La dama de las amapolas azules (Corazones victorianos nº 4) Capítulo 39
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Capítulo 39

El refugio de las furias

Phoebe había regresado a la biblioteca de su padre para despedirse.

No podía llevarse los libros. Ni uno solo.

Abrió uno de los volúmenes encuadernados en cuero y respiró hondo. El aroma a tinta vieja, papel envejecido y tabaco de pipa aún conservaba algo de él.

Era casi lo único que quedaba.

Edgar se había apoderado de la biblioteca en apenas una semana. Durante el día revisaba las cuentas con su madre; por la noche bebía y fumaba. El santuario de su padre se había convertido en el despacho de un extraño.

Phoebe cerró el libro.

¿Qué quedará cuando borren esto también?

Titania saltó de una silla y se acercó a ella. Phoebe tomó a la gatita en brazos y hundió el rostro en su pelaje.

La puerta se abrió.

—Phoebe, ¿qué haces aquí?

Era su madre.

—Me estoy despidiendo de los libros de papá.

Lady Quenby entró con su dignidad habitual, aunque Phoebe empezaba a notar las grietas bajo esa fachada. Tenía ojeras y una tensión permanente en torno a la boca.

—No puedo permitirme sentimentalismos —dijo—. Tenemos demasiado que hacer.

Había que terminar de empacar, hablar con el administrador y organizar la mudanza.

Holborn Viaduct se acercaba.

Y con él, la certeza de que la vida que habían conocido tocaba a su fin.

—Edgar ha pedido a sus abogados que revisen incluso mi anualidad vitalicia —añadió su madre—. Quiere asegurarse de que no recibo ni un penique más de lo que me corresponde.

Phoebe sintió una oleada de indignación.

Esa anualidad era lo que mantenía la casa, los criados, los establos e incluso los escasos valores que les quedaban.

—No te preocupes —dijo Lady Quenby—. Nos iremos pronto.

Miró a Titania.

—Pero la gatita no puede venir.

Phoebe estrechó a la pequeña criatura entre sus brazos.

Los gatos estaban prohibidos en la casa de Holborn Viaduct. Tendría que dejar a Titania con Cecily, Beatrix o Adelaide.

Solo pensarlo le dolía más de lo que estaba dispuesta a admitir.

—Hay que hacerlo, Phoebe.

Su madre se marchó.

Unos minutos después, Phoebe dejó a Titania en su dormitorio y bajó al salón.

La Sra. Valewood ya estaba allí.

—Me complace ver que al menos usted no ha olvidado sus deberes.

Phoebe se sentó.

—Mi madre tiene mucho que hacer.

—Y sin embargo pasa las mañanas fuera de casa. Confieso que algunas de sus costumbres me preocupan. Ese interés por los muertos, esas sesiones de espiritismo...

Phoebe la interrumpió con calma.

—Le aconsejo que no diga tales cosas delante de mi madre.

La mujer cerró la boca.

Phoebe se permitió un pequeño momento de satisfacción.

Por poco que pudieran hacer contra las leyes de herencia, aún les quedaba algo: dignidad.

Entonces Wakefield apareció en el umbral.

—El Sr. Penrose ha venido a ver a Lady Phoebe. Lo he hecho pasar al saloncito.

A Phoebe le dio un vuelco el corazón.

Penrose.

Había olvidado por completo que él había prometido visitarla.

Va a pedirme matrimonio.

La certeza llegó antes que el miedo.

Y de repente Phoebe supo que aún no quería enfrentarse a aquello.

Se levantó.

—Lo recibiré.

Bajó la escalera con Wakefield detrás.

—Debo advertirle, milady —dijo el mayordomo—. El aspecto del caballero es... alarmante.

Phoebe enarcó una ceja.

—¿Por las heridas?

—Sí, milady.

—No creo que eso me asuste.

Pero cuando entró en el saloncito, comprendió que Wakefield había sido prudente.

Penrose estaba de pie junto a la ventana.

Llevaba un traje oscuro, mucho más sobrio que su atuendo habitual.

La luz revelaba cada herida: ambos ojos amoratados, la nariz hinchada, el corte en la sien cosido con una línea irregular de hilo blanco.

Phoebe se detuvo en seco.

—Santo cielo.

Él sonrió.

—No es tan terrible como parece.

—Difícilmente podría ser peor.

Pidió a Wakefield que se retirara.

Cuando la puerta se cerró, Phoebe lo miró de nuevo.

Aquel no era el hombre inmaculado que solía provocarla con su ropa extravagante y su sonrisa insolente.

Era la misma criatura herida que había encontrado en Wandsworth.

Solo que ahora estaba en su casa.

Y podía ver cuánto le había costado llegar hasta allí.

—¿Pryor?

—Me colocó la nariz y cosió las heridas. En un mes volveré a ser reconocible.

—¿Y su abuelo?

—Le dije que había tenido un accidente de carruaje.

Phoebe quiso sonreír.

No pudo.

Todo lo que había contenido desde su regreso la abrumó de golpe.

Su madre.

Edgar.

La biblioteca.

La casa que estaban a punto de perder.

Holborn Viaduct.

Titania.

Y él.

Se llevó las manos al rostro.

Un sollozo se le escapó antes de que pudiera contenerlo.

Penrose cruzó la habitación en tres zancadas.

La rodeó con sus brazos.

Phoebe no se resistió.

No le quedaban fuerzas para hacerlo.

Se abandonó contra él y, por primera vez en días, permitió que alguien más cargara el peso que había estado soportando.

Penrose le rozó el cabello con los labios.

—Pobre criatura.

Phoebe negó con la cabeza.

—No tienes que decir nada.

La mano de Penrose se deslizó lentamente por su espalda.

Phoebe cerró los ojos.

Olía a caballo, a cuero, a aceite de arnés.

A cosas familiares.

A algo que todavía pertenecía a su mundo.

Por un momento, todo dejó de sentirse perdido.

Lucian.

Lucianus, nacido de la luz.

Quizá, después de todo, no había sido solo una broma.

—Así que tu primo ha llegado por fin —murmuró Penrose.

Phoebe respondió con un pequeño gemido.

—¿Ha sido terrible?

Ella no respondió.

No necesitaba hacerlo.

Penrose le rozó la sien con los labios.

—Que se vayan todos al diablo. No merecen ni una sola de tus lágrimas.

—No estoy llorando.

—Por supuesto que no. Las Furias no lloran.

Le levantó el rostro con suavidad.

—Se enfurecen.

Phoebe lo miró.

—Estoy demasiado cansada para enfurecerme.

La expresión de Penrose cambió.

—Eso empieza a preocuparme.

—A mí también me preocupa.

Él la soltó.

Una determinación nueva asomó a sus ojos.

—Entonces ve por tu sombrero y tus guantes.

Phoebe parpadeó.

—¿Por qué?

—Vamos a dar un paseo.

Y por primera vez desde que había regresado a Portland Square, Phoebe no tuvo respuesta.

Solo sabía que quería seguirlo.