La dama de las amapolas azules (Corazones victorianos nº 4) Capítulo 26
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Capítulo 26

La casa junto a la iglesia de San Bartolomé

Londres — Holborn Viaduct

Holborn Viaduct estaba a solo cinco kilómetros de Portland Square, pero el tiempo que tardaron Phoebe y su madre en llegar lo hizo parecer cien.

Al mediodía, la calle que ascendía hacia la iglesia de San Bartolomé estaba colapsada.

Carruajes, ómnibus, carros de reparto y peatones luchaban por cada centímetro de espacio.

Los caballos resoplaban en medio del polvo, las ruedas traqueteaban sobre los adoquines y los cocheros gritaban para abrirse paso.

Phoebe observó a través de la ventanilla del carruaje cómo un hombre se libraba por poco de ser atropellado.

—Dios mío. Qué caos.

—El ruido es insoportable —murmuró su madre.

Estaba irritable. El Sr. Bellenden se había negado a acompañarlas porque, aunque tenía la garganta mejor, aún no se sentía con ánimo para semejante viaje.

Phoebe volvió la mirada hacia la calle.

Había estado en Holborn Viaduct antes, pero nunca a esa hora. La colina parecía contener una ciudad entera: comerciantes, compradores, periodistas, trabajadores, carruajes, hombres y mujeres de lugares que en Mayfair apenas eran más que nombres.

La casa de la Sra. Tallow apareció finalmente bajo la sombra de Smithfield.

Era modesta y algo deteriorada, pero los rosales rosa pálido que trepaban alrededor de la entrada le conferían una dignidad inesperada. Phoebe percibió su fragancia al pasar bajo las ramas.

Dentro, un ama de llaves las condujo al salón.

La habitación era alegre, casi demasiado alegre para el gusto de Lady Quenby. No había negro, ni crespón, ninguna de las señales de luto que dominaban la vida de su madre.

La Sra. Tallow las recibió vestida de lavanda. Su aspecto era peculiar, casi teatral, pero hablaba con naturalidad sobre la casa y la calle, como si conociera una verdad que las demás aún no habían aprendido a ver.

—Todo el mundo pasa por aquí —explicó—. Damas y caballeros de buenas familias, comerciantes, periodistas, gente pobre, gente rica. Hay miseria y prosperidad, crimen y justicia. No necesito ir a buscarlos. Solo tengo que mirar por la ventana.

Phoebe escuchó con atención.

La simplicidad de la observación la inquietó de un modo que no había esperado.

Mayfair era su mundo. Allí, todo era familiar: las calles, las casas, las familias, las conversaciones. Allí sabía quién era y qué se esperaba de ella.

Pero la familiaridad también podía convertirse en una prisión.

Había un mundo entero más allá de esas calles.

—¿Habla con toda esa gente? —preguntó.

La Sra. Tallow sonrió.

—Con algunos. Pero prefiero observar. Necesito cierta distancia cuando trabajo con el mundo espiritual.

Lady Quenby intervino entonces. La conversación volvió a los temas que las habían llevado allí: las vibraciones de la colina, los antiguos lugares de poder, el templo romano dedicado a Diana.

Phoebe dejó de escuchar.

Había aprendido a hacerlo cada vez que su madre hablaba de espiritismo. No porque se burlara de sus creencias, sino porque sabía que había una herida detrás de ellas que ningún argumento podría cerrar jamás.

Su madre no buscaba fantasmas.

Buscaba a su marido.

Phoebe bebió su té en silencio hasta que una frase la devolvió a la conversación.

—...ver la casa. Quizá pronto sea conveniente que tengamos un lugar como este.

Phoebe levantó la cabeza.

—¿Qué casa?

Lady Quenby frunció el ceño.

—¿No estabas escuchando? La casa de al lado está en alquiler. La Sra. Tallow actúa como casera. La veremos después.

Phoebe no dijo nada.

No podía discutir sobre ello delante de la Sra. Tallow. Tampoco podía expresar el horror que sentía ante la idea de dejar Portland Square para vivir allí.

Pero su mente ya había comenzado a contar las pérdidas.

Holborn Viaduct era demasiado ruidoso, demasiado concurrido, demasiado lejos de todo lo que conocía.

Si Edgar las obligaba a dejar Portland Square y su madre elegía esa casa, Phoebe quedaría prácticamente aislada.

Sus amigas apenas podrían visitarla. Ya no habría más paseos a caballo por Constitution Hill, ni más caminatas por Bond Street, ni más de aquella vida que aún guardaba cierto parecido con la que había conocido antes de la muerte de su padre.

Y Penrose también desaparecería.

La certeza llegó con una precisión casi cruel.

Desde que había roto con él hacía ya tantos años, sus encuentros se habían limitado a los lugares donde la alta sociedad aún se cruzaba: el parque, los bailes, las fiestas. Incluso el viaje a Derbyshire había sido una excepción.

Si vivía en Holborn Viaduct, quizá no volvería a verlo nunca.

Era exactamente lo que había decidido.

Poner fin a esa historia.

Cerrar la puerta.

Phoebe debería haberse sentido aliviada.

En cambio, mientras observaba a su madre hablar con la Sra. Tallow sobre la casa vecina, sintió que algo dentro de ella se enfriaba.

Quizá el corazón no entendía nada de decisiones.

Quizá, como Ariadna después de entregar el hilo, una podía descubrir demasiado tarde que también había estado atando su propio destino.

Phoebe había querido poner fin a Penrose.

Ahora comprendía que elegir el final y desearlo eran dos cosas muy diferentes.