Capítulo 25
La colina del poder
Cuando Phoebe regresó a Portland Square, encontró a su madre tomando el té con varios miembros de su círculo espiritista.
Adelaide Marchmont estaba entre ellos.
Phoebe apenas había cruzado el umbral cuando su amiga se levantó para abrazarla.
—He vuelto esta mañana.
Phoebe la miró sorprendida.
—¿De Sussex?
—Mi tía me dejó volver antes. Tengo que empezar a preparar mi vestido de novia.
Phoebe sonrió.
—¿Boda?
Adelaide asintió, radiante.
El señor Darzi le había pedido matrimonio y ella había aceptado. No necesitaba explicar mucho para que Phoebe comprendiera que había sido una de esas propuestas que hacen que todo lo que antes parecía imposible se vuelva de pronto sencillo.
—Nos casaremos en noviembre —explicó Adelaide—. No queremos una boda grande. Lo que importa es empezar nuestra vida juntos.
Tomó la mano de Phoebe.
—Pero quiero que mis amigas estén allí.
—Allí estaremos.
Adelaide habló de una casa cerca de Primrose Hill y de su caballo, Jupiter, que tendría que acompañarla. Incluso había encontrado la manera de asegurarle un futuro como semental.
Phoebe la escuchó con una mezcla de felicidad y asombro.
Otra de las Amazonas había tomado las riendas de su propia vida.
Primero Adelaide.
Luego Cecily.
Ambas habían elegido.
Ambas habían tenido el valor de aceptar las consecuencias.
Phoebe pensó en Penrose.
Quizá él tenía razón.
Quizá ella también tenía miedo.
El pensamiento era insoportable.
Había demasiadas razones para no pensar en él: había insultado a su madre, cuestionado sus decisiones y, para colmo, se había atrevido a recordarle aquel beso como si tuviera algún derecho a hacerlo.
Ese hombre era insufrible.
Y, sin embargo, bastaba pensar en él para que algo volviera a agitarse en su interior.
No tuvo tiempo de detenerse en ello.
Wakefield apareció en el umbral.
—Lady Phoebe, el capitán Farringdon desea hablar con la señora Farringdon.
Phoebe se levantó.
—Ahora mismo no está. Ha ido a visitar a sus padres.
La expresión del capitán se endureció.
—¿Sola?
Había una acusación en esa única palabra.
Phoebe lo miró con frialdad.
—Decidió ocuparse de sus asuntos en persona. No creo que necesite permiso para hacerlo.
Farringdon respiró hondo.
—Lo sé.
Pero no parecía satisfecho.
—La verdad es que estoy furioso. He descubierto que no puedo vivir sin ella.
Phoebe se limitó a mirarlo.
Había algo casi desarmante en aquella confesión.
El capitán recogió su bolsa y se marchó.
Phoebe se quedó junto a la puerta unos segundos.
Había visto esa expresión antes.
Un hombre incapaz de mantener la compostura porque la mujer que amaba se había vuelto indispensable para él.
Penrose.
El recuerdo regresó sin permiso.
Quiero estar contigo.
Phoebe cerró los ojos.
—Malditos recuerdos.
Regresó al salón.
Su madre la esperaba con perfecta compostura.
—¿Y bien?
—Cecily va a volver con su marido.
Lady Quenby asintió.
—Es lo natural. Los recién casados no deberían separarse en sus primeros días.
Y, sin darle más importancia al asunto, reanudó su conversación.
Phoebe apenas escuchó.
Una de las invitadas hablaba de Mesopotamia, los romanos y sesiones espiritistas que, según ella, adquirían una intensidad particular cerca de Smithfield.
—El lugar se alza sobre una antigua colina de poder —explicó—. Allí hubo en otro tiempo un templo romano dedicado a Diana.
Lady Quenby levantó la vista.
—¿Aquí, en Londres?
La mujer asintió.
—La señora Tallow ha celebrado varias sesiones privadas allí. Dice que la diferencia se percibe de inmediato.
Phoebe observó el rostro de su madre.
Conocía demasiado bien esa expresión.
La idea ya había echado raíces.
No era mera curiosidad.
Era esperanza.
La posibilidad de que en algún lugar de Londres hubiera un sitio donde el velo entre los vivos y los muertos fuera más delgado.
Un lugar desde el cual quizá pudiera volver a oír a su marido.
Lady Quenby apenas habló de otra cosa durante la cena.
A la mañana siguiente, cuando Cecily partió hacia Derbyshire junto a un capitán Farringdon plenamente satisfecho, su madre ya había tomado una decisión.
—No quiero caras largas —le dijo a Phoebe—. Tenemos demasiado que hacer.
—¿Tenemos algún compromiso?
—La señora Tallow nos ha invitado a tomar el té.
Lady Quenby tocó la campanilla.
—Y quizás sea hora de que veamos esa colina con nuestros propios ojos.
Phoebe comprendió lo que eso significaba.
—¿Holborn Viaduct?
Su madre sonrió.
—Sí.
Se volvió hacia la ventana.
—Es hora de que vayamos allí tú y yo.
Phoebe no respondió.
Había regresado de Derbyshire creyendo que el viaje había terminado.
Pero mientras su madre buscaba una puerta hacia los muertos, Phoebe empezaba a comprender que quizás primero tendría que encontrar una salida para los vivos.