Capítulo 22
Lo que el silencio no puede resolver
—¿Es el correo?
El conde de Alderwick apareció en el umbral de la biblioteca.
Penrose levantó la vista de la correspondencia que acababa de revisar. Había llegado hacía menos de cinco minutos y ya había comprobado lo que temía: ninguna carta de Gabriel.
Su abuelo entró con las manos aún manchadas de tierra. El jardín lo había tenido muy ocupado últimamente, y las nuevas rosas de té le interesaban casi tanto como cualquier asunto familiar.
—Espero una carta de un perfumista de Cannes. Está interesado en una variedad que he logrado cultivar. ¿No ha llegado nada?
—No.
Penrose dejó las cartas sobre el escritorio.
Gabriel no había dado señales de vida desde que Penrose había regresado a Londres.
Eso era lo que le preocupaba.
Había pasado un día entero en su búsqueda, sin éxito. Ni su madre ni sus hermanas sabían dónde estaba. Tampoco había aparecido en ninguno de sus lugares habituales.
Era demasiado fácil imaginarlo aparecer ante su abuelo con una nueva historia y otra deuda.
—Puede dejar la correspondencia ahí —dijo el conde—. La revisaré más tarde.
Penrose obedeció.
—¿Tiene algo más urgente?
—Esas amapolas azules de las montañas de Sikkim.
Penrose sonrió a pesar de sí mismo.
—Creí que por fin estaban mejorando.
—Las hojas sí. Las flores se niegan a cooperar.
Penrose sabía lo bastante de plantas como para haber aconsejado a su abuelo sobre el drenaje del suelo. Su conocimiento no provenía de ninguna pasión particular por la jardinería, sino de su costumbre de observar y escribir sobre casi cualquier cosa que despertara su curiosidad.
—Quizá Benedict tenga alguna idea —dijo.
—Eso espero.
El conde tomó una hoja de papel y comenzó a escribir una nota.
Luego levantó la vista hacia su nieto.
—¿Vas a salir de nuevo?
Penrose se puso los guantes.
—Tengo una cita.
—Con Lady Phoebe, supongo.
Penrose se quedó inmóvil.
Había intentado no pensar en ella desde que regresó a Londres.
Sin éxito.
Phoebe había formado parte de su vida durante tanto tiempo que su ausencia resultaba casi tan tangible como su presencia. No había sido exactamente su novia, ni su amiga. Había sido algo mucho más peligroso: una posibilidad.
Durante años, había vivido con la esperanza de que, algún día, las circunstancias cambiarían y Phoebe comprendería que aún lo amaba.
Ahora ella había decidido cerrar esa puerta.
Y él sabía que debía hacer lo mismo.
No quería.
—Se equivoca. No voy a ver a Lady Phoebe.
El conde sonrió levemente.
—No necesitas ocultármelo.
Penrose suspiró.
—No hay nada que ocultar.
—Siempre he pensado que es una joven excelente.
Aquello le hizo alzar la mirada.
—¿De verdad?
—Su padre era un hombre excelente. Y también lo es su viuda, aunque tenga su propia manera de enfrentarse a la vida.
El conde volvió a su carta.
—En cuanto a su hija, tiene carácter. Es una cualidad que merece preservarse en una familia.
Penrose pasó el pulgar por el borde del guante.
No necesitaba imaginar a Phoebe como su esposa.
Y mucho menos como la madre de sus hijos.
—La invité a pasar las fiestas en Ashbourne House.
—Excelente.
El conde continuó escribiendo.
—¿Vendrá su madre?
—Supongo que sí.
Aunque ya no estaba seguro.
Después de lo sucedido en Derbyshire, se preguntaba si Phoebe aceptaría la invitación.
Incluso había considerado liberarla del compromiso.
Era lo que habría hecho un caballero.
Pero estaba cansado de comportarse como tal en lo que a Phoebe se refería.
Se despidió de su abuelo y salió.
El faetón esperaba frente a la casa.
Merlin y Calypso agitaban la cabeza con impaciencia.
—Están de mal humor, señor.
—No. Están ansiosas por correr.
Penrose acarició los hocicos de las yeguas y subió al vehículo.
—Hoy no.
Tomó las riendas.
Tenía otro asunto que resolver.
Gabriel.
Condujo hacia Kensington y luego cruzó el río en dirección a Wandsworth. Al acercarse al barrio donde vivían los Merriweather, tuvo que aminorar la marcha para dejar pasar un carro.
Entonces la vio.
Rosalie.
Estaba de pie, sola, junto a una parada de ómnibus, vestida con sencillez, con una expresión impropia de quien simplemente hace un recado.
Penrose detuvo el faetón.
—Rosalie.
Levantó la vista, sobresaltada.
—¡Penrose! ¿Qué haces aquí?
—Podría preguntarte lo mismo.
La estudió con la mirada.
—¿Adónde vas?
—A visitar a un amigo.
Penrose no necesitó más.
—¿Gabriel?
Rosalie bajó la mirada.
La respuesta estaba escrita en su rostro.
Penrose cerró los ojos un momento.
Solo la lealtad a su hermano podría haberla llevado sola a esa parte de Londres.
—Sube.
Vaciló.
—Pero...
—No pierdas tiempo. Ya hemos dado bastante espectáculo.
Rosalie subió al faetón.
Penrose azuzó a las yeguas.
Durante varios segundos, ninguno de los dos habló.
—¿Me llevas a casa?
—Sí.
Su voz era firme.
—Pero tienes cinco minutos para decirme dónde está Gabriel.
Rosalie se aferró al asiento mientras el faetón cobraba velocidad.
Penrose mantuvo la vista al frente.
La maraña volvía a cerrarse.
Y, por alguna razón que no quería admitir, tenía la sensación de que el problema que intentaba resolver en su familia estaba a punto de arrastrarlo a otro asunto mucho más peligroso.
Phoebe.
Porque en su vida, como en los viejos mitos, cada camino que parecía conducir a una salida acababa devolviéndolo al mismo lugar.