La dama de las amapolas azules (Corazones victorianos nº 4) Capítulo 61
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Capítulo 61

Lo que queda después del fuego

Phoebe siguió a Penrose hasta el fresco interior del almacén, sin soltar su brazo.

Los estantes estaban llenos de piezas de vidrio de distintos tamaños, algunas aún turbias, otras ya transparentes, a la espera de completar el proceso de enfriamiento.

Por las ventanas altas entraba el resplandor de los hornos y, más allá, se veían los almacenes donde se preparaban las materias primas.

Dos trabajadores terminaban de colocar varias piezas cuando Penrose les pidió unos minutos de privacidad.

Cuando se quedaron solos, señaló las hileras que los rodeaban.

—Cuando empezamos, solo teníamos un horno de ladrillo, un pequeño molino y un caballo.

La arena de sílice llegaba en cantidades modestas y teníamos que clasificarla casi toda a mano.

Cinco años después, tenemos mejores instalaciones, más terreno, un nuevo muro a lo largo del muelle y una máquina de vapor de treinta y cinco caballos de fuerza.

Phoebe miró hacia los hornos.

—¿Y todo esto comenzó con arena?

—Arena de sílice —corrigió Penrose—. Puede parecer poca cosa, pero gran parte del resultado final depende de ella.

Con el vidrio ordinario, muchas impurezas pueden pasar desapercibidas.

Con el vidrio óptico, no. Necesitamos arena extraordinariamente pura, con la menor cantidad posible de hierro y otros minerales, porque pueden afectar la transparencia.

Se acercó a una de las mesas, donde descansaba una pequeña muestra de arena en un recipiente.

—Luego se mezcla y se lleva al horno. Allí deja de parecer arena y se convierte en una masa espesa, brillante, casi líquida.

Es entonces cuando comienza el verdadero trabajo.

Tenemos que lograr que el vidrio sea completamente homogéneo y enfriarlo lentamente, sin crear tensiones internas.

Una sola imperfección puede arruinar una pieza destinada a una lente.

Phoebe estudió la pequeña muestra.

—Nunca habría imaginado que algo tan simple pudiera ser tan difícil.

Penrose sonrió.

—Ese es precisamente el encanto del negocio.

Señaló hacia los hornos y los edificios que se extendían detrás.

—No nos limitamos a vender vidrio. Intentamos fabricar vidrio que permita a la gente ver con mayor precisión. Instrumentos científicos, lentes, equipos de navegación... Industrias enteras dependen de esa diferencia.

Phoebe se volvió hacia él.

—Y llevas cinco años haciendo esto.

—Cinco años aprendiendo a hacerlo —respondió Penrose—. La distinción importa.

Phoebe recorrió el almacén con la mirada.

La masa fundida emergía del horno pegada a la herramienta, roja en el centro y dorada en los bordes. No parecía vidrio. Parecía una sustancia viva, espesa y reluciente, que se estiraba antes de replegarse sobre sí misma.

Solo entonces comprendió cuánto había logrado.

Penrose no necesitaba decir que estaba orgulloso. Se le notaba en cómo miraba el lugar. No era vanidad. Era algo más profundo: la satisfacción de un hombre que había construido algo con sus propias manos y todavía no terminaba de creer que existiera.

Phoebe pensó en Wexford Manor.

Había hipotecado su propiedad para construir todo aquello.

Había arriesgado su herencia, su posición y el lugar que ocupaba en su familia.

Un caballero de su clase podía administrar tierras, invertir su dinero o vivir de sus rentas. Pero convertirse en comerciante significaba cruzar una frontera social de la que quizá no hubiera vuelta atrás.

Y Penrose lo había hecho de todos modos.

—No tenía ni idea de que estuvieras haciendo todo esto.

—Nadie lo sabía.

Ella lo miró.

—¿Ni siquiera yo?

Penrose esbozó una sonrisa triste.

—Sobre todo tú.

Phoebe sintió una punzada.

—Debiste de querer contármelo.

—A veces.

Bajó la mirada hacia el vidrio óptico.

—Muchas veces.

Phoebe le soltó el brazo lentamente.

Penrose se acercó a una de las mesas de trabajo y cogió una pieza de vidrio que aún estaba tibia, gruesa y ligeramente turbia.

—¿Sabes para qué sirve esto?

Phoebe la examinó.

—Para hacer vidrio.

—Para hacerlo bien —corrigió—. El vidrio óptico requiere mucho más que calor. La arena debe ser extraordinariamente pura y la mezcla, exacta. Una sola impureza puede alterar la transparencia o arruinar una pieza destinada a una lente.

Sostuvo el vidrio a contraluz.

—Por eso no podemos usar cualquier arena. Seleccionamos, lavamos y preparamos la materia prima antes de llevarla al horno. Después viene el enfriamiento, que debe hacerse lentamente. Si el vidrio se enfría demasiado rápido, las tensiones internas pueden echar a perder horas de trabajo.

Phoebe volvió a mirar la pieza.

—Así que algo tan pequeño puede encerrar una cantidad enorme de trabajo.

