La dama de las amapolas azules (Corazones victorianos nº 4) Capítulo 65
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Capítulo 65

El primer vals

Mientras la doncella la ayudaba a quitarse el abrigo húmedo, Phoebe oyó el murmullo que recorrió el vestíbulo.

No necesitaba preguntar por qué.

Ella misma había sentido cierta incredulidad cuando se vio vestida de aquella manera por primera vez.

Su vestido de viaje, confeccionado en seda a cuadros azules y rojos, poseía una elegancia que no necesitaba ornamento alguno.

El corpiño se ajustaba a su figura con una delicadeza casi íntima, mientras que la falda caía en amplios pliegues hasta el suelo.

El estampado era atrevido, quizá demasiado atrevido para una mujer acostumbrada al negro, pero realzaba el color de su cabello y de su piel.

Phoebe no se había vestido para provocar comentarios.

Simplemente había querido que un hombre la mirara.

Y cuando alzó los ojos hacia Penrose, comprendió que había logrado precisamente lo que esperaba.

Él se había apartado de la fila de recepción.

La miraba como si hubiera olvidado dónde estaba.

Phoebe respiró hondo y se alisó la falda.

Penrose sonrió.

Aquella sonrisa le iluminó el rostro.

—Phoebe.

Se acercó a ella y le tomó las manos.

—Estás...

—Sí, lo sé. Parezco un pavo real.

—Iba a decir que estás preciosa.

Le apretó las manos.

—Dios mío, cuánto te he echado de menos.

A Phoebe se le hinchó el corazón.

—Yo también te he echado de menos.

Durante unos segundos, no hubo nadie más.

Hasta que la voz de Lady Quenby los devolvió al vestíbulo.

—Penrose, deja de monopolizar a mi hija. Hemos tenido un viaje largo y queremos instalarnos.

Él la soltó con una sonrisa.

—Perdóname.

Phoebe, sin embargo, volvió a tomarle las manos antes de que pudiera marcharse.

Penrose inclinó la cabeza.

—No comentes el cabello de la Srta. Fenwicke —susurró ella.

Él enarcó una ceja.

—Por supuesto.

No preguntó.

Detrás de Phoebe, Beatrix se había quitado el sombrero.

Su cabello, teñido de un cálido tono albaricoque, estaba recogido bajo una redecilla.

Phoebe la miró con afecto.

El color no era desagradable. Incluso podía resultar favorecedor.

Pero no era Beatrix.

La mujer que Phoebe conocía era aquella Furia de cabello plateado, firme y algo indomable. Ahora parecía haber salido de un retrato romántico.

Penrose, hay que reconocerlo, no hizo ningún comentario.

Parecía demasiado ocupado mirando a Phoebe.

Los saludos continuaron.

Lady Wetherby aprobó el fin del luto de Phoebe. Lord Alderwick le tomó las manos y elogió el alegre estampado de su vestido. Iris, mientras tanto, observaba a Beatrix con una curiosidad que esta desvió con una respuesta ingeniosa.

La conversación podría haber continuado en esa dirección si Penrose no hubiera intervenido.

—¿De verdad te interesan tanto los caminos, Iris? —preguntó—. No habrás invitado a tu misterioso pretendiente, ¿verdad?

La joven se sonrojó.

—¡Oh, Penrose! ¿Por qué tienes que ser tan desagradable?

—No lo animes —aconsejó Phoebe—. Solo conseguirás divertirlo.

Penrose le deslizó un dedo por el brazo, apenas una caricia contra la seda.

Phoebe sintió un calor repentino en el bajo vientre.

—Hablando de ánimos...

Ella le lanzó una mirada de soslayo.

—Eres perverso.

—Sí.

La respuesta fue tan tranquila que Phoebe tuvo que reprimir una sonrisa.

Penrose se inclinó ligeramente hacia ella.

—¿Me reservarás el primer baile esta noche?

Phoebe supo de inmediato a cuál se refería.

—¿Un vals?

—Un vals.

El corazón le dio un pequeño vuelco.

La última vez que había bailado con él, tenía dieciséis años.

Después vinieron demasiados años de orgullo, distancia y silencio. Cada vez que Penrose le había pedido que bailara, ella había encontrado una razón para negarse.

Esta vez no.

—Por supuesto.

Sostuvo su mirada.

—Con mucho gusto.

Penrose sonrió.

Y Phoebe comprendió que algunas puertas no se abrían mediante grandes gestos.

A veces bastaba simplemente con dejar de mantenerlas cerradas.