Capítulo 34
Lo que queda cuando todo se rompe
Penrose abrió los ojos con la desagradable sensación de haber despertado en el lugar equivocado del mundo.
El techo de vigas oscuras no le decía nada. Tampoco el olor a sangre, hierro y humedad que impregnaba la habitación. Le dolían las costillas, tenía un ojo prácticamente cerrado por la hinchazón y respirar por la nariz requería más valor del que parecía razonable.
Apenas recordaba nada.
Un carruaje. El interior cerrado y los golpes lloviendo sobre su cuerpo. Luego una puerta que se abría, el viento cortándole la cara y el suelo precipitándose hacia él demasiado rápido.
Después nada.
—Quédate quieto.
La voz atravesó la niebla.
Penrose giró la cabeza con dificultad.
—¿Phoebe?
Ella apareció junto a la cama.
Llevaba su traje de montar negro, arrugado y manchado del viaje. Mechones dorados se habían escapado de las horquillas. No llevaba sombrero ni guantes.
Había venido con prisa.
Demasiada prisa como para pensar en las consecuencias.
—Te dije que no te movieras.
Ella colocó una mano sobre su hombro y lo obligó a recostarse de nuevo contra las almohadas. El gesto era suave, pero Penrose conocía demasiado bien esa determinación.
—Mi camisa.
—Tu camisa ya no existe.
Penrose bajó la mirada.
—¿Qué...?
—Tuve que cortarla para ver si te habías roto alguna costilla.
Phoebe pasó un paño húmedo sobre su sien. Solo entonces Penrose se fijó en sus ojos.
Estaban enrojecidos.
Había estado llorando.
Por él.
La certeza le causó un dolor mucho más profundo que sus costillas heridas.
—¿Te das cuenta de lo exasperante que es que seas el hombre menos fiable de toda la creación? —dijo ella, intentando mantener la voz ligera—. Hace unas semanas me prometiste que no morirías. Y aquí estamos.
Penrose tomó su mano y se la llevó a la cara. Tenía los nudillos partidos y cubiertos de sangre.
—¿Dónde estamos?
—En una habitación del piso superior de una taberna en Wandsworth. No sé cómo se llama. Tu hermano me trajo aquí.
—¿Gabriel?
Ella asintió.
El nombre agitó fragmentos de memoria en la mente de Penrose: el Támesis, un rostro pálido, Gabriel inclinándose sobre él.
—La herida de la cabeza parece peor de lo que es —dijo Phoebe—. Mi padre solía decir que las heridas en la cabeza siempre sangraban como si fueran una tragedia griega.
Penrose intentó sonreír.
—¿Mandaste llamar a un sacerdote?
Phoebe frunció el ceño.
—No.
—Bien.
—Gabriel dijo que pediste uno.
Penrose cerró los ojos.
—No dije sacerdote. Dije Pryor.
Ella lo miró durante un momento y, por primera vez desde que entró en la habitación, sonrió.
—Tu ayuda de cámara.
—Él sabe cómo recomponerme.
—Eso tiene mucho más sentido.
Dejó el paño en la palangana y se volvió hacia él.
Penrose la observó cruzar la pequeña habitación. Había algo casi irreal en verla allí. Phoebe Valewood no pertenecía a una taberna de Wandsworth, junto a una cama sin hacer, en una habitación donde un hombre ensangrentado esperaba a que su cuerpo decidiera si tenía intención de seguir viviendo.
Y sin embargo, estaba allí.
—No esperaba que vinieras —admitió él.
Phoebe permaneció de espaldas a él.
—¿Por qué?
—Tu reputación.
Ella se volvió.
—Nadie sabe que estoy aquí excepto tu hermano. Y si crees que mi reputación me importa más que mi devoción a un amigo, entonces no has estado prestando atención.
Un amigo.
Penrose sintió que la palabra se instalaba entre ellos como una puerta cerrada.
—Esto podría arruinarte.
—También podría arruinarme bailar tres veces con el mismo caballero o ir al teatro sin carabina. Al menos esto es útil.
Se acercó de nuevo y limpió la sangre de su mejilla.
Penrose contuvo la respiración.
El vestido negro se ceñía a su cuerpo mientras se inclinaba hacia él. Su cercanía era una tortura más precisa que cualquier golpe que hubiera recibido esa tarde.
—¿Por qué te atacaron?
La pregunta lo devolvió a la realidad.
—No fue un robo. Buscaban a Gabriel.
Phoebe retrocedió.
—¿Por sus deudas?
—Probablemente. Eran tres. Me confundieron con él.
—No os parecéis tanto.
—Por supuesto que no. Yo soy mucho más guapo.
Phoebe le dirigió una mirada severa.
—Ya no.
