Capítulo 67
La verdad que ya no puede ocultarse
De pronto, todo cobró sentido.
Penrose comprendió quién era el misterioso pretendiente de Iris y sintió una mezcla de incredulidad y agotamiento.
Gabriel.
El broche que había aparecido en el baile de los Everard. Los encuentros en Richmond. El hombre que había ayudado a Iris a contactar con él mientras estaba en Durham.
Su medio hermano había estado cortejando a la hija de Wetherby.
Y ahora había venido a Ashbourne House a verla.
Penrose miró a Phoebe.
—¿Lo invitaste tú?
—No.
Ella le apretó la mano.
—Pero ya no puedes detenerlo.
Penrose respiró hondo.
—No. Supongo que ha llegado el momento de enfrentarse a todo.
Phoebe no lo soltó.
—Lo haremos juntos.
Esas palabras le devolvieron algo que había creído perdido.
La noche en que había planeado pedirle a Phoebe que se casara con él acababa de convertirse en la noche en que tendría que revelar a su familia el secreto que había guardado durante nueve años.
No dejaba de percibir la ironía.
En otro tiempo, la familia de Phoebe había destruido su futuro.
Ahora era su propia familia la que se interponía.
Siguieron a Gabriel e Iris hasta la biblioteca.
La biblioteca de Ashbourne House ocupaba dos plantas y poseía un aire casi catedralicio. Libros encuadernados en cuero cubrían las paredes, y una galería recorría el nivel superior.
Wetherby estaba frente a Gabriel, furioso.
—Así no se hacen las cosas, señor. Ha estado viendo a mi hijastra en secreto, escribiéndole y reuniéndose con ella sin haberse presentado formalmente.
Su esposa preguntó quiénes eran sus padres.
Gabriel se mantuvo erguido.
—Mis intenciones son honorables. Estoy enamorado de su hija y espero algún día pedir su mano.
La declaración provocó otra oleada de indignación.
Penrose dio un paso al frente.
—No puedo defender su conducta —dijo—. Pero puedo dar fe de sus orígenes.
Wetherby lo miró como si acabara de caer en la cuenta de que Penrose formaba parte del problema.
—¿Lo conoce?
—Sí.
—¿Y es usted responsable de esto?
—No.
Gabriel intervino antes de que la acusación fuera a más.
—Penrose no tuvo nada que ver. Iris y yo nos conocimos por casualidad.
La historia era sencilla.
A ella se le había caído un libro en el Serpentine. Gabriel lo había recuperado. Después, descubrieron quién era cada uno. Para entonces, sin embargo, ya se habían enamorado.
Penrose le creyó.
También comprendió algo que se había negado a ver.
Gabriel había intentado convertirse en un caballero desde su regreso de Exeter. Había cometido errores, gastado demasiado y contraído deudas, pero quizá algunas de esas extravagancias habían sido regalos para Iris.
Eso no lo excusaba.
Pero lo explicaba.
—Nos hemos visto siempre que hemos podido —admitió ella—. No ha ocurrido nada impropio.
Wetherby no parecía dispuesto a escuchar más.
—¿Quiénes son sus padres?
Penrose sintió que el momento había llegado.
No había vuelta atrás.
—Gabriel Merriweather es hijo de la señora Merriweather, la antigua doncella de mi madre...
Hizo una pausa.
Phoebe se acercó más.
—Déjalo terminar.
Lady Quenby se colocó junto a su hija.
—Mi hija está considerando formar parte de esta familia. Tiene tanto derecho a estar aquí como cualquiera.
Penrose miró a Phoebe.
Ella le sostuvo la mirada.
Continúa.
Y lo hizo.
—Gabriel es hijo de mi padre.
El silencio fue absoluto.
—Silas Penrose.
La verdad cayó sobre la sala con la fuerza de una piedra al caer en un estanque.
Wetherby palideció.
Seraphina se desplomó.
El abuelo de Penrose tuvo que sentarse.
Durante varios segundos, nadie habló.
Phoebe permaneció junto a Penrose.
No podía protegerlo de las consecuencias. Nadie podía.
Pero tampoco iba a permitir que las afrontara solo.
Gabriel se volvió hacia Iris.
—No estamos emparentados por sangre —explicó—. Solo nos une un vínculo matrimonial. No hay impedimento para que estemos juntos.
Ella parecía incapaz de asimilarlo.
