La debilidad del Jefe (Devils 3)
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CAPÍTULO 1
La bocina del Honda Civic de Valerie sonaba como el grito desesperado de un animal moribundo mientras zigzagueaba entre el tráfico matutino de Manhattan.
—¡Muévete, por el amor de Dios! —gritó al taxista que iba a veinte por hora en el carril rápido, aparentemente contemplando el sentido de la vida en lugar de conducir—. ¡Algunos tenemos que ir a trabajar!
Trece minutos para llegar, aparcar, subir setenta pisos y fingir que llevaba allí desde las ocho y media como una empleada modelo y ejemplar.
El nuevo jefe llegaba hoy.
El misterioso comprador que había adquirido Goldstein & Associates por una suma que, según los rumores que corrían por la oficina, tenía más ceros que neuronas en la cabeza la mayoría de los que estaban circulando por Manhattan aquella mañana.
—Muévete… joder. —Tocó la bocina con insistencia.
Se suponía que la voz femenina de la aplicación de meditación que sonaba desde el altavoz era calmante. Pero en aquel momento se sentía de cualquier manera menos Zen.
Finalmente, el tráfico se despejó y aceleró moderadamente en dirección al trabajo.
Se desvió a toda velocidad por el carril de la derecha, y giró rápidamente.
El garaje del edificio de Goldstein & Associates apareció como un oasis en el desierto.
Bajó la ventanilla y pasó la tarjeta que la acreditaba como empleada. La barrera se alzó unos pocos segundos después, dejándola pasar.
Valerie derrapó en la plaza de aparcamiento reservada para ella, uno de los pocos privilegios de ser la asistente personal del CEO, y se detuvo ante la barrera de seguridad.
No importaba cuántas veces estuviera allí, aquel edificio en el centro de la ciudad la intimidaba y la asombraba al mismo tiempo.
Su teléfono empezó a sonar con ese tono especial que había elegido para él, para Marcus. La marcha imperial de Star Wars. Porque, si iba a tener un novio que actuaba como Darth Vader, al menos que la banda sonora fuera apropiada.
Conectó el manos libres mientras sorteaba la columna del parking.
—¿Sí? —respondió.
—¿Dónde coño has dejado mi pantalón de correr? —La voz de Marcus sonaba como si ella personalmente hubiera cometido un crimen contra la humanidad al no organizar su cajón de ropa deportiva. ¿Es que no lo podía hacer él?
—Buenos días para ti también, cariño —murmuró Valerie, maniobrando para meter el coche en el pequeño espacio—. ¿Has probado en el cajón de siempre?
—No me tomes por idiota, Valerie. Ya he mirado ahí.
«Entonces probablemente estén ahí», pensó Valerie, pero había aprendido que contradecir a Marcus cuando estaba de ese humor era contraproducente.
—Lo buscaré cuando llegue a casa.
—Ya, genial —soltó Marcus sin entusiasmo—. Por cierto, necesito que pases por el supermercado. Cómprame esas barritas energéticas, las de proteína con chocolate. Y no me traigas las baratas que saben a cartón.
—Marcus, voy a llegar tarde al trabajo...
—¿Y? No es mi problema que no sepas gestionar tu tiempo. Además, no es que tu trabajito sea para salvar vidas. Eres una simple secretaria, Valerie, no una neurocirujana.
«Asistente personal», quiso corregirle ella, pero se mordió la lengua. Literalmente. Tan fuerte que sintió el sabor metálico de la sangre en la boca.
—Marcus, no creo que pueda. Hoy se incorpora el nuevo jefe y lo más probable es que llegue tarde a cas...
—Siempre estás ocupada. Solo hazlo, ¿vale? No puedo dejar de comer mis barritas energéticas. Te quiero, adiós.
Y colgó.
—Te quiero —murmuró Valerie a la nada.
Marcus soñaba con triunfar como publicista, pero su sueño se estaba retrasando. Estaba en el paro desde hacía unos meses y eso lo tenía frustrado, y con un humor de perros.
