Capítulo 29
El lirio de las montañas de Sikkim
Pasó una semana antes de que Phoebe encontrara su respuesta.
La encontró durante el desayuno, en el último número de Westmere Botanical Gardens que Wakefield había dejado junto con el resto del correo de la mañana.
Phoebe estuvo a punto de dejar la revista a un lado.
Después del baile de los Everard, no quería saber nada más de Penrose.
Había regresado al salón de baile tras despedirse de él con toda la dignidad de la que fue capaz, solo para encontrarlo conversando y sonriendo con su desenfado habitual, como si no acabara de admitir que sus sentimientos por ella lo estaban llevando al límite.
Maldito hombre.
Incluso había bailado la contradanza con una debutante bastante torpe y después cenó con ella, con una paciencia y amabilidad que Phoebe no esperaba.
La muchacha apenas sabía qué decirle.
Penrose, en cambio, le había prestado toda su atención.
Phoebe había observado la escena desde lejos y, muy a su pesar, sintió una extraña calidez.
Quizá no era tan sensato como pretendía.
Quizá no era un hombre en quien resultara fácil confiar.
Pero era amable.
Y la amabilidad importaba más de lo que la gente solía admitir.
Quizá por eso, aquella mañana, Phoebe no arrojó la revista al fuego.
La abrió.
Solo para demostrarse a sí misma que no tenía el menor interés en leerla.
Encontró la columna de Penrose casi por accidente.
No había sarcasmo, ni provocación, ni ninguna de las observaciones ingeniosas con las que solía burlarse del mundo.
Escribía solo sobre una flor.
Phoebe comenzó a leer.
Del jardín del Sr. E. Blackthorn
El Lilium sikkimense, conocido como lirio de la niebla o lirio gigante de las montañas de Sikkim, es un ejemplar difícil. Exige una paciencia extraordinaria a cualquier jardinero que desee cultivarlo.
Desde la semilla, puede tardar hasta seis años y medio en alcanzar la madurez. Es un proceso lento. Durante esa espera, los jardineros menos experimentados se verán tentados a abandonarlo y buscar flores más vistosas y fáciles de cultivar.
Pero quienes perseveren serán recompensados con una flor de esplendor extraordinario.
Hay, sin embargo, otra flor de esas montañas que merece mención especial: la amapola azul del Himalaya.
Más delicada aún, rara y de una belleza casi improbable, parece pertenecer a un jardín que no debería existir en nuestras latitudes.
Su cultivo requiere las mismas virtudes que el lirio, aunque quizá en mayor medida: paciencia, cuidado y la capacidad de aceptar que algunas cosas no florecen cuando nosotros queremos.
Cuídenlas bien. Mantengan la tierra húmeda. Poden sus hojas cuando sea necesario, pero no las agobien.
Sean pacientes. Sean diligentes.
Y sobre todo, no se desanimen.
Phoebe permaneció inmóvil durante varios segundos.
Luego se mordió el labio para reprimir una sonrisa.
Era demasiado obvio.
El lirio era ella.
Penrose se había hecho jardinero y, por lo visto, estaba dispuesto a esperar seis años y medio si hacía falta.
Qué hombre tan ingenuo.
Dejó la revista sobre la mesa.
Pero la sonrisa permaneció un momento más.
El mensaje era claro.
Penrose no tenía intención de renunciar a ella.
Y lo más inquietante era que, por primera vez, esa certeza no la asustaba.
Solo le trajo una pequeña e inesperada esperanza.