Penrose ayudó a su abuelo a acomodarse en una silla y le trajo una copa de brandy.
El anciano estudió a Gabriel durante un largo momento.
—Silas tuvo otro hijo.
—Tres —corrigió Gabriel—. Tengo dos hermanas.
Wetherby negó con la cabeza enérgicamente.
—No. Silas nunca habría hecho algo así.
Penrose lo miró.
Y por primera vez, sintió que podía decirlo sin miedo.
—Lo hizo.
El silencio volvió a caer.
—Nuestro padre tuvo una amante durante más de una década. Tuvo tres hijos con ella y los dejó sin nada.
Gabriel bajó la mirada.
—Nos amaba.
Penrose lo observó.
La certeza de Gabriel era diferente de la suya. No podía absolver a su padre. Pero tampoco podía negarle a su medio hermano el derecho a recordar algo bueno.
Su abuelo levantó los ojos hacia Penrose.
—¿Cuánto tiempo hace que lo sabes?
—Nueve años.
La respuesta pareció herirlo más profundamente que la revelación misma.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
Penrose apretó la mandíbula.
—Porque usted lo admiraba. Porque toda su vida habló de su honor. Y porque sabía lo que esta verdad podría hacerle a la familia.
Su abuelo no dijo nada.
Penrose continuó.
—Sentía vergüenza. Pensaba que decía algo sobre mi madre, sobre mí... sobre todos nosotros.
Phoebe le puso una mano en el hombro.
—No hay nada de qué avergonzarse.
Penrose cerró los ojos un momento.
Esa frase simple y firme era todo lo que necesitaba.
Su abuelo suspiró.
—Quizá yo también fui culpable. Vi señales en Silas cuando era joven. Elegí creer que había cambiado. Lo amaba demasiado como para ver con claridad.
Lady Quenby hizo una observación mordaz sobre los hombres que convertían la virtud en una fachada.
Phoebe le lanzó una mirada de advertencia.
—Mamá.
Su abuelo, sin embargo, sonrió levemente.
—No se equivoca.
Había algo casi trágico en la confesión.
No era la Hidra que Penrose había imaginado durante años.
Era algo más simple y doloroso: una familia que había elegido mirar hacia otro lado porque la verdad era demasiado incómoda como para enfrentarla.
Wetherby se hundió en un sofá.
—Una amante y tres hijos... Esto saldrá a la luz tarde o temprano.
Gabriel intervino.
—Nadie más lo sabe. Mi madre, mis hermanas y quizá Vernon Slade.
Penrose se puso rígido.
—¿Slade?
Gabriel asintió.
—Uno de sus hombres me ha estado siguiendo.
Penrose sintió que el problema adquiría de pronto otra dimensión.
Explicó quién era Slade y cómo Gabriel había terminado debiéndole dinero. Eso era precisamente lo que le había permitido a Slade sospechar la conexión familiar.
Su abuelo volvió a mirar al joven.
—Ven aquí.
Gabriel obedeció.
El anciano lo estudió de cerca.
—Te pareces a él.
Gabriel tragó saliva.
—¿Y mis hermanas?
—También —respondió Penrose—. Si lo deseas, te llevaré a conocerlas.
Gabriel asintió.
La tía Seraphina, ya recuperada, protestó indignada. Para ella, la relación seguía siendo intolerable.
Penrose la interrumpió antes de que pudiera terminar.
—No será pobre por mucho tiempo.
Gabriel lo miró.
—¿De verdad?
—Estás a punto de comenzar una nueva vida.
Wetherby frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Penrose miró a Phoebe.
Ella asintió.
Entonces habló.
—Gabriel va a trabajar en Aberdeen.
—¿Haciendo qué?
—Con la expansión minera de la Compañía de Vidrio Óptico y Especializado Whitcombe.
Su abuelo lo miró con sorpresa.
Penrose tomó aire lentamente.
—Soy el socio mayoritario.
Phoebe no pudo ocultar su orgullo.
—Tiene una fábrica en Wandsworth —explicó—. Una empresa importante para la industria británica.
Wetherby lo miró fijamente.
—¿Estás en el comercio?
Penrose sostuvo su mirada.
Esta vez, no sintió vergüenza.
—Sí.
Y por primera vez, decirlo frente a su familia no le pareció una confesión.
Le pareció la verdad.