Capítulo 54
El precio de quedarse
—¿Cómo que Rooke no es adecuado?
La voz de Penrose se elevó por encima del ruido de la tormenta.
La reunión se había trasladado de la fábrica a The Crown & Lantern porque ninguno de los socios había querido cruzar el río con aquel tiempo. En la sala trasera de la taberna, Whitcombe, Swithin y el Sr. Tredwell debatían el futuro de la operación de Aberdeen.
Y Penrose acababa de descubrir que pretendían cambiar los términos.
—Es el mejor hombre que tenemos en Inglaterra.
Whitcombe permaneció tranquilo.
—Nadie ha dicho lo contrario. Simplemente creemos que no debería ser el representante principal de la compañía al principio.
Penrose lo miró con incredulidad.
—¿Por qué?
La respuesta llegó tras una breve pausa.
—No tiene formación académica —dijo Swithin.
—Ni estudios —añadió el Sr. Tredwell—. Y puede que algunos en Aberdeen no lo tomen en serio.
Penrose comprendió lo que realmente estaban diciendo.
No era una cuestión de capacidad.
Era una cuestión de orígenes.
—Si nuestras canteras en Westmorland han prosperado —dijo con frialdad—, es porque Rooke sabe hacer su trabajo. Eso debería ser suficiente.
Whitcombe suspiró.
—Sabemos que lo es. Pero queremos que vayas con él.
Penrose se recostó en la silla.
—No.
—Solo durante un mes.
—No tengo intención de marcharme de Inglaterra.
—Necesitamos que lo acompañes al principio. Para negociar los derechos mineros y asegurarte de que quede debidamente establecido. Luego podrás regresar.
Penrose guardó silencio.
Habían encontrado la manera de acorralarlo.
Un mes.
Un simple mes.
Pero no era simplemente un mes.
Era Phoebe.
Precisamente ahora, cuando después de tantos años habían vuelto a encontrarse y él por fin había comenzado a cortejarla en serio.
No repetiría el pasado.
La última vez que se había marchado de Inglaterra, siete años atrás, estaba convencido de que podía contar con el amor de Phoebe. Había regresado para descubrir que la vida había cambiado en su ausencia.
No cometería el mismo error otra vez.
Pero tampoco podía abandonar a Rooke.
Al final, cedió.
—Estaría de vuelta antes de Navidad.
Whitcombe sonrió.
—Entonces está decidido.
Penrose no compartía su satisfacción.
Un cuarto de hora más tarde, encontró a Samuel Rooke sentado en un rincón de la taberna.
El minero escuchó las noticias sin sorpresa.
—Me preguntaba cuándo decidirían enviarme solo.
Penrose frunció el ceño.
—¿No te molesta?
Rooke negó con la cabeza.
—Sería más fácil con uno de vosotros a mi lado. Pero no me ofendo por ello. Si quiero ganarme el respeto, tendré que ganármelo.
Penrose lo estudió.
—¿Estás seguro?
—Completamente.
Rooke sonrió.
—Si me tomara a pecho cada desaire, ninguno de los dos duraríamos mucho. Lo que importa es el trabajo. Con el tiempo, los hombres respetan a quien sabe hacerlo.
Penrose dio un trago a la cerveza.
Había algo profundamente sensato en aquel hombre.
—Una vez que estés establecido en Aberdeen —dijo—, quizá deberías coger un aprendiz.
Rooke levantó la vista.
—¿Tienes a alguien en mente?
Penrose dejó la jarra sobre la mesa.
—De hecho, sí.
Por primera vez desde que había accedido al viaje, una idea comenzó a tomar forma más allá de su irritación.
Si iba a marcharse, aunque solo fuera durante unas pocas semanas, quizá podría hacer que el viaje significara algo más que una obligación.
Y quizá podría dejar en Inglaterra a alguien capaz de cuidar de lo que estaba decidido a no perder nunca más.