Capítulo 32
Lo que un hombre está dispuesto a defender
Penrose se hallaba frente a los tres principales accionistas de la Cristalería Whitcombe.
La reunión empezó mal y fue a peor.
Whitcombe había pasado semanas en Glenraven, recorriendo las canteras con Samuel Rooke. Había examinado las muestras, revisado las cifras, hablado con los trabajadores y comprobado en persona lo que ya sospechaba: la arena disponible no bastaba para respaldar una expansión de la empresa.
No les valía cualquier arena. Para fabricar vidrio óptico de alta calidad, necesitaban una materia prima excepcionalmente fina y limpia, libre de impurezas que pudieran afectar la transparencia del vidrio o arruinar una lente.
Sus socios habían encontrado una solución.
Java.
—Es la única alternativa —insistió Whitcombe—. La operación ya está lista y las proyecciones son excelentes.
—Y los trabajadores —añadió el Sr. Tredwell— están dispuestos a aceptar los salarios.
Penrose lo miró con una calma que no disimulaba su desagrado.
—Se refiere a mujeres y niños.
Nadie respondió.
No hacía falta.
La propuesta era simple: importar la materia prima de Java y reducir costes recurriendo a mano de obra que ellos mismos consideraban fácilmente reemplazable. Jornadas agotadoras, salarios míseros y condiciones de seguridad que nadie parecía dispuesto a financiar.
Todo podía hacerse dentro de la ley.
Penrose había aprendido hacía mucho que legal no significaba necesariamente justo.
—Si vamos a explotar un nuevo yacimiento, será en condiciones que permitan a los trabajadores salir con vida —dijo—. No aceptaré que se envíe a mujeres o niños a galerías inseguras para aumentar nuestros beneficios. No pienso cargar con sus muertes sobre mi conciencia.
Whitcombe golpeó la mesa.
—¡Esto es un negocio, no una escuela dominical!
Penrose le sostuvo la mirada.
—Exactamente. Y quiero que siga siéndolo dentro de diez años.
El silencio que siguió resultó más incómodo que la discusión.
Porque Penrose no hablaba de caridad. Hablaba de una empresa que pretendía sobrevivir.
Y si tenía que elegir entre aumentar los beneficios ahora o construir una empresa capaz de sostenerse en el futuro, ya había tomado su decisión.
Penrose permaneció sereno.
Hubo un largo silencio.
Whitcombe se inclinó hacia él.
—Entonces vaya usted mismo.
Penrose alzó la vista.
—¿Cómo?
—Si no confía en nosotros para gestionar la operación, hágalo usted mismo. Vaya a Java. Organícela según sus principios.
Por primera vez, Penrose no tuvo respuesta inmediata.
Podía hacerlo.
No quería.
No podía abandonar Inglaterra.
No ahora.
Pensó en Phoebe.
—No puedo abandonar el país en este momento.
—¿No puede o no quiere?
Penrose le sostuvo la mirada.
—Ambas cosas.
Sus socios protestaron a la vez. Hablaron de pérdidas, oportunidades y miles de libras que, según ellos, la obstinación de Penrose estaba poniendo en riesgo.
Penrose los dejó hablar.
Después recogió su sombrero.
—Exploraré otras opciones. Les sugiero que hagan lo mismo.
Salió de la fábrica por la puerta que daba al Támesis.
El aire junto al río le ayudó a recobrar la compostura.
Había dejado atrás una discusión, pero no el problema.
Necesitaban una nueva fuente de arena para fabricar vidrio.
Y quizá existía una posibilidad más cercana.
Corrían rumores de yacimientos en las Tierras Altas de Aberdeen. La operación sería más difícil y requeriría capital, pero al menos les permitiría mantener los estándares que Penrose se había impuesto.
Pensó de inmediato en Samuel Rooke.
Era competente, trabajador y, sobre todo, un hombre de fiar.
Si lograba convencer a los accionistas, podría enviarlo al norte.
Era una solución.
Pero mientras buscaba un carruaje de alquiler, Penrose cayó en la cuenta de que el negocio no era lo más urgente.
Llevaba tres semanas sin ver a Phoebe.
Tres semanas desde el baile de los Everard.
Tres semanas desde que había iniciado aquella peculiar campaña de mensajes en las revistas, a la espera de descubrir si sus columnas la habían irritado, divertido o, al menos, llevado a pensar en él.
Había pasado demasiado tiempo fuera de Londres.
Necesitaba saber qué había ocurrido.
Necesitaba verla.
Y quizá, con suerte, descubrir que no había estado escribiendo en el vacío.
Penrose apretó el paso.
Entonces oyó pasos a su espalda.
Rápidos.
Cada vez más cerca.
Se volvió.