Capítulo 48
El hombre que podía darle espacio
Apenas habían recorrido unas calles cuando el cielo se abrió sin previo aviso.
El aguacero obligó a Penrose a cambiar de rumbo. Condujo el faetón hasta Smithfield, dejó los caballos en un establo cercano y entró con Phoebe en la iglesia de San Bartolomé.
No era precisamente el escenario más adecuado para un cortejo. A Phoebe no pareció importarle.
Caminaron entre los visitantes, siguiendo a distancia prudente a un clérigo que hablaba demasiado mientras señalaba las maravillas de la iglesia.
Phoebe alzó la mirada hacia las tallas de las paredes, luego hacia la inmensa cúpula.
Vestida de negro y con aquel sombrero sobrio, parecía una joven viuda a quien la vida había dejado sola demasiado pronto.
—Solo he estado aquí una vez —dijo—. Cuando era niña.
Penrose la miró sorprendido.
—¿Después de todos estos años en Londres?
Phoebe esbozó una leve sonrisa.
—Mi Londres siempre fue bastante pequeño. Terminaba en Mayfair.
Él no dijo nada.
Ella había conocido parques, ruinas romanas, escuelas benéficas y casas elegantes. Siempre acompañada. Siempre protegida. Nunca verdaderamente sola.
—No parece una vida muy atrevida —dijo Penrose.
—Las mujeres de mi posición no deben ser atrevidas.
—Tienen demasiado que perder.
Phoebe negó con la cabeza.
—Al contrario. Una mujer sin posición puede perderlo todo. Yo nunca he sabido siquiera lo que significa arriesgar algo.
Se detuvo ante una estatua.
—A veces pienso que bien podrían haberme enterrado junto a mi padre.
Penrose exhaló brevemente.
—Qué tontería.
Phoebe lo miró.
—Eso es exactamente lo que me dijiste en Derbyshire.
—No hablaba del todo en serio.
—Pero tampoco estabas bromeando.
Esta vez Penrose no respondió de inmediato.
Había querido provocarla entonces. Despertarla. Hacerle entender que había convertido el deber en una forma de cautiverio y llevaba años viviendo en el mismo luto que su madre.
Phoebe reanudó la marcha.
—Todavía creo en el deber —dijo—. Siempre lo haré. Pero últimamente he empezado a pensar que también debería tener derecho a decidir algunas cosas por mí misma.
—¿Qué cosas?
—Dónde vivir. En qué ocupar mi tiempo. Dónde guardar mi caballo.
Penrose la observó con atención.
—Quieres tener el control.
A Phoebe le costó un momento admitirlo.
—Sí.
Entonces le habló de los caballos de Rosecombe. Había intentado comprarlos cuando se enteró de que Edgar tenía intención de venderlos, pero no tenía adónde llevarlos. No había espacio en Holborn Viaduct, y mantenerlos en otro lugar de Londres era un lujo que ya no podía permitirse.
—Ya los ha vendido todos —dijo.
—Lo sé.
Phoebe alzó la vista.
—¿Cómo?
Penrose sonrió.
—Los compré yo.
Ella se detuvo en seco.
—¿Tú?
—¿Por qué crees que lo hice?
Phoebe no respondió. Un leve rubor le subió por el cuello.
—¿Dónde están?
—En Ashbourne House. Hay pastos de sobra. Y sé que confías en el mozo de cuadra de mi abuelo.
Phoebe bajó la mirada.
—No sé qué decir.
—No digas nada.
—Pero...
—No lo hice para que me estuvieras agradecida. Ni para que sintieras que me debías algo.
Esperó un momento.
—Lo hice porque quería hacerte feliz.
Esas palabras la conmovieron más de lo que le habría gustado que él viera.
—Gracias, Penrose.
—Tú habrías hecho lo mismo si hubieras podido.
—Ojalá hubiera podido.
Phoebe respiró hondo.
—Ojalá tuviera una finca donde pudiera llevarlos y tomar mis propias decisiones. Una casa que fuera verdaderamente mía.
Penrose la miró a los ojos.
—Necesitas una casa propia.
—Sí.
—Puedes tener una.
Phoebe arqueó una ceja.
—¿Cómo?
—Casándote.
Ella no respondió.
—Pero entonces no sería mi casa —dijo al fin—. Sería la casa de mi marido. Él tendría la última palabra. Seguiría dependiendo de otro hombre para decidir cómo vivir.
Penrose asintió.
—Entonces, cuando llegue el momento, tendrás que elegir con cuidado.
—¿Y cómo se elige con cuidado?
—Buscando a un hombre que no necesite eclipsarte para sentirse importante. Alguien a quien no le intimides. Alguien capaz de verte brillar sin querer apagar tu luz.
Phoebe lo observó con una expresión entre incrédula y divertida.
—Me pregunto si existe un hombre así.
Penrose se detuvo.
—Creo que sí.
—¿Uno?
—Solo uno.
Phoebe le sostuvo la mirada.
—Qué conveniente.
Él sonrió.
—Precisamente.