Capítulo 8
El camino al norte
—¿De verdad será el Sr. Penrose quien os acompañe a Derbyshire?
Beatrix la miró con una mezcla de asombro y diversión.
Phoebe sostenía las riendas de Vulcan con la mirada fija al frente.
—Yo misma apenas puedo creerlo.
La noticia le seguía pareciendo tan improbable como el día anterior. Lucian se había presentado en casa de su madre, había ofrecido sus servicios y, antes de que Phoebe pudiera impedirlo, se había convertido en su acompañante hasta Derbyshire.
—¿Cuándo partís?
—Mañana. Penrose nos recogerá a las nueve y media. Ha comprado los billetes para Durham y ha organizado el viaje.
Beatrix sonrió.
—Eso significa varios días juntos.
—Solo los necesarios.
Phoebe se aseguró de que su voz no delatara lo que pensaba.
Incluso uno sería demasiado.
Desde que Beatrix le había contado que había visto a Lucian en Wandsworth acompañado de una joven, un desasosiego absurdo se había apoderado de ella.
No tenía derecho a sentirlo. Lucian era libre de cortejar a quien quisiera, y ella no podía reclamar nada de un hombre que solo había formado parte de su vida durante un breve instante, seis años atrás.
Aun así, la idea de viajar con él durante varios días le parecía una prueba que los dioses de la antigüedad podrían haber reservado para Némesis.
—¿Galopamos? —sugirió.
Beatrix sonrió.
—Un buen galope cura casi cualquier desgracia.
Phoebe espoleó suavemente a Vulcan.
Por un momento, dejó atrás Londres, Derbyshire, Cecily y, sobre todo, a Lucian Penrose.
Solo por un momento.
Mientras tanto, Lucian tenía asuntos propios que resolver antes de partir.
Cuando bajaba la escalera de la residencia de su abuelo, el conde de Alderwick lo detuvo desde el umbral de la biblioteca.
—¿Adónde vas con tanta prisa?
—A atender un asunto.
No necesitaba explicar que se dirigía a Wandsworth para ocuparse de una de sus inversiones. Su familia conocía su sentido del humor; no conocían, ni necesitaban conocer, el alcance real de sus negocios.
Su abuelo le recordó que debía quedarse a almorzar con la familia.
Lucian aceptó.
Había aprendido hacía tiempo que ciertas obligaciones eran más fáciles de soportar una vez que uno dejaba de luchar contra ellas.
Durante el almuerzo, sin embargo, descubrió que la verdadera preocupación de su tío no era la familia, sino su futuro.
—¿Cuándo piensas casarte?
Lucian dejó la copa sobre la mesa.
—Algún día.
—Esa respuesta no significa nada.
—Entonces es una respuesta perfecta.
Su tío no sonrió.
La conversación terminó inevitablemente donde Lucian sabía que terminaría: con Phoebe.
Su tío desaprobaba la influencia de Lady Quenby, su interés por el espiritismo y, sobre todo, cualquier posibilidad de que Lucian volviera a involucrarse con su hija.
Lucian escuchó sin interrumpir.
Hasta que oyó el nombre de Phoebe acompañado de una advertencia.
Entonces alzó la vista.
—No hables de ella de ese modo.
El silencio que siguió fue suficiente.
Su abuelo los miró a ambos y cambió de tema, pero Lucian ya no estaba escuchando. Había descubierto algo que prefería no examinar demasiado de cerca: podía soportar que cuestionaran su reputación, sus negocios o incluso su forma de vida.
No podía soportar que alguien tratara a Phoebe como si tuviera derecho a juzgarla.
Quizá porque, en el fondo, Lucian sabía que Phoebe había pasado años viviendo bajo el juicio de otros.
Y también sabía que ella estaba empezando, por fin, a rebelarse.
Cuando la conversación volvió a su inminente matrimonio, Lucian respondió con indiferencia.
—No estaré en Londres el jueves.
—¿Por qué no?
—Parto mañana.
Su abuelo levantó la vista.
—¿Adónde vas?
—Al condado de Durham.
La sorpresa fue inmediata.
—¿Qué vas a hacer allí?
Lucian sostuvo la copa entre los dedos.
—Acompañaré a Lady Quenby y a su hija.
Su tío palideció.
—¿Phoebe?
—Phoebe.
—Entonces sí tienes intenciones hacia ella.
Lucian esbozó una breve sonrisa.
—Eso no es lo que he dicho.
—Pero es lo que parece.
Quizá.
No estaba preparado para admitirlo.
—Solo necesitan un caballero que las acompañe mientras visitan al capitán Farringdon y a su esposa.
Su tío negó con la cabeza.
—Otro escándalo.
Lucian miró hacia la ventana.
Más allá del cristal, Londres continuaba su vida indiferente.
—Quizá.
—¿Y qué esperas ganar con ello?
Lucian pensó en Phoebe.
En cómo lo había mirado cuando se ofreció a acompañarlas.
El asombro, la desconfianza y esa pequeña chispa de algo que ninguno de los dos parecía dispuesto a nombrar.
—No lo sé.
Y por primera vez, esa incertidumbre no lo inquietaba.
Había pasado seis años tratando de convencerse de que Phoebe pertenecía a un capítulo cerrado de su vida.
Ahora el destino parecía empeñado en demostrar lo contrario.
Quizá el viaje al norte no era más que un favor.
Quizá un error temerario.
O quizá, como Odiseo antes de zarpar hacia Ítaca, Lucian estaba a punto de descubrir que algunos viajes no comienzan cuando uno abandona el puerto, sino mucho antes, cuando por fin deja de fingir que no existe un lugar al que anhela llegar.
Al día siguiente, partirían juntos.
Y por el momento, eso bastaba.