Valerie estaba agradecida de tener un trabajo que pagaba bien, especialmente con el desastre financiero en el que estaba sumido su familia. Tenía que cubrir parte del tratamiento médico de su padre y ayudar a pagar una parte de la universidad de su hermana.
La vida apenas comenzaba a ponerse en su sitio, aunque fuera lentamente. Debería estar agradecida por todo. Bueno, por casi todo.
Echó el freno de mano y prácticamente voló fuera del coche. Su bolso golpeó contra su cadera mientras corría, y por supuesto, porque el universo tenía un sentido del humor sádico, provocando que las llaves se le cayeron al suelo.
—Mierda, mierda, mierda —dijo. Las recogió rápidamente, las metió en el bolso y corrió hacia el ascensor.
George, el guardia de seguridad que llevaba allí desde que el edificio era joven (es decir, desde los años 80), la miró con esa mezcla de compasión y diversión que reservaba para los empleados que llegaban perpetuamente tarde.
—Llegas un poco tarde hoy, ¿eh, Val?
—George, mi salvador, mi ángel guardián —jadeó Valerie presionando frenéticamente el botón del ascensor—. Por favor, dime que el nuevo jefe es de esos que llegan tarde a su primer día. Ya sabes, para establecer autoridad… o algo así.
George negó con la cabeza. Su bigote blanco tembló con lo que parecía ser lástima.
—Llegó hace veinte minutos. Traje de tres piezas, cara de póquer, y un coche que cuesta más que mi casa. Subió directo al que ya es su despacho.
—Fantástico. Maravilloso —dijo Valerie—. Mi primer día con el nuevo jefe y llego tarde. ¿Qué puede salir mal?
—Tranquila. —George se encogió de hombros—, seguro que no es tan malo como dicen.
Valerie enarcó una ceja.
—¿Tú crees? —preguntó con ingenuidad y una nota de esperanza en la voz.
George hizo una mueca con la boca.
—La verdad es que no parece que sea la persona más amable del mundo —respondió con sinceridad.
Valerie lo miró horrorizada.
—Genial —masculló.
El ascensor finalmente llegó y Valerie se lanzó dentro como si su vida dependiera de ello. Mientras subía, intentó arreglarse en el espejo que había en una de las paredes.
Su cabello castaño estaba... bueno, parecía que había metido los dedos en un enchufe, pero eso era normal (en ella) por las mañanas. La electricidad estática era muy puñetera y hacia estragos en su melena.
Su blusa blanca estaba relativamente sin arrugas (milagro), y su falda lápiz negra no tenía manchas de café visibles (doble milagro).
Consultó su reloj de pulsera.
Eran las 8:58.
Las puertas se abrieron en el piso 70 y la atmósfera la golpeó como un puñetazo. Había algo era diferente.
El murmullo habitual se había convertido en susurros silenciosos y compañeros de trabajo escabulléndose.
Valerie prácticamente hizo un sprint hacia el despacho de su nuevo jefe, saludando a las pocas personas que miraron en su dirección y que después regresaron a sus ordenadores.
Su corazón se hundió en el pecho.
Había oído rumores sobre el nuevo dueño de la empresa (rumores que habían estado circulando desde la adquisición), pero la idea de que él estuviera ya allí, sin saber muy bien la razón, le provocó una sacudida de ansiedad.
La energía nerviosa de sus compañeros la estaba afectando. Lo último que necesitaba era darle una mala impresión a su nuevo jefe.
A medida que se acercaba, podía escuchar voces desde el pasillo.
La voz cálida y familiar del señor Goldstein y otra voz...
profunda, grave, controlada, en un tono que sugería que su dueño nunca había tenido que correr (como ella) para llegar a tiempo a ningún lado, porque el tiempo se ajustaba a él, y no al revés.
Respiró hondo, se alisó la falda una vez más, y entró con su mejor sonrisa de «soy una profesional competente y definitivamente no acabo casi de atropellar a tres peatones para llegar aquí».
