Capítulo 35
La segunda oportunidad
Phoebe podía sentir la mirada de Penrose hasta en los dedos de los pies.
Tuvo que recurrir a toda su disciplina para no perder la compostura.
Durante dos horas había vivido al borde del pánico. Desde que Gabriel había aparecido en los establos para decirle que Penrose estaba herido, apenas había podido pensar. Había cruzado Londres refugiándose en el silencio porque, si abría la boca, temía que su voz la traicionara.
Y cuando lo encontró en aquella habitación miserable, ensangrentado y tendido en un catre apenas lo bastante grande para un hombre de su tamaño, casi se derrumbó.
Ahora estaba consciente.
Eso debería haber bastado para tranquilizarla.
No fue así.
Penrose seguía pareciendo vulnerable de una manera que Phoebe nunca había visto antes. Sin camisa, con el rostro magullado y el cuerpo inmóvil, había algo de animal herido en él: un tigre que, por una vez, no podía levantarse para defenderse.
Phoebe podría haber disfrutado de esa pequeña inversión de poder.
No lo hizo.
Todo lo que había sentido cuando estaban a solas era miedo.
Y luego vergüenza.
Porque Penrose no había preguntado por ella.
Había mencionado su nombre solo porque necesitaba que alguien mandara llamar a Pryor.
Naturalmente.
Y sin embargo, Phoebe había terminado confesando que lo había amado, que él le había roto el corazón y que todavía le importaba.
Desde luego, no había sido una demostración de compostura.
—Es un defecto —dijo Penrose.
Phoebe enarcó una ceja.
—¿Qué lo es?
—Conservar lo que eliges.
Ella lo miró con cautela.
Penrose sonrió levemente.
—Me recuerda a una columna que estoy preparando para The Naturalist's Annual. Trata sobre un cisne negro que vivió en Bellefort House en la época de la emperatriz Josefina. Perdió a su pareja y se negó a aceptar otra. El cuidador le trajo una sucesión de hermosas hembras blancas.
—¿Y?
—Las rechazó a todas.
Phoebe sintió que el calor le subía al rostro.
—¿Me estás comparando con un cisne?
—Estoy diciendo que algunas criaturas tienen una memoria sentimental mucho más obstinada de lo que cabría esperar.
Ella entrecerró los ojos.
—Tú y tus columnas. ¿Se supone que debo sentirme halagada?
—Al menos debería hacerte gracia.
Un golpe en la puerta le impidió responder.
Gabriel entró cargando un paquete en los brazos y con la expresión de alguien que acababa de descubrir que el mundo era considerablemente más complicado de lo que había imaginado.
—Te has tomado tu tiempo —dijo Phoebe.
—El tendero era un entrometido. Pensó que estaba involucrado en un duelo.
Dejó el paquete sobre la mesa.
—Tuve que comprar la mitad de su tienda antes de que dejara de hacer preguntas.
—Quizá sepa reconocer a un villano cuando lo ve.
Gabriel la miró con indignación.
—¿Villano? Si Penrose se hubiera ocupado de sus propios asuntos...
—Me estaba ocupando de mis propios asuntos —interrumpió Penrose desde la cama—. Y estoy despierto. Puedes insultarme directamente.
Gabriel se volvió hacia él.
—¡Estás consciente!
—Una observación brillante.
El joven se acercó a la cama y examinó las heridas de su hermano.
Penrose hizo un gesto cansado.
—Olvida mi camisa. Necesito a Pryor. Lady Phoebe irá a buscarlo. Tú puedes escoltarla hasta un carruaje.
Phoebe se volvió hacia él.
No quería marcharse.
Quería quedarse hasta saber que estaba completamente a salvo, hasta que alguien competente hubiera examinado cada una de sus heridas, hasta que el peligro hubiera pasado.
Pero Penrose tenía razón.
Ya se había quedado demasiado tiempo.
Solo entonces se dio cuenta de la magnitud de su imprudencia.
Había entrado en una taberna acompañada de un joven soltero, había subido a una habitación privada y había permanecido allí el tiempo suficiente para que cualquiera la hubiera reconocido.
Una mujer como ella no necesitaba cometer un pecado para convertirse en un escándalo. Bastaba con que alguien contara una historia.
Y había olvidado algo aún más importante.
Su familia.
Edgar debía llegar ese día. Su madre la estaba esperando. Phoebe había salido de Portland Square sin pensar en nada excepto en Penrose.
Durante esas horas, había podido actuar como si el resto del mundo hubiera desaparecido.
Ahora el mundo volvía a exigir su atención.
Phoebe respiró lentamente.
—Tienes razón. Debo irme a casa.
Penrose la miró con una seriedad que borró todo rastro de humor.
—Iré a verte a Portland Square dentro de una semana.
El corazón de Phoebe dio un vuelco.
—No sé por qué deberías hacerlo.
La mentira quedó suspendida entre ellos.
Penrose no respondió.
No necesitaba hacerlo.
Ambos sabían que había razones más que suficientes.
Phoebe sostuvo su mirada y de pronto comprendió lo que estaba a punto de suceder.
No era por su confesión.
Ni siquiera por la vieja herida que acababa de abrirse entre ellos.
Era porque Lucian Penrose, a pesar de todos sus defectos, era un caballero.
Había ido a buscarla cuando eran jóvenes y había recibido una negativa.
Años después había regresado para encontrarse con una mujer muy diferente.
Y ahora ella había cruzado Londres para salvarlo.
Para un hombre como Penrose, eso significaba algo.
Quizá demasiado.
Phoebe sintió que el estómago se le encogía.
La primera vez había sido una posibilidad.
La segunda, una promesa.
Y aquella visita a Portland Square solo podía significar una cosa.
Lucian Penrose iba a pedirle matrimonio.
Otra vez.