Penrose hizo una mueca.
—Eran tres.
—Y te han dejado así.
Ella tomó una de sus manos y la examinó con una ternura que le oprimió el pecho.
—Tienes los nudillos destrozados.
—Me defendí.
—Ya lo veo.
Ella pasó el paño sobre sus dedos.
—Pryor se ocupará de mí.
Penrose cerró suavemente la mano alrededor de la de ella.
—Estaré bien.
Phoebe guardó silencio.
—No sabía que los problemas de tu hermano pudieran ponerte en peligro de esta manera.
—Yo tampoco.
—¿Y todo esto es por tu sentido de la responsabilidad?
Penrose la miró.
—Me gustaría decir que sí. Sería una explicación sencilla.
Respiró con dificultad.
—Pero creo que le he tomado bastante cariño.
Phoebe alzó los ojos.
—Aunque a él no le importes.
—No importa.
Una sonrisa cansada asomó a sus labios.
—Tengo cierta experiencia en querer a personas que no me corresponden.
Phoebe lo miró directamente.
—No me incluyas en esa lista.
Penrose soltó una breve risa.
—Tu nombre está en lo más alto.
Ella quiso sonreír, pero no pudo.
—Idiota.
Y entonces sucedió algo que Penrose no había esperado.
La dureza abandonó el rostro de Phoebe.
—Por supuesto que me importas. Siempre me has importado. Probablemente mucho más de lo que yo te importo a ti.
Penrose quiso decirle que eso era imposible.
No pudo hablar.
Phoebe bajó la mirada.
—Si no me hubieras importado, no podrías haberme hecho tanto daño cuando volviste de India.
El recuerdo cayó entre ellos con el peso de algo que había permanecido sin nombre durante demasiado tiempo.
—Aquel día en Portland Square... —continuó ella—. Las cosas que dijiste. La forma en que me miraste.
Su voz flaqueó ligeramente.
—Ya estaba rota, Lucian. Mi padre había muerto. Mi madre se estaba desmoronando. Tenía que mantenerlo todo unido, y no sabía cómo. No necesitaba tu ultimátum. Solo quería que cruzaras esa puerta y me abrazaras.
Penrose sintió que algo dentro de él cedía.
—Phoebe...
—Quería que me dijeras que podía apoyarme en ti. Que no tenía que hacerlo todo sola.
Ella se levantó.
Sus faldas susurraron contra el suelo.
—No me digas que no te importaba. Ningún hombre fue amado tan profundamente como yo te amé, Lucian Penrose.
Penrose permaneció inmóvil.
Aquellas palabras no tenían nada de la ligereza de sus bromas, nada de la protección de sus columnas. Eran demasiado desnudas para esconderse tras el ingenio.
Durante casi treinta años, había sabido encontrar palabras para casi todo.
Ahora no encontraba ninguna.
Había demasiado dolor entre ellos.
Demasiado pasado.
Demasiado amor convertido en ruinas.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó al fin.
Phoebe se acercó al lavabo y apoyó las manos contra la madera.
—Nada.
Se recompuso antes de volver la cabeza.
—Absolutamente nada.
Penrose cerró los ojos un momento.
Por una vez, no había ningún comentario ingenioso que pudiera salvarlo. Ninguna ironía. Ninguna provocación. Solo aquella verdad tardía, demasiado grande para el cuerpo maltrecho que la recibía.
Phoebe recogió el paño manchado de sangre y lo dejó caer en el agua.
—¿Dónde está ese hermano tuyo con las vendas?
Penrose casi sonrió.
—Pryor se ocupará de mí. No estás obligada a hacer de enfermera.
Ella lo miró por encima del hombro.
—Alguien tenía que hacerlo. Creo que tienes la nariz rota.
—Pryor la arreglará.
—Enviaré a buscarlo cuando regrese a Portland Square. Y haré que traigan un carruaje en cuanto Gabriel vuelva.
Penrose entonces reparó en su traje de montar.
—Pensé que habías venido a caballo.
—Acababa de regresar de Constitution Hill cuando Gabriel apareció en los establos. No tuve tiempo de cambiarme.
Penrose la estudió un momento.
—¿No montabas a Vulcan? Ese no es él.
—Intercambié caballos con la Srta. Fenwicke. Su yegua gris necesitaba ejercicio, y Vulcan es demasiado viejo para tanto esfuerzo ahora. Tiene casi dieciocho años.
—Deberías jubilarlo.
Phoebe negó con la cabeza.
—Nunca lo reemplazaré.
Penrose la miró.
Distraídamente, ella alisó la falda negra de su traje de montar.
—Supongo que es uno de mis defectos.
Una pausa.
—Cuando elijo un compañero, me quedo con él hasta el final.