La dama de las amapolas azules (Corazones victorianos nº 4) Capítulo 37
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Capítulo 37

Las deudas del destino

Penrose se dejó caer en una silla mientras Pryor terminaba de ajustarle el vendaje en las costillas.

Cada respiración le recordaba que tres hombres habían intentado convertirlo en cadáver aquella tarde.

—¿Eso es todo lo que tienes que decir en tu defensa?

Gabriel seguía sentado en el borde de la cama, con la misma expresión hosca que tenía en la casa de apuestas. Solo el color de su rostro había cambiado.

Estaba pálido desde que había encontrado a Penrose junto al Támesis.

—¿Qué más quieres que diga? Ya te dije que les debo dinero.

—Mil quinientas libras.

Gabriel no dijo nada.

Penrose cerró los ojos un momento.

—Ocho mil, si contamos las seis mil quinientas que ya he pagado por ti.

El silencio se volvió más pesado.

No era solo dinero.

Era el tiempo, la confianza y la responsabilidad que había invertido en un joven que parecía empeñado en demostrar que nada de eso importaba demasiado.

Pryor terminó con el vendaje y lo ayudó a ponerse una camisa limpia.

—¿Siquiera entiendes lo que representa esa cantidad?

Gabriel se encogió de hombros.

—Lo hecho, hecho está.

Pryor dejó escapar un suspiro casi imperceptible.

Penrose lo entendió. Para un hombre que ganaba treinta libras al año, ocho mil debían de parecer una fortuna de cuento de hadas.

—Un jornalero podría no ganar eso en toda su vida —dijo Penrose—. Y tú lo has perdido apostando.

—En las carreras.

—Ah, entonces todo es diferente.

Gabriel lo miró irritado.

—Estaba seguro de que los caballos ganarían.

—¿Basándote en qué? ¿En tu vasta experiencia?

El dolor en las costillas le impidió ponerse de pie de un salto, lo cual quizá fue una bendición.

—Debería haber dejado que esos hombres terminaran el trabajo.

—Habría soportado la paliza con gusto si eso me hubiera ahorrado otro de tus sermones.

Penrose estuvo a punto de reírse.

Ese muchacho lo llevaría a la tumba antes de que sus enemigos lograran hacerlo.

—Vernon Slade —dijo entonces—. Ese es el hombre que exige el dinero.

Gabriel asintió.

—Tiene una casa de apuestas en St Martin-in-the-Fields.

Penrose dejó escapar un suspiro lento.

St Martin-in-the-Fields.

Un lugar en el que los caballeros respetables no ponían un pie y al que los hombres desesperados acudían en busca de una fortuna que casi nunca llegaba.

—Me dijiste que me mantuviera alejado de los clubes.

—Podrías haber elegido no apostar.

—¿Y cómo se supone que voy a hacer fortuna?

Penrose lo miró fijamente.

—Trabajando.

Gabriel hizo una mueca.

—No digas eso.

—Entonces deja de comportarte como si el mundo te debiera una vida que no te has ganado.

La expresión del joven cambió.

—¿Por qué me enviaste a la escuela si no querías que aspirara a algo más?

Penrose guardó silencio un momento.

Esa pregunta merecía una respuesta.

—Porque quería darte una oportunidad. Quería que tu nacimiento no decidiera tu futuro.

Gabriel apartó la mirada.

—Me enviaste a un internado lleno de bastardos.

—Y sin embargo aprendiste cosas allí que podrían haberte servido.

—Si todo lo que querías era que trabajara, deberías haberme dejado con mi madre.

—Tu madre fue quien te enseñó a esperar que alguien viniera a rescatarte.

Las palabras salieron más duras de lo que Penrose había pretendido.

Se obligó a suavizar el tono.

—No hay nada deshonroso en el comercio. Y tu nacimiento no te hace menos hombre. Lo que puede destruirte es creer que yo, o cualquier otro, te debemos una vida.

Gabriel se puso de pie.

—No sé por qué sigo aquí.

Miró a su alrededor.

—Tienes a Pryor. Tienes tu brandy. Tienes ropa limpia. Y hasta te traje a tu dama.

Penrose alzó la vista.

—Sí. Trajiste a mi dama a una habitación en una taberna.

Pryor siguió abrochándole el chaleco como si no hubiera oído nada.

Gabriel sonrió.

—¿Qué? ¿Crees que ofendí su sensibilidad?

—Ten cuidado con cómo hablas de ella.

La voz de Penrose había perdido toda ligereza.

Gabriel lo entendió.

—No pretendía ofenderla. Aunque te equivocas si crees que la experiencia la impresionó mucho. Me soltó un sermón de camino a la planta baja.

Se encogió de hombros.

—Es hermosa, pero no se la desearía ni a mi peor enemigo.

Penrose cogió su abrigo.

—Puede que sea lo más sensato que has dicho hoy.

Gabriel se rio.

—Ahora que lo pienso, es perfecta para ti.

Penrose se detuvo un momento.

No respondió.

Porque, por una vez, su hermano tenía razón.

Le esperaba una batalla en todos los frentes.

Gabriel y sus deudas.

La compañía y sus accionistas.

Y, finalmente, Phoebe.

Esa era la batalla que más importaba, y la única para la que no tenía estrategia.

—Pryor.

—Sí, señor.

—Paga la cuenta. Consígueme un carruaje a Mayfair. Luego ve a la oficina de telégrafos. Tengo un mensaje urgente que enviar a Glenraven.

Pryor tomó papel y lápiz.

Gabriel frunció el ceño.

—¿Y qué se supone que debo hacer yo?

Penrose lo miró.

—Vete a casa.

—¿A casa?

—Cena con tu madre y tus hermanas. Disfrútalas mientras puedas.

La sospecha asomó al rostro del joven.

—¿Qué significa eso?

Penrose se puso el abrigo con cuidado.

—Significa que mañana vamos a St Martin-in-the-Fields.

Gabriel se quedó inmóvil.

Penrose tomó su sombrero.

Había llegado el momento de saldar algunas deudas.

Y no todas podían pagarse con dinero.