Penrose sonrió.

—Ahora empiezas a entender. Se usa en industrias que dependen de la precisión del vidrio y sostienen buena parte del progreso del país.

Phoebe sostuvo la pieza unos momentos más antes de devolvérsela.

Penrose la cogió y la dejó sobre la mesa de trabajo. Sus dedos se demoraron un instante en el borde.

—A veces pienso que a mí me pasó lo mismo.

Phoebe lo miró.

—¿Qué quieres decir?

Penrose tardó varios segundos en responder.

—Desde el día en que mi madre me contó la verdad sobre mi padre, todo lo que creía cierto empezó a desvanecerse. Perdí la confianza. Perdí el rumbo.

La miró.

—Y te perdí a ti.

Phoebe sintió que el corazón se le detenía.

Penrose levantó una mano y le apartó un rizo que asomaba bajo el sombrero.

—Supongo que algunas personas tienen que pasar por el fuego para descubrir qué merece la pena conservar.

Su voz se suavizó.

—Cuando todo lo demás ardió, lo que quedó fueron mis responsabilidades. Y tú.

Phoebe tragó saliva.

—Penrose...

—No digas nada todavía.

Él le acarició la mejilla.

—Todavía no.

Phoebe apenas tuvo tiempo de respirar antes de que él la besara.

Fue un beso breve, contenido, pero suficiente para borrar el frío del almacén durante unos segundos. Ella apoyó las manos en su pecho y sintió, bajo la tela, la tensión de un hombre que se esforzaba conscientemente por no ir más allá.

No podían olvidar dónde estaban.

Penrose fue el primero en apartarse.

Apoyó la frente contra la de ella.

—Si no te lo digo ahora, puede que no tenga la oportunidad más tarde.

Phoebe lo miró.

—¿Decirme qué?

—Que tengo que irme.

Su expresión cambió.

—¿Cuándo?

—La semana que viene.

Penrose respiró hondo.

—Tengo que atender algunos asuntos de la empresa en el norte, cerca de Aberdeen. No puedo evitarlo.

—¿Cuánto tiempo?

—Quizá un mes.

Phoebe sintió cómo la palabra le caía como un peso en el pecho.

Un mes.

De repente, comprendió por qué Penrose había hablado con tanta cautela durante los últimos días. Por qué había evitado pedirle nada. Por qué parecía decidido a dejar todo en su lugar antes de partir.

Ya había sucedido una vez.

Habían estado a punto de tener una vida juntos, y él se había ido.

La distancia había hecho el resto.

—Pasaré parte del tiempo buscando nuevas oportunidades mineras en las Tierras Altas —explicó—. Después de eso, estaré viajando. Será difícil recibir cartas, pero te escribiré todos los días.

—No tienes que hacerlo.

—Todos los días.

Phoebe bajó la mirada.

—Regresaré para la fiesta de mi abuelo. Desde la estación, iré directamente a Wiltshire. Si quieres verme, podemos encontrarnos en Ashbourne House.

Él sostuvo su mirada.

—Y si no quieres, no vengas.

Phoebe sintió que se le cerraba la garganta.

—Pero teníamos un acuerdo.

—Ya no me importa ese acuerdo.

La respuesta llegó sin vacilación.

—Nunca debí exigirte nada a cambio de ayudarte. No necesitaba una recompensa. Haría cualquier cosa por ti, Phoebe.

Él sostuvo su mirada.

—Te he amado todos estos años. Incluso cuando estaba furioso contigo.

Phoebe se quedó sin palabras.

—Si vas a Ashbourne House, quiero que sea porque lo deseas. Por ninguna otra razón.

Penrose deslizó los dedos por su mejilla.

—Y viste lo que te plazca. Negro, rojo o cualquier otro color. No necesito más concesiones. No quiero que hagas nada para demostrarme que me amas.

Hizo una pausa.

—Solo te quiero a ti.

Phoebe cerró los ojos un momento.

Quería responderle. Quería detener la conversación y decirle todo lo que había estado descubriendo durante las últimas semanas, quizá todo lo que había estado sintiendo durante años.

Pero no aquí.

No en este almacén.

Y sobre todo, no antes de haber comprendido por sí misma lo que quería.

Penrose pareció leer la respuesta en su rostro.

—No es tanto tiempo.

Phoebe lo agarró por la pechera del chaleco.

—Si estás a punto de decirme que la distancia fortalece los lazos del amor, Lucian Penrose, no respondo de mis actos.

Él sonrió.

—Entonces no lo diré.

La besó una vez más, brevemente, y luego le ofreció el brazo.

—Ven.

Phoebe lo tomó.

—¿Adónde?

—A terminar el recorrido.

Y juntos continuaron entre las hileras de vidrio óptico, mientras afuera la fábrica proseguía con su ruido incesante de maquinaria, hombres y fuego.

Por primera vez, Phoebe comprendió que la ausencia que se acercaba no era la misma que la anterior.

Esta vez, sabía quién era el hombre que se iría.

Y también sabía quién era ella.