeramente ondulado, siempre estaba perfectamente peinado con ese estilo despreocupado pero elegante que pocos eran capaces de llevar. Solo hombres como él.
—Buenos días, señor Cavendish —dijo con su mejor voz de profesional competente, una octava más grave de lo normal para proyectar confianza. Otro truco que había aprendido de un artículo que había leído en la revista Cosmopolitan y que se titulaba «Cómo sobrevivir a un jefe tiránico».
Él se detuvo, la miró como si estuviera sorprendido de encontrarla allí tan temprano, y por un microsegundo, algo que podría haber sido aprobación cruzó su rostro.
Fue tan breve, que cualquier persona menos observadora no lo habría detectado, pero Valerie había desarrollado un sexto sentido para ello. Algo necesario para la supervivencia en la oficina, como los primeros humanos que poblaron la Tierra aprendiendo a detectar depredadores en la selva.
Porque con Aston Cavendish allí, aquello parecía una selva.
—Señorita Scott —asintió Aston con un ligero movimiento de cabeza—. Necesito los archivos financieros de los últimos cinco años, los contratos con los proveedores principales, y una lista detallada de todos los empleados.
Valerie afirmó en silencio, resistiendo el impulso de preguntar para qué necesitaba toda esa información.
Pero Aston Cavendish no parecía valorar las preguntas que consideraba innecesarias, una categoría que abarcaba aproximadamente el 99% de todas las preguntas posibles, y además te exponías a que te lanzara una de sus miradas laxantes, de esas que hacía que te cagaras viva.
—Por supuesto. ¿Para cuándo los necesita? —preguntó, sabiendo la respuesta, pero esperando contra toda esperanza una fecha razonable.
—Para ayer —respondió él sin una pizca de ironía, entrando a su despacho con esa fluidez felina que hacía que pareciera que el aire mismo se apartaba para dejarlo pasar.
«Genial. El humor no es su fuerte», pensó Valerie mientras empezaba a reunir la documentación. Era como pedir un milagro.
La oficina comenzó a llenarse gradualmente a medida que se acercaban las 9:00.
El nivel de ansiedad subía proporcionalmente con cada nuevo empleado que llegaba, todos con esa mirada en sus ojos de «¿qué cojones pasará hoy?» «¿seré despedido?».
La era Cavendish había transformado lo que una vez fue una empresa relajada y familiar en algo parecido a un campo de entrenamiento militar donde sobrevivir sin una bronca era considerado una victoria.
Valerie pasó las siguientes dos horas corriendo entre archivadores, impresoras y su ordenador, creando pilas organizadas de información que Aston probablemente devoraría como un tiburón.
Tuvo que negociar con el Departamento Legal para obtener acceso a los contratos confidenciales.
«Es para el señor Cavendish» resultó ser la frase mágica que abría todas las puertas. De inmediato.
Tuvo que sobornar a Harvey con el último donut de la cocina de la planta para que la ayudara a encontrar los registros más antiguos en el archivo, y prometer a Madison de Recursos Humanos que nunca, jamás, revelaría que las evaluaciones para medir el rendimiento de los empleados a las que se sometían una vez al año, habían estado desordenadas todo el tiempo.
«Ese demonio de Cavendish me despellejaría viva, Val, literalmente», le dijo Madison. Y Valerie lo creía por completo.
A las 10:30, tenía todo listo.
Carpetas perfectamente etiquetadas, post-its codificados por colores (amarillo para urgente, verde para revisar, rosa para...
bueno, rosa porque era bonito y necesitaba al menos un toque personal en aquella pesadilla en la que se había convertido su trabajo), y su obra maestra: un café negro con media cucharadita de azúcar a exactamente la temperatura ideal.
El termómetro digital había sido su guía, su gurú y su salvador. La idea del siglo.
Equilibró todo precariamente, las carpetas debajo de un brazo, el café en una mano, su tablet en la otra, y se dirigió a la oficina de Aston.