La dama de las amapolas azules (Corazones victorianos nº 4) Capítulo 24
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Capítulo 24

Lo opuesto al amor

Phoebe puso a Vulcan al paso.

El viejo semental respiraba con dificultad después de la carrera. Bramble, en cambio, aún parecía capaz de desafiar al mundo entero.

—No puedes rendirte antes de que termine la carrera —protestó Beatrix entre risas mientras volvía a su lado.

Phoebe acarició el cuello húmedo de su caballo.

—Me temo que sus días de carreras han quedado atrás. Es hora de que se retire al campo.

—Y Bramble parece decidido a correr por los dos. Lástima que Cecily no esté aquí.

Phoebe sonrió.

—Cecily tiene otros asuntos que atender.

Y así era.

Desde que regresaron a Londres, Phoebe se había dado cuenta de que su amiga ya no necesitaba que nadie organizara su vida por ella. Cecily estaba lidiando con su herencia y con sus padres, decidida a afrontar sola lo que tuviera por delante.

Phoebe estaba orgullosa de ella.

Y un poco desconcertada.

Había querido proteger a Cecily, solo para descubrir que Cecily ya no necesitaba protección.

Quizá ese era el verdadero cambio que había traído su matrimonio.

No era el matrimonio en sí lo que la había transformado.

Era la decisión de tomar las riendas de su propia vida.

—El matrimonio la ha cambiado —observó Beatrix.

Phoebe negó con la cabeza.

—Creo que el matrimonio fue la consecuencia, no la causa.

Beatrix la miró con interés.

—Entonces quizá deberíamos seguir su ejemplo.

—¿Fugarnos con un capitán famoso?

—Siempre que resultara ser el héroe y no el villano de la historia.

Phoebe se rio.

—Sería más fácil distinguir a uno del otro si los hombres no se esforzaran tanto en ocultar quiénes son en realidad.

Las palabras quedaron suspendidas entre ellas.

Phoebe pensó de inmediato en Penrose.

Su sonrisa.

Todo lo que ocultaba tras ella.

Después de seis años, apenas sabía quién era ese hombre. Y ya no tendría la oportunidad de averiguarlo.

Eso era lo que había decidido.

O, al menos, lo que se había estado diciendo desde que regresaron de Derbyshire.

Las lágrimas ya se habían secado.

Lo que quedaba era amargura.

Una vieja amargura, aunque ahora llevaba un rostro diferente.

—Mi hermano dice que toda persona tiene dos rostros —comentó Beatrix—. El que es de verdad y el que elige mostrar al mundo.

Phoebe bajó la mirada.

Penrose.

Eso era precisamente lo que lo había hecho tan difícil de olvidar.

La sonrisa fácil, la ironía, la forma en que podía convertir cualquier conversación en una batalla que parecía disfrutar.

Y debajo de todo eso, un hombre al que apenas había empezado a conocer.

—Tu hermano dice demasiadas cosas.

—Es cierto. Últimamente, además, tiene a alguien nuevo que le da la razón en todo.

Phoebe volvió la cabeza.

—¿Quién?

—Amanda Trent.

El nombre pareció irritar a Beatrix.

—La conoció en una conferencia ecuménica. Vendrá a Londres durante las fiestas, y mi hermano no habla de otra cosa.

Phoebe comprendió.

—¿Tiene intención de casarse con ella?

—Sí.

Beatrix suspiró.

—Y cuando lo haga, ya no habrá lugar para su hermana soltera.

Phoebe la miró con preocupación.

—¿Qué harás?

—¿Qué puedo hacer? No tengo la fortuna de Cecily. Ni tampoco un antiguo capitán del ejército dispuesto a llamar a mi puerta.

Intentó tomarlo a la ligera, pero Phoebe captó la inquietud bajo sus palabras.

—Podrías irte de Londres.

—¿Adónde iría?

Phoebe lo consideró.

—Me han invitado a pasar la Navidad en Wiltshire. Podrías venir conmigo.

Beatrix la miró con sorpresa.

—¿Quién da la fiesta?

Phoebe tardó más de la cuenta en responder.

—El conde de Alderwick.

Antes de que pudiera decir nada más, divisó a lo lejos un faetón que conocía demasiado bien.

Dos yeguas castañas se acercaban a paso constante.

Penrose.

Conducía con su habitual soltura. La luz del sol parecía seguirlo, y por un momento Phoebe pensó que bien podría haber sido Apolo.

La comparación murió en el instante en que reparó en sus pantalones a cuadros y esa chaqueta de color imposible.

Ridículo.

Incluso vestido así, seguía siendo él mismo.

Y su traicionero corazón parecía complacido de verlo.

Penrose aminoró la marcha al acercarse.

Estaba sonriendo.

Siempre estaba sonriendo.

Pero esta vez la sonrisa no le llegaba a los ojos.

—Y ahora solo quedan dos.

Phoebe endureció la expresión.

—Como siempre, sus poderes de observación me asombran.

—Sus filas están menguando, milady. Primero desapareció la Srta. Marchmont, y ahora la Sra. Farringdon. ¿Cómo debo llamarlas? ¿Las últimas supervivientes?

Phoebe espoleó a Vulcan para que avanzara.

—Perdónenos si continuamos cabalgando mientras usted ejercita su limitado ingenio.

—Disfruto del ejercicio, milady.

La voz de Penrose cambió ligeramente al pasar junto a ella.

—Especialmente los largos paseos por los bosques de Derbyshire.

Phoebe sintió que el estómago se le contraía.

—Espero que caiga directamente al mar.

La sonrisa de Penrose se ensanchó.

Esta vez era sincera.

—Como siempre, estaré encantado de obedecer sus órdenes.

Se tocó el ala del sombrero.

—Buenos días, milady. Srta. Fenwicke.

El faetón continuó su camino.

Phoebe soltó el aliento que había estado conteniendo.

Maldito hombre.

No quería que le importara.

Pero le importaba.

Beatrix esperó hasta que Penrose hubo desaparecido antes de mirarla.

—¿Vas a ir a la fiesta de tu abuelo?

Phoebe asintió.

—Sí.

—¿Y él te invitó?

—Sí.

Los ojos de Beatrix se abrieron de par en par.

—¿Y aceptaste?

Phoebe sintió que ya no podía ocultarlo.

—Hubo un tiempo en que me gustaba.

La confesión le dejó un sabor extraño en la boca.

—Pero ahora no hacemos más que discutir. Hemos discutido tanto que ninguno de los dos parece capaz de perdonar al otro.

Bajó la voz.

—A veces creo que lo odio.

Beatrix sonrió.

—Eso significa que todavía tienes una oportunidad.

Phoebe la miró, desconcertada.

—¿Una oportunidad de qué? El odio es lo opuesto al amor.

—No. Lo opuesto al amor es la indiferencia.

Phoebe permaneció en silencio.

Beatrix continuó cabalgando junto a ella.

—Si ese hombre aún puede irritarte, significa que todavía te importa.

Phoebe quiso negarlo.

No pudo.

Porque el problema no era que Penrose todavía tuviera poder sobre ella.

El verdadero problema era que, a pesar de todo lo que había decidido, todavía sentía algo cada vez que él aparecía.

Y eso era mucho más difícil de combatir que cualquier recuerdo.