Capítulo 60
Lo que construyó con sus propias manos
Phoebe lo miró fijamente.
Separó los labios, pero no le salieron las palabras.
Penrose temió haberla dejado sin habla. Ya no había vuelta atrás. Había llegado demasiado lejos para volver a ocultarse.
—Por eso quería que vinieras conmigo. No por los Merriweather ni por el legado de mi padre. Por mí. Quería que vieras lo que he hecho desde que rompiste nuestro compromiso.
Phoebe dirigió la mirada hacia la fábrica.
—¿Me estás diciendo que es tuya?
—En parte. Poseo el cincuenta y uno por ciento. Whitcombe es uno de mis socios; el Sr. Tredwell y Swithin son los otros dos.
Hizo una pausa.
—La abrimos en 1857, unos meses después de que regresara de las montañas de Sikkim. Todo empezó con algo que vi en la Gran Exposición.
Phoebe lo miró de nuevo.
—En Durham, me dijiste que tenías otras fuentes de ingresos.
Penrose enarcó una ceja.
—¿Ya lo sospechabas?
—Era difícil imaginar a qué otra cosa podías referirte.
Aquello pareció tranquilizarlo.
—¿Te sorprende?
—Un poco. Pero no porque tengas un negocio.
Antes de que pudiera añadir nada más, un trabajador salió por la verja.
—¡Sr. Penrose!
Se acercó quitándose la gorra.
—Mi señora.
Penrose lo saludó con un gesto amistoso.
—Hoy podemos entrar, Sam.
Miró a Phoebe. Tenía en los ojos una emoción casi infantil.
—¿Te gustaría verla?
Ella sonrió.
—Tengo la impresión de que has estado deseando enseñármela durante todo el camino.
—Así es.
Phoebe asintió.
—Pues adelante.
Sam tomó las riendas mientras Penrose bajaba del faetón. Esta vez no le ofreció la mano. Le rodeó la cintura con un brazo y la bajó al suelo con tanta facilidad que a ella se le cortó la respiración.
Él también sintió el estremecimiento.
Había algo íntimo en aquel gesto. No se trataba simplemente de mostrarle una fábrica. Le estaba abriendo una parte de su vida que había mantenido cerrada durante años.
—¿Los llevo a dar una vuelta? —preguntó Sam.
—Gracias. No tardaremos mucho.
Penrose tomó a Phoebe del brazo y juntos cruzaron la verja.
La fábrica se extendía junto al río, entre almacenes, chimeneas y largos edificios donde se clasificaba, lavaba y preparaba la arena antes de alimentar los hornos. El calor se acumulaba bajo los techos, y en el aire flotaba el olor acre de las industrias donde el fuego trabajaba sin descanso.
Algunos trabajadores miraron a Phoebe con curiosidad. Otros reconocieron a Penrose y lo saludaron a su paso.
Él respondió con un gesto.
No había arrogancia en su manera de caminar por el lugar. Simplemente parecía conocerlo.
Phoebe lo observó.
—Todo empezó en la Gran Exposición —dijo Penrose—. Yo tenía diecinueve años. Un fabricante estadounidense había presentado un nuevo tipo de vidrio óptico que, según él, podía transformar la fabricación de instrumentos de precisión. Pensé que exageraba. Pero nunca olvidé la idea.
Phoebe contempló los edificios, los hornos y las largas mesas donde el vidrio recién trabajado reposaba mientras se enfriaba.
—Eso fue hace doce años.
Penrose sonrió.
—Doce años —confirmó—. Y todavía creo que aquel hombre tenía razón.
—Sí.
Por un momento, Penrose pareció volver a ser el muchacho que había sido.
—Mis padres aún vivían. Mi futuro ya estaba decidido: terminar la universidad, casarme y convertirme en terrateniente. Todo muy respetable. Muy conveniente para la reputación de mi padre.
Phoebe torció el gesto.
—Menudo hipócrita.
Penrose esbozó una leve sonrisa.
—Lo era.
Siguieron caminando.
—Dos años después, mis padres habían muerto y yo había descubierto la verdad sobre mi padre. Aun así, intenté seguir el camino que me habían trazado. Quería ganarme tu buena opinión. Tenía Wexford Manor y pensé que me convertiría en el hombre que todos esperaban que fuera.
—Un terrateniente —dijo Phoebe con suave ironía.
—Exactamente.
Penrose le tomó la mano.
—Entonces rompiste nuestro compromiso.
La sonrisa se desvaneció.
—Y esa vida dejó de tener sentido.
Phoebe bajó la mirada.
—Pero conservaste Wexford Manor.
—No exactamente.
Ella alzó la vista.
—La hipotequé.
Phoebe se detuvo.
—¿Que hiciste qué?
Penrose la animó con suavidad a seguir andando.
—Pedí un préstamo con la propiedad como garantía. Invertí ese dinero, junto con lo que quedaba de mi herencia.
Señaló los edificios que se extendían frente a ellos.
—En esto.
Phoebe lo miró horrorizada.
—Podrías haber perdido Wexford Manor.
—Lo sé.
—Podrías haberte arruinado.
—También lo sé.
No había orgullo en su voz. Solo la calma de un hombre que comprendía el riesgo que había corrido.
—Contacté con el estadounidense de la Exposición y compré los derechos exclusivos para fabricar su vidrio óptico en Inglaterra. Con el resto, construí la fábrica.
Phoebe tardó varios segundos en responder.
—¿Y eso no fue suficiente?
Penrose negó con la cabeza.
—Necesitaba socios. Whitcombe era banquero; Swithin había dirigido una jabonería, y el Sr. Tredwell tenía experiencia en farmacia. Sabían cosas que yo desconocía.
—¿Y tú?
Una sonrisa le asomó al rostro.
—Yo sabía que quería aprender.
Phoebe lo observó en silencio.
Había imaginado a Lucian Penrose muchas veces.
Había conocido al muchacho arrogante, al joven que la había amado con una intensidad que en su día le resultó insoportable, al hombre que había regresado de la India transformado en alguien a quien apenas reconocía.
Pero este hombre era diferente.
No había heredado esta vida.
La había construido.
Con errores. Con deudas. Con riesgo.
Y, por lo visto, con una terquedad que ni siquiera ella había logrado quebrar.
Penrose volvió a tomarla del brazo.
—Ven. Quiero enseñarte el almacén.
Phoebe lo siguió.
Por primera vez, comprendió que Penrose no se había perdido tras su marcha.
Se había estado construyendo a sí mismo.
Y quizás esa era la verdad que más le costaba aceptar: durante todos esos años, había creído ser la gran pérdida en la vida de él, cuando en realidad Penrose había convertido esa pérdida en el comienzo de otra.