Capítulo 38
El precio de una deuda
St Martin-in-the-Fields no era un lugar al que un hombre respetable acudiera por voluntad propia.
El aire olía a alcantarillas, basura y ginebra. Los callejones eran estrechos y oscuros incluso a plena luz del día, y en cada esquina siempre había alguien dispuesto a convertir una mala decisión en una tragedia.
Penrose caminaba con el bastón en una mano y Gabriel a su lado.
Le dolían las costillas, la cabeza y el hombro. Tenía la cara cubierta de moretones y los dos ojos amoratados. No estaba en condiciones de enfrentarse a nadie.
Pero no tenía otra opción.
—¿Estás seguro de que te encuentras bien? —preguntó Gabriel por tercera vez.
—No. Pero prefiero terminar con esto antes de que los hombres de Slade decidan mejorar mi aspecto.
Gabriel guardó silencio.
Se detuvieron ante un edificio estrecho encajado entre una taberna y un burdel. Un hombre fornido montaba guardia en la entrada.
—Buscamos al Sr. Slade.
El guardia se interpuso en su camino.
Penrose golpeó la puerta dos veces con el bastón.
—Nos está esperando.
Más una afirmación que una petición.
Unos segundos después, apareció un joven de aspecto miserable.
Reconoció a Gabriel, luego a Penrose.
—Es él —dijo con una sonrisa—. El caballero de Wandsworth.
Se abrió la puerta.
—El que le rompió la mandíbula al Sr. Keating y mandó al Sr. Doolan al hospital.
—Si son los hombres que creo que son —respondió Penrose—, probablemente se lo merecían.
Cruzaron una sala llena de humo donde los hombres los observaban con abierta curiosidad. Al fondo, tras una puerta cerrada, los esperaba Vernon Slade.
Era un hombre de cabello oscuro y rostro moreno, sentado tras un escritorio de roble. La mitad de la cara le quedaba en sombra.
Sonrió.
—Lucian Penrose. Les dije a mis hombres que vendría.
—Me alegra que alguien aquí sepa quién soy. Lástima que sus hombres no lo supieran.
Slade se rio.
—Parece que ya han pagado por ese error.
Penrose se sentó.
—No he venido a cobrar por la paliza.
Gabriel lo miró con alarma.
—Aunque podría.
Slade lo estudió con interés.
—Entonces, ¿qué propone?
—Su hombre le debía mil quinientas libras. Después de lo ocurrido, considero que parte de esa deuda está saldada.
—¿Parte?
—Mis costillas. Mi cabeza. Mi nariz. Puedo darle una lista más detallada si lo desea.
Slade volvió a reírse.
—He oído hablar de usted. Le gusta apostar.
—Solía gustarme.
—También le gusta el peligro.
—Eso no significa que me guste perder.
A Slade le brillaron los ojos.
—Podríamos hacer una apuesta.
Penrose comprendió entonces cómo había acabado Gabriel atrapado allí.
Slade no necesitaba forzar a nadie.
Solo tenía que hacer que una deuda pareciera una oportunidad.
—Una carrera de faetones —propuso—. Sus caballos contra los míos. Si gana, la deuda queda saldada y añadiré quinientas libras por las molestias.
Penrose lo observó en silencio.
Era una trampa.
Una apuesta amañada, muy probablemente.
Y sin embargo, por un instante fugaz, sintió la vieja tentación de aceptar. Hubo un tiempo en que el peligro le parecía una forma perfectamente razonable de entretenimiento.
Pero ya no era ese hombre.
Pensó en Phoebe.
Sus ojos enrojecidos.
La mano que le había limpiado la sangre del rostro.
Esa absurda promesa que le había hecho: no morir.
De repente, comprendió algo que le había llevado años ver.
Phoebe no necesitaba que él admirara su fortaleza.
Necesitaba que alguien, aunque solo fuera una vez, fuera fuerte por ella.
Eso era lo que él no había hecho cuando regresó de la India.
Había confundido su resistencia con invulnerabilidad. Había dado por sentado que Phoebe podía soportar cualquier cosa porque siempre lo había soportado todo.
Y la había abandonado precisamente cuando ella necesitaba que se quedara.
Esa era la deuda que realmente importaba.
La que no podía pagarse con un cheque.
—No quiero apostar —dijo.
Slade enarcó una ceja.
—Entonces, ¿qué quiere?
—Mil libras. Y una promesa.
Gabriel se tensó.
—Penrose...
—El Sr. Merriweather no volverá a poner un pie en St Martin-in-the-Fields ni hará otra apuesta en ninguno de sus establecimientos.
Slade miró a Gabriel.
Después, de nuevo a Penrose.
—¿Habla usted por él?
Una pausa.
—¿Qué es él para usted?
La siguiente palabra fue deliberadamente cruel.
—¿Un bastardo?
Gabriel palideció.
Penrose no movió un músculo.
Sabía lo que estaba arriesgando.
Si Slade comprendía la importancia de su relación, podría usarla en su contra. Un secreto como ese tenía un precio.
Pero Penrose también sabía que no podía abandonar a Gabriel.
No después de todo lo que había sucedido.
—¿Acaso importa?
Slade sonrió lentamente.
—Podría importar mucho.
—Si importara tanto, ¿cree que habría venido aquí con él?
El hombre guardó silencio.
Había comprendido la respuesta.
—Mil libras, entonces.
Penrose asintió.
—Recibirá un cheque mañana al mediodía.
Slade señaló hacia Gabriel.
—Si vuelve aquí a apostar, no responderé por su vida.
—No lo hará.
Penrose se levantó.
—Yo me encargaré de eso.
Quince minutos después, el carruaje se dirigía hacia Mayfair.
Gabriel permanecía hundido en su asiento, aún pálido.
—Gracias —dijo al fin—. Nunca quise...
—Lo sé.
Penrose miró por la ventana.
—Pero una disculpa no es suficiente.
Gabriel bajó la cabeza.
—¿Qué más puedo hacer?
Penrose volvió los ojos hacia él.
—Devolvérmelo.
Gabriel pareció sorprendido.
—¿Cómo?
—De la misma manera en que le habría pagado a Slade.
El joven tragó saliva.
Penrose sostuvo su mirada.
—Con su vida.
No había crueldad en su voz.
Solo una verdad que Gabriel aún no comprendía.
Penrose había pasado demasiado tiempo intentando salvarlo de las consecuencias de sus actos.
Quizás había llegado el momento de enseñarle que ser salvado no significaba quedar libre de toda deuda.