La dama de las amapolas azules (Corazones victorianos nº 4) Capítulo 18
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Capítulo 18

La luz sobre lo oculto

Phoebe observó a Penrose bajo la luz de la lámpara.

El corazón le latía con tanta fuerza que casi le dolía. No por el insulto del borracho, sino por la violencia con la que Penrose había reaccionado al oírlo.

Había sido una defensa posesiva e innecesaria. Y, para su desgracia, la había conmovido.

No estaba tan ciega como para negarlo.

—¿Era realmente necesario?

Penrose la miró, con el rostro aún tenso.

—¿Habrías preferido que dejara que ese hombre te insultara?

Phoebe alzó ligeramente la barbilla.

—No soy una damisela en apuros.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué saliste en mi defensa? ¿Por qué te importa lo que diga un desconocido?

Penrose guardó silencio un momento.

—Porque eras tú.

La respuesta era tan simple que Phoebe no supo qué hacer con ella.

—No eres mi padre ni mi hermano —dijo al fin.

—No. Gracias a Dios.

Su voz había recuperado algo de su ironía habitual, pero sus ojos seguían serios.

—A veces ni siquiera sé si puedo llamarme tu amigo. Pero no te equivoques, Phoebe. Si alguien vuelve a insultarte o a amenazarte, estaré ahí. Aunque tenga que defenderte hasta mi último aliento.

Ella no respondió.

No porque no tuviera nada que decir, sino porque empezaba a comprender que Penrose ya no era el hombre que recordaba.

Y quizá ella tampoco era ya la chica que él había conocido.

Penrose metió las manos en los bolsillos mientras caminaban por el patio vacío de los establos.

Había dicho demasiado.

O quizá, por una vez, lo suficiente.

Phoebe permanecía en silencio. Él también. La conversación de hacía unos minutos seguía resonando en su mente.

No soy una damisela en apuros.

Tenía razón.

Durante años, había conservado en su memoria a la chica que había conocido cuando eran jóvenes: hermosa, reservada, aún insegura de sí misma. Pero la mujer que caminaba a su lado era otra. Había aprendido a defenderse, y no parecía necesitar a ningún hombre para hacerlo por ella.

Aquella constatación le produjo una extraña mezcla de admiración y pérdida.

—Creo que tú y yo hemos pasado más tiempo a solas estos dos últimos días que en los seis años anteriores —dijo al fin.

Phoebe se volvió hacia él.

—Creo que tienes razón.

La luna llena bañaba el camino con una luz serena. Sobre los páramos, el cielo estaba despejado y profundo; las estrellas parecían más numerosas que en Londres, donde el humo del carbón ocultaba casi todas.

Penrose la miró de reojo.

Por un momento, no quiso hablar de sus problemas.

Quería conservar aquel silencio.

—¿Cómo estaba Cecily?

Phoebe tardó un momento en responder.

—Feliz.

Pronunció el nombre de su amiga con una leve sonrisa.

—Tendré que acostumbrarme a llamarla Sra. Farringdon. Todavía me resulta extraño.

—No hay nada extraño en que una mujer adopte el apellido de su marido.

Phoebe lo miró.

—Quizá no para ti. Un hombre no abandona su nombre, ni su hogar, ni la familia en la que nació. Una mujer puede tener que dejarlo todo atrás.

Penrose oyó la dureza bajo sus palabras.

—Cecily no parecía lamentarlo.

—No. Creo que eligió su vida. Eso es diferente.

Penrose la observó con atención.

Comprendió entonces que Phoebe no estaba hablando solo de Cecily.

—¿Te has quedado tranquila después de verla?

—No del todo. Siempre me preocupo por las personas que amo.

Luego lo estudió con esos ojos color jerez que parecían capaces de atravesar cualquier defensa.

—¿Vas a contarme qué te pasa?

Penrose sonrió levemente.

—¿Debo entender que me consideras un amigo?

—Un conocido peculiar, al menos.

Él soltó una breve risa.

Luego dejó de sonreír.

Phoebe ya conocía algunos de sus secretos. Había sido discreta con ellos. Y a pesar de todo lo que había ocurrido entre ambos, Penrose seguía confiando en ella más de lo que era sensato.

