Capítulo 27
La esperanza nunca aprende a morir
El salón de baile de los Everard resplandecía bajo la luz de las velas. La música llenaba el aire y las parejas giraban por el suelo pulido, pero Penrose apenas prestaba atención.
Había venido con un solo propósito: encontrar a Phoebe.
Cuando se habían cruzado en Hyde Park la semana anterior, ella había sido tan directa como siempre. Le había dejado perfectamente claro que prefería verlo ahogarse en el mar antes que seguir soportando su presencia.
Desde luego, no era una declaración de amor.
Y sin embargo, había despertado en él algo que creía perdido: la esperanza.
Penrose había descubierto que un mundo en el que Phoebe dejara de ser una posibilidad resultaba mucho más oscuro de lo que estaba dispuesto a admitir.
Buscó entre las damas sentadas a los lados del salón de baile. No estaba allí.
Tampoco la encontró entre sus amigas ni entre las parejas que bailaban.
Lady Gillingham intentó distraerlo sugiriéndole que invitara a bailar a una joven que llevaba demasiado tiempo sentada. Penrose aceptó con cortesía y se prometió que, si encontraba a Phoebe, el primer baile sería para ella.
Una promesa absurda.
Phoebe nunca había aceptado una de sus invitaciones.
Pero Penrose había pasado años persiguiendo lo improbable. Un baile más no iba a ser lo que lo destruyera.
Su prima Iris apareció entonces para pedirle ayuda. Quería que la llevara a Battersea Park para encontrarse con un hombre al que llamaba amigo. Penrose comprendió de inmediato que aquello no era una amistad inocente.
La regañó.
No por mojigato, sino porque conocía demasiado bien la clase de hombre capaz de pedirle a una joven que arriesgara su reputación para encontrarse con él en secreto.
Iris se defendió con la convicción de quien todavía creía que el amor justificaba cualquier impulso insensato. Incluso invocó a Byron.
Penrose la miró con resignación.
—Dios mío. Byron no.
La muchacha terminó recordándole, con considerable acierto, que él tampoco era precisamente un modelo de prudencia en lo que a Phoebe se refería.
Penrose no supo qué responder.
La vio desaparecer entre la multitud y comprendió que esa noche no le apetecía ocuparse de los problemas de su familia. Ya había pasado demasiado tiempo de su vida resolviendo los asuntos de los demás.
Lo único que quería era encontrar a Phoebe.
Quizá fuera una locura.
La había deseado durante años. Todavía la admiraba. Todavía la comparaba con todas las demás mujeres y siempre encontraba alguna razón para preferirla.
Quizá fuera hora de aceptar lo que ella le pedía.
Olvidarla.
Dejarla ir.
La idea era insoportable.
Penrose abandonó el salón de baile y se dirigió a la biblioteca. Necesitaba silencio y, si la fortuna lo favorecía, una copa.
Pero al abrir las puertas, oyó una voz.
La de Phoebe.
—Es solo un alojamiento temporal —estaba diciendo—. No sería permanente.
Penrose se detuvo.
—¿Pero Holborn Viaduct? —preguntó la Srta. Fenwicke—. ¿De verdad crees que tu madre habla en serio?
—Eso depende de lo que suceda cuando él llegue —respondió Phoebe—. Si es que llega.
Penrose estuvo tentado de escuchar.
No lo hizo.
Al menos, no del todo.
Carraspeó.
Phoebe y su acompañante se volvieron sorprendidas.
La luz de las velas delineaba la figura de Phoebe junto a la chimenea. Iba vestida de negro, como de costumbre, pero esa noche el vestido de seda parecía menos una señal de luto que una declaración de fuerza. Su garganta desnuda, su piel pálida, la severidad de su expresión.
Por un momento, Penrose olvidó todo lo que había pensado decir.
Phoebe lo miró con una mezcla de irritación y desconcierto.
—¿Qué crees que estás haciendo, acechando de esa manera?
El rubor que le subió a las mejillas desmentía la severidad de sus palabras.
Penrose tampoco pensó.
Quizá la esperanza poseía algo de Odiseo: siempre encontraba la manera de regresar, incluso cuando uno había jurado no volver a zarpar.
La miró.
Y dijo la verdad antes de poder contenerse.
—He venido a decirte que eres, con diferencia, la criatura más hermosa que he visto en mi vida.