La dama de las amapolas azules (Corazones victorianos nº 4) Capítulo 50
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Capítulo 50

El destino también se elige

—Lamento que Adelaide no haya podido venir —dijo Beatrix mientras se cogía del brazo de Phoebe.

El otoño había llegado temprano y las había obligado a abandonar las telas ligeras del verano. Caminaban por la Galería Egipcia del Museo Británico entre vitrinas de cristal, esculturas y restos de civilizaciones que habían sobrevivido a hombres convencidos de que su mundo duraría para siempre.

Phoebe pensó que había algo reconfortante en ello.

Los imperios desaparecían. Las personas también. Y, sin embargo, algunas cosas permanecían.

—Adelaide almorzará con nosotras después —dijo—. Estoy segura de que tendrá mucho que decir sobre su vestido.

Beatrix sonrió.

—¿Es eso lo que haces con el Sr. Penrose?

Phoebe se sonrojó.

Había pasado más de un mes desde aquel paseo por Smithfield.

Desde entonces, Penrose visitaba Holborn Viaduct con frecuencia.

La estaba cortejando, aunque el mal tiempo había convertido gran parte de ese cortejo en reuniones familiares, tazas de té y conversaciones robadas en habitaciones demasiado pequeñas.

Había acompañado a Lady Quenby a una sesión de espiritismo e incluso a una conferencia sobre historia romana que, según Phoebe, había puesto a prueba hasta su paciencia.

También le enviaba flores.

Muchísimas flores.

Rosas, campanillas, lirios y aquellas amapolas azules de las montañas de Sikkim, que habían adquirido un significado para Phoebe que prefería no explicar.

—Eso no es suerte —respondió—. Es perseverancia.

Deseaba que fuera algo más.

Beatrix le dio un suave codazo.

—¿Qué te envió hoy?

—Violetas.

—Fidelidad.

Phoebe la miró.

—¿De verdad?

—Así lo dice El libro de las flores.

Phoebe sonrió.

—Entonces supongo que Penrose ha estado escribiendo un mensaje bastante largo.

Beatrix se rio.

—¿Y tu madre lo sabe?

La sonrisa de Phoebe se desvaneció ligeramente.

—No se lo he dicho.

No era exactamente un secreto. Pero tampoco estaba preparada para darle un nombre delante de su madre.

Estaba empezando a gustarle su nueva vida en Holborn Viaduct. Había descubierto el placer de salir, de caminar por las calles, de montar a Vulcan por el bullicio de Londres, de entrar en una tienda sin pedir permiso y de pasear por donde le placiera sin que nadie decidiera adónde debía ir.

Por primera vez, la ciudad ya no le parecía una amenaza.

Aquello era libertad.

—¿Y tú? —preguntó Phoebe—. ¿Cómo van las cosas en casa?

Beatrix suspiró.

Su hermano apenas le dejaba usar el carruaje, y Bramble no se desenvolvía bien en las calles abarrotadas. El otoño había añadido lluvia, viento y barro a sus dificultades.

—Al menos tú tienes Holborn Viaduct —dijo Beatrix—. Siempre está pasando algo allí.

Phoebe sonrió.

—Eso es cierto.

Pasaron junto a una exposición de animales disecados. Beatrix se estremeció.

—Preferiría ver otra cosa.

—¿Las esculturas griegas?

—Los dibujos.

Phoebe estuvo de acuerdo.

En la galería, encontraron refugio entre grabados y estudios de artistas. Durante un rato hablaron de pintura y de nada importante. Era una de esas pequeñas felicidades que Phoebe estaba empezando a apreciar: estar con una amiga sin tener que resolver un solo problema.

Hasta que una voz masculina sonó a sus espaldas.

—Aburrido.

Se volvieron.

Un joven de cabello oscuro estaba sentado en una silla de ruedas, con un cuaderno de bocetos apoyado sobre las rodillas.

Su aspecto no tenía nada de especial, pero algo en su expresión captó de inmediato la atención de Phoebe: una ironía aguda, muy parecida a la de Penrose cuando estaba a punto de decir algo que podía resultar divertido o cruel.

Beatrix lo miró con interés.

—¿Le parece aburrido Van Dyck?

—Este dibujo, sí.

—No conozco muchos artistas superiores a Van Dyck.

—Turner.

Beatrix frunció el ceño.

—No se pueden comparar.

El joven sonrió.

—Gracias a Dios.

Phoebe intuyó de inmediato que aquello podía convertirse en un juego del que Beatrix tal vez no supiera cómo salir.

—Vamos —dijo, tirando suavemente de su brazo.

Pero Beatrix se demoró un momento más.

—Es usted muy joven para hablar así de los maestros flamencos.

El desconocido la estudió.

—Y usted es muy joven para tener el cabello gris.

Beatrix se quedó inmóvil.

Phoebe se interpuso entre ellos.

—Señor, una conversación sobre arte no es una invitación a hacer comentarios personales.

El joven pareció verdaderamente sorprendido.

—No pretendía ofender.

—Lo ha conseguido de todos modos.

—Me gustan los contrastes —respondió, volviendo a mirar a Beatrix—. Especialmente los tonos de gris. Debería ver la última obra de Whistler.

—No tenemos intención de hacerlo —respondió Phoebe.

Esta vez logró alejar a Beatrix de él.

Solo cuando estuvieron a cierta distancia, Beatrix recuperó la voz.

—¿Cómo se atreve?

—Olvídalo.

—Fue cruel.

Phoebe la tomó del brazo.

—Lo que piense un desconocido no debería tener el poder de herirte.

Beatrix guardó silencio.

—Aunque parecía saber algo de arte —admitió tras un momento.

Phoebe dejó escapar una risita.

—Los hombres suelen hablar con gran certeza sobre cosas que apenas comprenden.

Beatrix la miró.

—Era un artista.

Phoebe enarcó una ceja.

—Entonces quizá sea simplemente un artista descarado.

Y continuaron caminando.

Phoebe no miró atrás.

Había aprendido que no todos los encuentros merecían convertirse en una historia.

Algunas personas aparecían solo para provocar una reacción y luego desaparecer.

Tenía cosas más importantes en las que pensar.

Y aunque todavía no se atrevía a decirlo en voz alta, una de ellas llevaba el nombre de Penrose.