Le habló del telegrama de Gabriel.

Le contó que había decidido cortar su ayuda económica si Gabriel volvía a intentar acercarse a su abuelo o a su tío.

Phoebe escuchó sin interrumpir.

—¿No crees que has ido demasiado lejos?

—He intentado todo lo demás. Hablar con él. Razonar con él. Ser paciente. Pagar sus deudas. Cada vez que saldo una, aparecen dos más.

—Entonces has estado alimentando el problema.

Penrose frunció el ceño.

—No pareces estar de mi lado.

—No estoy de su lado. Intento encontrar una salida.

Phoebe caminó unos pasos en silencio.

—Tus hermanastras no tienen la culpa de lo que hace Gabriel.

—No voy a abandonarlas.

—Entonces ellas no son el problema.

Penrose se detuvo.

—¿Qué sugieres?

Phoebe alzó la vista hacia él.

—Que dejes de cargar con el secreto tú solo.

La sugerencia le provocó un rechazo inmediato.

—No.

—¿Por qué?

—Porque era mi padre.

—Y también era el hijo de tu abuelo y el hermano de tu tío.

Penrose apartó la mirada.

Había una vieja herida detrás de ese silencio. Una que llevaba años protegiendo con dinero, discreción y una disciplina casi feroz.

Phoebe lo comprendió.

—No puedes pagar para siempre por los pecados de un hombre muerto.

—Es mi responsabilidad.

—No. Es tu culpa.

Penrose volvió a mirarla.

La diferencia entre esas dos palabras quedó suspendida entre ellos.

Phoebe se acercó un poco más.

—Y no son lo mismo.

Él quiso responder, pero no encontró las palabras.

Ella continuó.

—Estás intentando sostener una casa que ya se ha quemado. No importa cuánto dinero arrojes sobre las ruinas. Seguirán siendo ruinas.

Penrose soltó el aire lentamente.

—¿Qué harías tú?

—Sacarlo a la luz.

Él negó con la cabeza.

—Imposible.

Phoebe arqueó una ceja.

—¿Por qué?

—Porque destruiría a mi familia.

—Quizá destruiría la mentira que la mantiene unida.

Penrose la miró en silencio.

Entonces Phoebe sonrió levemente, con esa expresión que siempre anunciaba una corrección.

—Además, estás confundiendo tus mitos.

Él la miró, desconcertado.

—¿Mis mitos?

—La Hidra no es lo que necesitas aquí. Esto son los establos de Augías.

Penrose soltó una risa breve, casi incrédula.

—¿Los establos de Augías?

—Un lugar inmundo que solo pudo limpiarse desviando un río. A veces uno pasa años intentando limpiar algo con sus propias manos cuando lo sensato sería dejar entrar el agua.

Penrose la observó.

Era exactamente el tipo de consejo que no quería escuchar.

Y, precisamente por eso, quizá era exactamente lo que necesitaba.

—Estás sugiriendo que lo revele.

—Estoy sugiriendo que dejes de cargar tú solo con las consecuencias de las acciones de otros.

—Mi abuelo no lo soportaría.

—Tu abuelo es un adulto.

—Mi tío tampoco.

—Él también es un adulto.

Penrose guardó silencio.

Phoebe había encontrado el punto preciso donde su obstinación dejaba de ser noble y empezaba a convertirse en un sacrificio inútil.

—No puedes ser el único que pague una deuda que nunca contrajiste —dijo ella con suavidad.

Él la miró bajo la luz de la luna.

Durante años, había creído que proteger a su familia significaba ocultar, pagar, soportar.

Ahora Phoebe le mostraba otra posibilidad: que la lealtad también podía significar negarse a seguir mintiendo.

—No —dijo al fin—. No puedo hacerlo.

Phoebe acortó la distancia entre ellos.

—Entonces tendrás que encontrar otra forma.

Penrose bajó la mirada hacia ella.

Y por primera vez esa noche, comprendió que Phoebe no había salido a caminar con él solo para distraerlo.

Había venido porque, a pesar de todo lo que había ocurrido entre ellos, todavía le importaba.

Eso era más peligroso que cualquier deuda.

Y mucho más difícil de saldar.