La dama de las amapolas azules (Corazones victorianos nº 4) Capítulo 9
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Capítulo 9

Lo que el dolor no puede arrebatar

A las nueve menos cuarto, Phoebe esperaba en el salón del desayuno, ya vestida para el viaje y con el equipaje listo.

Había dormido muy poco.

Desde que Beatrix le advirtió que un viaje con Lucian Penrose podría resultar más peligroso para ella que cualquier fantasma en Derbyshire, Phoebe se había prometido mantener la cabeza fría. No pensaba darle la menor oportunidad de hacerle perder la compostura.

Bien sabía Dios que Penrose tenía un talento especial para conseguirlo.

Wakefield apareció con el correo de la mañana.

—Dos cartas para usted, milady.

Phoebe reconoció los sobres antes de abrirlos.

Cecily.

El pulso se le aceleró.

Las cartas se habían enviado quince días antes desde Blackthorn Grange, en Derbyshire, y habían tardado demasiado en llegar. Abrió la primera con una mezcla de aprensión y alivio.

No tardó en darse cuenta de que se había equivocado.

Cecily no estaba retenida contra su voluntad.

Había sido ella quien había decidido.

La carta hablaba de sus últimos días en Londres, de una situación familiar que se había vuelto insoportable y de la visita del capitán Farringdon.

Cecily describía al hombre, a quien Phoebe apenas conocía, como amable y honorable.

Había acudido a ella cuando estaba enferma y vulnerable, y aquel gesto lo había cambiado todo.

Entonces llegó la frase que hizo a Phoebe soltar la carta sobre la mesa.

Cecily le había propuesto matrimonio a él.

—¡Cecily! ¿Qué has hecho?

Continuó leyendo.

Su amiga no solo estaba convencida de haber elegido bien; parecía feliz. La segunda carta era aún más clara. Estaba escrita con la misma intensidad romántica con la que Cecily hablaba de sus novelas y de los héroes que las habitaban.

Había encontrado en Derbyshire la felicidad que una vez creyó que solo existía en la ficción.

Phoebe terminó de leer y permaneció inmóvil.

Todo ese tiempo había estado intentando salvar a una mujer que no necesitaba que la salvaran.

—Santo cielo.

Había organizado un viaje, reclutado a Penrose y arrastrado a su madre a Derbyshire para enfrentarse a un peligro que solo existía en su imaginación.

Y ahora tendría que enfrentarse a la consecuencia más incómoda de todas:

el viaje seguía adelante.

Phoebe se levantó y se apresuró hacia la habitación de su madre.

Lady Quenby estaba sentada frente al tocador mientras Cressida terminaba de arreglarle el cabello.

—No necesitamos ir.

Su madre la miró a través del espejo.

—¿Qué estás diciendo?

—Cecily no está en peligro. Podemos quedarnos en Londres.

Lady Quenby frunció los labios.

—¿Ahora?

Phoebe intentó explicarse.

—El señor Blackwater se equivocó. Todo lo que escribió sobre Ravensmere Hall...

—No es cuestión de equivocarse. El artículo hablaba de una oportunidad extraordinaria.

—Es una columna de periódico.

—Una columna que tú misma consideraste importante hace apenas unos días.

Phoebe cerró los ojos un momento.

Su madre tenía razón.

No podía desmantelar en una sola mañana la historia que ella misma había puesto en marcha.

—Partiremos en una hora —decidió su madre.

Phoebe estaba a punto de responder cuando algo cayó detrás del tocador.

Un pequeño frasco de cristal.

Cressida lo recogió rápidamente, pero Phoebe ya lo había visto.

—Déjanos.

La doncella salió.

Phoebe tomó el frasco.

Láudano.

El miedo sustituyó de inmediato a la irritación.

—¿De dónde has sacado esto?

Lady Quenby se lo arrebató.

—Lo conseguí yo misma.

Phoebe sintió que el pasado se abría bajo sus pies.

Recordaba demasiado bien los primeros meses tras la muerte de su padre: las cortinas corridas, la habitación en penumbra, la falta de apetito de su madre, su silencio, y aquel frasco que parecía haberse convertido en una frontera entre el duelo y la vida.

Phoebe había temido perderla también a ella.

—Prometiste que nunca volverías a tomarlo.

—Tengo dificultades para dormir.

—Entonces llámame.

Su madre le dedicó una sonrisa cansada.

—¿A las dos de la madrugada?

—Sí.

—No puedes pasarte todas las noches velándome.

—Puedo intentarlo.

Aquello hizo a Lady Quenby bajar la mirada.

—No sabes lo que significa estar sola.

—No estás sola. Me tienes a mí.

La condesa le apretó los dedos.

—Y doy gracias a Dios por ello. Pero no es lo mismo.

Phoebe comprendió lo que quería decir, aunque no le gustara.

Su madre había perdido al hombre que había sido el centro de su vida. Desde entonces, ninguna compañía podía ocupar exactamente el mismo lugar. Ni siquiera la de una hija.

Y había buscado un escape donde pudo: primero en el láudano, luego en el espiritismo, en los médiums, en voces que prometían que la muerte no era el final.

Alexei había sido parte de esa búsqueda.

Phoebe lo sabía.

Sabía también que, en el fondo, su madre no buscaba fantasmas.

Buscaba a su padre.

Quizá por eso Phoebe nunca había logrado apartarla de ese mundo.

Había algo profundamente humano en su obstinación: tras perder a la persona que había sido su brújula, se había negado a aceptar que el camino terminaba allí.

Phoebe había hecho lo mismo, aunque de otro modo.

Su madre se había aferrado a los muertos.

Ella se había aferrado a su madre.

Durante años, ninguna de las dos se había preguntado lo pesado que podría llegar a ser aquel abrazo.

Lady Quenby la miró.

—Alexei ha estado muy callado últimamente.

Phoebe sintió una punzada de tristeza.

—Quizá él también esté cansado de hablar con nosotras.

Su madre casi sonrió, pero la expresión se desvaneció de inmediato.

—No hay consuelo para ciertas pérdidas.

Phoebe pensó en el príncipe Alberto y en el duelo que había cubierto Londres desde su muerte. Pensó también en su propio padre.

Y entonces comprendió que el viaje a Derbyshire ya no tenía que ver con Cecily.

Ni con fantasmas.

Ni siquiera con Lucian.

Su madre necesitaba salir de Londres.

Necesitaba algo que la sacara, aunque fuera por unos días, de aquellas habitaciones llenas de recuerdos.

Phoebe posó la mano sobre la de su madre.

—Vayamos.

Lady Quenby asintió.

—¿Ya no hay más objeciones?

Phoebe respiró hondo.

—Ninguna.

No había vencido a su madre.

Tampoco había perdido.

Simplemente había comprendido que a veces amar a alguien significaba acompañarlo al lugar del que aún no sabía cómo regresar.

Y en una hora, Lucian Penrose estaría en la puerta.

Phoebe no quería pensar en ello.

Pero el viaje al norte acababa de adquirir un significado completamente distinto.