—Ah, Valerie, justo a tiempo. —El señor Goldstein, con sus setenta años y su perpetua expresión de abuelo benevolente, le sonrió—. Quiero presentarte a Aston Cavendish, el nuevo propietario de la empresa.
Y entonces Valerie cometió el error de mirarlo directamente a los ojos.
«Joder».
Era como si alguien hubiera cogido todas las fantasías prohibidas de cada mujer en un radio de cinco kilómetros a la redonda y las hubiera moldeado en forma humana, y las hubiera hecho hombre.
Metro ochenta y cinco de pura presencia intimidante envuelta en un traje que probablemente costaba más que su Honda Civic.
Pelo negro como el ala de un cuervo, peinado hacia atrás con esa perfección despeinada que sugería que se había levantado así de perfecto.
Mandíbula cincelada por los mismos ángeles. Y los ojos...
Oh, Dios, los ojos.
Azules como el hielo en un glaciar. Fríos, calculadores, observándola con la intensidad de un depredador evaluando si la presa valía la pena el esfuerzo o no.
Valerie no prestaba mucha atención a los cotilleos ni a las noticias sobre celebridades, pero su reputación lo precedía.
Un hombre de negocios despiadado en la industria tecnológica con un pasado que poca gente conocía.
Rico y uno de los solteros más codiciados de Nueva York con tendencia a robar corazones y famoso por romperlos.
Incluso sin decir una sola palabra, tenía un aire de confianza y carisma casi palpable.
—Señorita Scott. —Su voz era exactamente como había imaginado. Profunda, medida, con un ligero acento que no podía ubicar pero que hacía que su nombre sonara como una orden y una caricia al mismo tiempo.
Extendió su mano y Valerie la estrechó, tratando de ignorar cómo su piel pareció electrificarse con el contacto. Su apretón era firme, formal, y duró exactamente dos segundos. Los había contado.
—Señor Cavendish —logró decir sin que su voz temblara demasiado—. Bienvenido a Goldstein & Associates...
—Cavendish Industries —corrigió él, y había algo en la forma en que lo dijo que sugería que no estaba acostumbrado a tener que corregir a nadie dos veces. Valerie tomó una nota mental.
—Valerie es la mejor asistente que he tenido en cuarenta años —intervino Goldstein, dándole una palmada paternal en el hombro—. Conoce esta empresa mejor que yo mismo. Estará en excelentes manos, señor Cavendish.
Sus ojos azules la escanearon de arriba abajo, no de manera lasciva, sino analítica, como si estuviera catalogando cada detalle como futura referencia.
Su mirada se detuvo un microsegundo en su pelo despeinado, otro microsegundo en la pequeña mancha de rímel corrido bajo su ojo izquierdo que no había notado en el espejo del ascensor, y finalmente en el reloj de pared detrás de ella.
Eran las 9:05.
—Espero que su puntualidad mejore —dijo con el mismo tono que usaría para comentar el clima.
Y ahí estaba.
La primera impresión arruinada en tiempo récord.
«Fantástico.»
Valerie asintió, sintiéndose como una tonta. Y notó el calor ascender a sus mejillas y, en un gesto que hacía desde niña cuando estaba nerviosa, se mordió el labio inferior.
Los ojos de Aston siguieron el movimiento como un láser, y algo indefinible parpadeó en la profundidad azul del iris antes de volver a su expresión impasible.
—Por supuesto —respondió ella, irguiéndose todo lo que su metro sesenta y ocho le permitía—. Normalmente llego a las nueve en punto. Esta mañana ha sido... una excepción.
—Las excepciones —dijo él, girándose hacia la ventana panorámica que mostraba Manhattan en todo su caótico esplendor—, son solo excusas con buen marketing.
«De puta madre —farfulló Valerie en silencio—. Un jefe filósofo. Justo lo que necesitaba un lunes por la mañana.»
