Capítulo 51
Bajo la lluvia
El reloj francés de nogal de la pequeña sala de estar de Holborn Viaduct dio las tres.
Era la hora en que una visita formal debía terminar.
Penrose dejó la taza de té vacía en la bandeja y miró hacia las ventanas. La lluvia golpeaba los cristales con tal fuerza que parecía empeñada en entrar en la casa. Un trueno hizo temblar el vidrio.
Había bebido suficiente té en el último mes como para el resto de su vida.
Era parte del precio de cortejar a Phoebe como era debido.
Y había sido decisión suya.
Desde que había decidido intentarlo de nuevo, Penrose se había impuesto una regla sencilla: no dejar lugar a malentendidos. No quería que Phoebe confundiera la amistad con el cortejo, ni tampoco quería volver a ocultar sus intenciones tras el humor, como había hecho tantas veces.
Esta vez quería que todo quedara claro.
Había sido constante. Puntual. Paciente.
Incluso había logrado que el muchacho de St Martin-in-the-Fields entendiera que sus visitas no eran casuales. Lo había visto varias veces merodeando por la colina.
No le gustaba.
Pero nada podía hacer mientras no supiera qué buscaba el chico.
—¿Otra taza? —preguntó Lady Quenby.
Llevaba varios minutos hablando sobre los antiguos templos romanos de Inglaterra y parecía decidida a continuar hasta la cena.
—No, gracias.
Phoebe, sentada a su lado, apenas había hablado desde que llegó.
Penrose empezaba a pensar que su cortejo formal se había convertido en una prueba de resistencia.
Entonces Phoebe se levantó.
—Mamá, ¿te importa si llevo a Penrose a los establos?
Penrose la miró.
Eso era inesperado.
—¿Con esta lluvia?
—Quiero que examine la pata delantera de Vulcan. Me gustaría saber qué opina.
Lady Quenby vaciló, pero Phoebe ya había tomado su decisión.
Penrose se puso de pie.
—Será un placer.
Salieron por la parte trasera de la casa.
Phoebe no se había puesto sombrero ni chal. Penrose la siguió bajo la lluvia, y cuando llegaron al pequeño establo, ambos estaban empapados.
Phoebe soltó una carcajada al detenerse frente al box de Vulcan.
—Temía que no nos dejara salir.
—Tampoco nos deja hablar —respondió Penrose.
Se quitó el abrigo y lo colocó sobre los hombros de ella.
—Toma.
Le abrochó el abrigo sobre el pecho. Sus dedos se demoraron allí un momento más de lo necesario.
Phoebe alzó la vista.
No había nadie en el establo.
Ni mozos de cuadra, ni cochero.
Solo ellos dos, el sonido de la lluvia y el caballo respirando tranquilamente tras la puerta.
Penrose había pasado semanas obedeciendo todas las reglas.
Había esperado.
Había sido paciente.
Había hablado con Phoebe como un amigo y la había cortejado como un caballero. Pero aquel momento no obedecía a ninguna regla.
Le sostuvo la mirada.
Y entonces hizo lo que llevaba meses queriendo hacer.
Se inclinó y la besó.