Capítulo 23
La deuda de los vivos
La casa de deudores se alzaba en una calle estrecha cerca de Lincoln's Inn Fields, con una fachada tan deteriorada que parecía haber renunciado a toda pretensión de respetabilidad.
Penrose conocía lugares como aquel.
No por experiencia personal, sino por varios conocidos de Cambridge cuyas extravagancias habían acabado llevándolos allí.
Eran una especie de purgatorio para hombres endeudados: no exactamente una prisión, pero tampoco libertad.
Allí permanecían hasta satisfacer a sus acreedores o hasta que el asunto llegara a los tribunales.
Dejó las yeguas al cuidado de un muchacho del lugar y subió los escalones.
Dos golpes.
Un hombre de aspecto grasiento abrió la puerta.
—Gabriel Merriweather.
El hombre sonrió.
—Por aquí, milord.
Penrose lo siguió escalera arriba hasta una habitación al final del pasillo. De las otras habitaciones llegaban voces, risas y los sonidos de hombres que intentaban preservar algún vestigio de dignidad mientras esperaban recuperar su libertad.
El encargado abrió la puerta.
—Alguien desea verlo, señor. ¿Le traigo una cerveza?
—No quiero más cerveza —gruñó Gabriel desde dentro.
Penrose entró.
La habitación era pequeña y desnuda. Una cama estrecha, una mesa, una silla.
Gabriel estaba sentado al borde del colchón, con la cabeza entre las manos. Sin levita ni corbatín, parecía mucho más joven que cuando Penrose lo había visto en otras circunstancias.
—Debería haber sabido que acabarías aquí.
Gabriel levantó la cabeza.
—Y yo debería haber sabido que Rosalie no sería capaz de guardar un secreto.
Penrose cerró la puerta.
—La encontré sola en una calle concurrida, con el dinero de la casa en el bolso. Podrían haberla robado, engañado o algo peor.
Gabriel apartó la mirada.
—Le dije a madre que enviara un carruaje.
—¿Y quién habría mantenido a tu familia mientras estabas aquí?
Gabriel no respondió.
Penrose se sentó frente a él.
El parecido entre ambos era inquietante. La misma altura, los mismos hombros, la misma mandíbula. El mismo padre había dejado su huella en los dos.
Pero ahí terminaba el parecido.
—¿Cuánto debes?
Gabriel esbozó una sonrisa amarga.
—Quinientas libras.
Penrose cerró los ojos un instante.
—¿A quién?
—A mi sastre, al zapatero y a Garrard's.
—¿Qué compraste?
—Una joya.
—¿Para quién?
Gabriel no respondió.
Penrose no insistió.
Aquella compra en concreto no era el problema. Era la pauta de conducta.
—¿Tienes otras deudas?
—No con comerciantes.
—¿Y de juego?
El silencio fue respuesta suficiente.
Penrose sintió que algo en su interior cedía al fin.
—Te advertí que no podía seguir pagando por esto.
—Pero lo harás.
Gabriel lo miró con una mezcla de desafío y resentimiento.
—Por eso has venido, ¿no? Pagarás lo que sea con tal de que me calle.
Penrose lo observó con detenimiento.
—No vuelvas a equivocarte. Si pago esta vez, será por tu madre y tus hermanas.
Gabriel soltó una risa breve.
—Por supuesto. Siempre tan noble.
—No es nobleza. Es responsabilidad.
—Tengo diecinueve años.
—Pues empieza a comportarte como un hombre de diecinueve años.
Gabriel se irguió.
—Soy tan caballero como tú.
—No.
La respuesta fue tajante.
—Quizá algún día lo seas. Pero un caballero no arrastra a su madre y a sus hermanas a la ruina para financiar sus caprichos.
Gabriel apretó los puños.
—Si tuviera dinero propio...
—Consigue un empleo.
Gabriel lo miró como si Penrose le hubiera sugerido que abandonara Inglaterra y se hiciera aeronauta.
—¿Un empleo? ¿En una tienda?
Penrose dejó escapar una risa breve.
—Tu padre no era rico, Gabriel.
La sonrisa se borró del rostro del joven.
—No hables de él.
—No hace falta que lo conviertas en un hombre poderoso ahora que está muerto. Vivía de sus artículos y de las rentas de unas pocas propiedades. No dejó ninguna fortuna.
Gabriel lo miró fijamente.
—Él me quería.
Las palabras golpearon a Penrose con cruel precisión.
No porque fueran del todo ciertas, sino porque contenían un fragmento de verdad que él llevaba años evitando.
Su padre había elegido otra vida.
Había tenido otros hijos.
Y Penrose no había bastado para retenerlo.
Sintió que la vieja herida se abría, pero no dejaría que Gabriel lo notara.
—Quizá tengas razón.
El joven se mostró sorprendido.
Penrose sonrió.
—Solo desearía que te hubiera querido lo bastante para cambiar su testamento.
Los ojos de Gabriel relampaguearon de ira.
Penrose se arrepintió de sus palabras al instante.
No quería convertir aquello en una disputa entre dos hijos que habían heredado la misma ausencia.
Se levantó.
—Vamos. Recoge tus cosas.
Gabriel no se movió.
—Saldaré la deuda y te llevaré a casa. Luego hablaremos de cómo piensas vivir a partir de ahora.
—No quiero tu caridad.
—No te la estoy ofreciendo.
Penrose señaló la puerta.
—Te estoy dando una última oportunidad.
Gabriel permaneció inmóvil varios segundos.
Por fin, se levantó.
Cogió el abrigo con movimientos bruscos.
—Un día te borraré esa sonrisa de la cara.
Penrose lo miró.
—Te deseo suerte.
Gabriel pasó junto a él.
—No necesito suerte.
—Entonces procura no necesitar otras quinientas libras.
Por primera vez, Gabriel no tuvo respuesta.
Penrose salió tras él.
Había saldado una deuda.
Pero sabía que el problema no era el dinero.
Era la herencia invisible de un hombre que había dejado demasiadas cosas sin resolver.
Y algunas deudas, comprendió, no se pagaban con dinero.
Se heredaban.