La dama de las amapolas azules (Corazones victorianos nº 4) Capítulo 62
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Capítulo 62

El color de lo que aguarda

Phoebe iba sentada frente a Beatrix mientras el carruaje se alejaba de la casa del Sr. Bellenden en Russell Square.

Su madre había decidido quedarse. El caballero necesitaba su ayuda para descifrar un antiguo texto en latín aparentemente relacionado con los romanos o los egipcios. Phoebe había pasado la mayor parte de la visita sola, con una taza de té negro, escuchando la lluvia contra las ventanas.

Finalmente, había mandado llamar a Beatrix.

Ahora tenían un destino mucho más importante.

—¿La Biblioteca Selecta de Mudie? —sugirió Beatrix—. ¿O la librería cerca de Piccadilly Circus?

—Ninguna de las dos.

Phoebe se acomodó en el asiento.

—Vamos a la tienda del Sr. Darzi.

Beatrix sonrió.

—¿Necesitas un vestido?

—Necesito varios.

—¿Para qué?

—Para Ashbourne House.

Beatrix volvió a sonreír al instante.

—¿Sigues pensando en ir?

—Por supuesto.

Penrose le había dejado abierta la posibilidad de no asistir. Phoebe lo comprendía. Después de todo lo que habían pasado, ninguno de los dos podía permitirse dar por sentada la confianza del otro.

Él había dado el primer paso al marcharse a Aberdeen y escribirle cada día.

No eran cartas sentimentales. Penrose no era un hombre sentimental. Escribía sobre el tiempo, las Tierras Altas, la gente que encontraba en el camino y pequeñas cosas que parecían importantes solo porque había decidido contárselas.

Phoebe leía entre líneas.

Lo echaba de menos.

Y estaba bastante segura de que él también la echaba de menos a ella.

—El tiempo en Wiltshire será espantoso —dijo—. Pero imagino que Ashbourne House estará preparada para las festividades. Me niego a llegar allí con mi habitual crespón negro y convertir la celebración en un funeral.

Beatrix se inclinó hacia ella.

—¿Vas a comprar algo de otro color?

—Un vestido rojo.

—¡Rojo!

Phoebe sonrió.

—¿Debería empezar con algo más discreto? ¿Rosa pálido, quizás? No soy tan cobarde.

Beatrix soltó una carcajada.

—Entonces yo también necesito un vestido nuevo.

—¿Por qué?

—Para causar buena impresión.

Su entusiasmo se desvaneció ligeramente.

—Nadie sabrá quién soy en Ashbourne House excepto tú y el Sr. Penrose.

Phoebe la estudió.

—¿Te preocupa lo que piense Penrose?

—No. Me preocupa lo que piensen todos.

Hubo una pausa.

—He encargado un tinte para el cabello.

Phoebe abrió mucho los ojos.

—No.

—Sí.

—Beatrix...

—Estoy cansada de mi pelo gris.

Phoebe quiso reír, pero cuando vio la expresión de su amiga, se contuvo.

—No necesitas cambiar para que te vean.

—Ese es precisamente el problema. No me ven.

Beatrix miró por la ventana.

—En cuanto ven mi cabello, ya han decidido quién soy. No les importa mi rostro, mi figura, ni si soy inteligente, divertida o buena amazona. Quiero tener la oportunidad de entrar en un salón sin que mi pelo hable por mí.

Phoebe le tomó la mano.

—Yo te veo. Y cualquiera que no pueda verte no te merece.

Beatrix sonrió.

—Eres un encanto. Qué lástima que no puedas casarte conmigo.

—¿Quieres encontrar un marido?

—No.

La respuesta fue tan firme que Phoebe se volvió hacia ella.

—Quiero libertad. Y, por absurdo que parezca, el matrimonio puede ser la única manera de obtenerla.

Phoebe comprendía demasiado bien esa paradoja.

Mientras el carruaje se incorporaba al tráfico, Beatrix explicó que la verdadera razón del tinte no era la vanidad.

Quería que la vieran.

Y Phoebe comprendió que esto no era tan diferente de lo que tantas mujeres de su clase deseaban, aunque rara vez lo dijeran en voz alta.

—Se espera que las hermanas sean útiles —dijo Beatrix—. Y las hijas también.

Phoebe miró la lluvia más allá del cristal.

Pensó en su madre.

—Se espera que las hijas se sacrifiquen. Nos quedamos cuando nuestras familias nos necesitan. Renunciamos a nuestros deseos. Nos casamos cuando se espera que nos casemos. Y obedecemos sin pedir que se nos reconozca.

Beatrix asintió.

—Mientras que un hombre renuncia a una cosa por su familia y todos lo llaman héroe.

Phoebe se volvió hacia ella.

—Los sacrificios de una mujer no valen menos.

—Valen más —respondió Beatrix—. Tenemos más que perder.

El carruaje se detuvo frente a la tienda del Sr. Darzi.

Entraron bajo el cálido resplandor de las lámparas de gas. El establecimiento seguía siendo pequeño, aunque recibía encargos cada vez más importantes.

El Sr. Darzi no estaba. Se encontraba en palacio atendiendo otro pedido.

Su prima Safiya salió a recibirlas.

Phoebe explicó lo que necesitaba.

—Dos vestidos de noche. Varios vestidos de día y uno para viajar en tren.

Safiya mencionó los crespones, popelinas y sedas disponibles.

Phoebe negó con la cabeza.

—No los quiero en negro.

Apoyó las manos enguantadas sobre el mostrador.

—Quiero rojo.

Safiya enarcó las cejas, pero fue lo bastante discreta como para no hacer preguntas.

Phoebe, sin embargo, ya había tomado su decisión.

No se trataba simplemente de un vestido.

Durante años, había vestido de negro por una historia que no era del todo suya. Había honrado el luto de su madre, la memoria de su padre y las reglas de una vida que otros habían trazado para ella.

Ahora iba a Ashbourne House.

Y quería que Penrose la viera llegar exactamente como era.

No como la viuda simbólica de una familia, ni como la hija obediente de una condesa, ni como la mujer a la que él había esperado todos esos años.

Como Phoebe.

Y esta vez, ella misma elegiría el color.