La dama de las amapolas azules (Corazones victorianos nº 4) Capítulo 14
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Capítulo 14

Lo que aún no había terminado

A la mañana siguiente, Lucian acompañó a Phoebe y a su madre a la estación.

Le dolía la cabeza.

Después de que Phoebe abandonara el comedor la noche anterior, él se había quedado allí hasta que el fuego se consumió. Había terminado el pastel que ella se había negado a comer y había vaciado la botella de vino.

No había sido una buena noche.

Las palabras de Phoebe no dejaban de darle vueltas.

Me dijiste que olvidarías.

Que yo no era nada especial.

Que solo te declaraste porque sentías lástima por mí.

No había olvidado ninguna de esas palabras.

Tampoco había olvidado las que ella le había lanzado a cambio.

Habían sido jóvenes. Él acababa de regresar de las montañas de Sikkim, todavía en esa edad en la que un hombre cree poder exigir que el amor se comporte como una deuda.

Sus padres habían muerto, los secretos de su familia habían destruido muchas de las certezas sobre las que había construido su vida, y cuando regresó a Inglaterra, había pensado que Phoebe sería lo único que permanecería.

Había esperado encontrarla dispuesta a casarse con él.

En cambio, la había encontrado vestida de negro.

Aún de luto.

Aún al lado de su madre.

—Me necesitan en casa —le había dicho ella.

Penrose no había sabido escuchar lo que esas palabras significaban.

Solo había oído rechazo.

—¿Cuánto tiempo más?

—No lo sé. Quizá un año.

Él había esperado lo suficiente. O eso había creído.

—No esperaré ni un minuto más.

Phoebe había intentado explicarse.

Su madre la necesitaba. No podía abandonarla con la conciencia tranquila. Si tenía que elegir entre su deber y él...

—La elección no debería ser difícil —había respondido él.

Ahora comprendía la crueldad de esas palabras.

Entonces, no.

Entonces, lo único que había sentido era que la estaba perdiendo de nuevo.

Phoebe había hablado de sacrificio, amor y deber.

Él había respondido con orgullo.

Y cuando ella le recordó el beso bajo el muérdago y la propuesta que había seguido, Penrose había convertido su dolor en un arma.

Había dicho que el beso había sido una tontería.

Que la propuesta había sido un error.

Que se arrepentía.

Y luego había dicho lo peor de todo.

Que solo había mantenido el compromiso por lástima.

Que ella era débil, cobarde e insignificante.

Incluso había pronunciado el nombre de otra mujer.

Octavia Voronin.

Phoebe había recibido cada palabra como una herida.

Y sin embargo, había encontrado la fuerza para herirlo a cambio.

Lo había llamado inútil.

Le había dicho que no poseía ni una pizca del carácter de un caballero.

Luego lo había liberado de su compromiso.

Penrose aún recordaba el momento en que se dio cuenta de que había destruido el único puente entre ellos.

Había abandonado aquella casa sabiendo que se arrepentiría.

Y lo había hecho.

Durante seis años y medio.

Ahora Phoebe estaba sentada frente a él, vestida de negro, con la misma determinación que tenía entonces y una fragilidad que luchaba por ocultar.

Penrose quería provocarla, como tantas veces había hecho.

Quería hacerla sonreír.

Pero la noche anterior la había visto abandonar el comedor temblando.

Ya no podía fingir que no le importaba.

—Ripon es la última parada antes de la finca Farringdon —explicó mientras el tren comenzaba a reducir la velocidad—. Desde allí, tendremos que continuar en carruaje.

Phoebe se llevó una mano a la sien.

Penrose lo notó.

—Si lo prefieres, podríamos pasar la noche allí.

Lady Quenby levantó la vista de su almanaque.

—No. Continuaremos directamente.

Phoebe permaneció en silencio.

Penrose observó el rostro pálido de la mujer que amaba y sintió una irritación que no iba dirigida a ella.

—Podríamos avisar al capitán Farringdon antes de llegar a su casa.

Lady Quenby desestimó la idea.

Phoebe habló entonces.

—Quiero hacer una parada.

Su madre la miró con sorpresa.

—¿Por qué?

—Quiero comprar un regalo para Cecily.

—¿En Ripon?

—Un libro. Debe de haber una librería.

Penrose intervino antes de que la conversación pudiera convertirse en otra discusión.

—Yo te encontraré uno.

Phoebe lo miró.

—Gracias.

Era una frase sencilla.

Pero él la recibió como si ella le hubiera concedido algo mucho más valioso.

Cuando llegaron a Ripon, Pryor los esperaba en el andén con un pequeño frasco de plata.

Penrose lo había dispuesto durante el viaje.

Encontró a Phoebe a solas mientras su madre y Cressida se retiraban unos minutos.

El viento arrastraba polvo y arena por el andén.

Penrose se colocó instintivamente delante de Phoebe para protegerla.

—Perdóname —dijo—, pero no tienes buen aspecto.

—No recuerdo haber pedido tu opinión.

—Ha sido una observación, no un insulto.

Sacó la petaca.

—Toma.

Phoebe la aceptó con recelo.

—¿Qué se supone que debo hacer con esto?

—Beber.

—¿Qué contiene?

—El remedio de Pryor para la resaca. No me preguntes qué lleva. Si alguna vez me lo dice, lo patentaré y haré una fortuna.

Por primera vez desde la noche anterior, Phoebe sonrió levemente.

—¿Tú también lo has tomado?

—Me duele más la cabeza que a ti.

Ella lo miró con una expresión que mezclaba reproche con algo muy parecido a la ternura.

—Eso es lo que pasa cuando bebes demasiado.

—Lo considero un castigo justo.

Phoebe bebió.

La mueca que hizo después bastó para que Penrose reprimiera una sonrisa.

—Sabe horrible.

—Las medicinas amargas suelen ser las que funcionan.

Guardó la petaca.

Durante unos momentos, permanecieron en silencio.

El viento agitaba las plumas negras del sombrero de Phoebe.

Penrose pensó en el beso de seis años atrás.

Pensó en todo lo que había perdido desde entonces.

Y en todo lo que, contra toda razón, aún esperaba.

Phoebe habló primero.

—Algún día tendremos que hablar de todo esto.

Penrose la miró.

—Sí.

—Como es debido. No podemos seguir así.

—No.

Ella respiró hondo.

—Terminó hace tanto tiempo...

Penrose sintió que algo se tensaba en su interior.

—¿Terminó?

Phoebe sostuvo su mirada.

Él se acercó un paso, lo justo para protegerla del viento e impedir que ella mirara a otro lado que no fuera él.

—No ha terminado.

Phoebe no respondió.

Penrose tampoco dijo nada más.

No era el momento.

Pero por primera vez en muchos años, ambos parecieron comprender lo mismo:

el pasado no estaba detrás de ellos.

Simplemente había estado esperando.