—Bueno —el señor Goldstein tosió, sintiendo la tensión—, os dejaré para que os conozcáis. Valerie, pondrás al señor Cavendish al día con todo. Señor Cavendish, no encontrará mejor guía para navegar estas aguas.
Y con eso, su antiguo jefe, su mentor, su protector contra los CEOs idiotas (como lo que parecía ser Aston Cavendish), la abandonó a su suerte con el equivalente humano de un iceberg vestido de Armani.
El silencio se extendió entre ellos como melaza. Espeso, denso, pegajoso.
Valerie podía escuchar su propio corazón latiendo contra sus costillas, el zumbido del aire acondicionado, y en algún lugar, a lo lejos, a Janet, una de las empleadas de contabilidad, probablemente cotilleando sobre el nuevo y sexy jefe.
—El señor Goldstein ha dejado su despacho tal como estaba —comenzó Valerie, decidiendo que alguno de los dos tenía que romper el hielo—, pero por supuesto puede redecorarlo como prefiera. Tengo una lista de diseñadores de interiores si...
—No será necesario —la interrumpió Aston, caminando hacia la puerta con pasos que de alguna manera sonaban autoritarios—. No planeo pasar mucho tiempo aquí como para que la decoración importe.
—Ah… —Valerie lo siguió, teniendo que dar dos pasos por cada una de sus zancadas—. ¿Viaja mucho?
—No. —Aston se detuvo en la puerta del que iba a ser su despacho, mirándola con esa intensidad que a Valerie le resultaba desconcertante—. Pero tengo otros asuntos que atender además de esta empresa.
La forma en que lo dijo hizo que sonara siniestro, como si sus «asuntos» involucraran cosas que era mejor no saber.
—Su café… —intentó ella de nuevo mientras él examinaba el despacho—. ¿Cómo lo toma?
—Negro, con media cucharada de azúcar. Y señorita Scott...
—¿Sí?
Aston se giró para mirarla, y durante un momento, solo un momento, Valerie juró ver algo más que hielo en sus ojos. Algo ardiente y peligroso que hizo que su estómago diera un vuelco que no tenía absolutamente nada que ver con el dudoso sándwich de atún que había desayunado.
—Deje de morderse el labio. Me distrae —le ordenó.
Y con esas palabras, cerró la puerta de la oficina en su cara.
Valerie se quedó ahí, de pie, parpadeando a la madera de caoba, mientras su cerebro trataba de procesar los últimos cinco minutos.
¿Qué narices…?
Su teléfono vibró con un WhatsApp, sacándola de sus pensamientos. Era Marcus. Otra vez.
«No olvides las barritas. Y compra leche.
La desnatada, no seas idiota y traigas la entera como la última vez.»
Miró el mensaje, luego la puerta cerrada por la que había salido su nuevo jefe, y luego otra vez el mensaje.
De alguna manera, entre su novio tóxico que la trataba como si fuera una criada no remunerada y su nuevo jefe que parecía un témpano de hielo, Valerie tuvo la sensación de que su vida acababa de volverse un poco más complicada.
Y lo peor de todo era que no podía dejar de pensar en la forma en que Aston Cavendish había dicho «que le distraía que se mordiera el labio».
Como si él mismo estuviera sorprendido de que lo distrajera.
Como si ella, Valerie Scott, con su pelo de lunes por el mañana medio electrificado y su tendencia a llegar tarde, hubiera logrado hacer algo que probablemente pocas personas hacían: captar su atención. Aunque fuera para mal.
Salió del despacho, decidida a preparar el mejor maldito café negro con media cucharada de azúcar que Aston Cavendish hubiera probado en su puñetera vida.
Después de todo, si iba a sobrevivir trabajando para el Diablo del Wall Street, necesitaría demostrar que era tan indispensable como el señor Goldstein había dicho.
Resopló.
«Pero primero —pensó mientras se dirigía a la pequeña cocina que había en la planta—, necesito un café para mí. Uno bien cargado. Algo me dice que lo voy a necesitar.»