La dama de las amapolas azules (Corazones victorianos nº 4) Capítulo 7
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Capítulo 7

Lo que no debería haber importado

—¿El Sr. Penrose va a acompañaros al Condado de Durham?

—preguntó Beatrix con una incredulidad que no requería explicación.

Phoebe sostenía las riendas de Vulcan y mantenía la vista al frente. Desde la visita de Lucian el día anterior, había pasado horas intentando convencerse de que la decisión no cambiaba nada.

Estaba fracasando.

—Yo misma apenas puedo creerlo.

Cabalgaban por Constitution Hill bajo el suave sol de verano. Beatrix parecía perfectamente cómoda sobre Bramble; Phoebe, en cambio, apenas sentía el calor del día.

—¿Qué le habrá llevado a ofrecerse?

—El placer de atormentarme —respondió Phoebe—. No se me ocurre otra razón.

Beatrix la estudió por un momento.

—Sea cual sea su razón, gracias a él podrás ir.

Phoebe tuvo que admitirlo.

Eso era lo que importaba.

Todo lo demás podía esperar.

Habían hablado poco de Penrose durante aquellos días. Phoebe prefería que siguiera así. Lo sucedido en Arlington Street ya era bastante vergonzoso sin tener que explicar que había reconocido su voz en aquellos artículos y que, contra todo sentido común, llevaba años leyendo sus columnas.

Aún menos dispuesta estaba a confesar que había acudido a él porque necesitaba su ayuda.

Esa era una humillación que podía guardarse para sí misma.

—Al menos la columna sirvió para algo —dijo Beatrix—. ¿Quién habría pensado que este Sr. Blackwater escribiría precisamente sobre la casa del Capitán Farringdon?

Phoebe hizo una mueca.

—Es absurdo.

—Pero te llevará a Derbyshire.

—Eso es lo único que me importa.

También había buscado información sobre Farringdon. En los archivos del London Courant no había encontrado ninguna de las historias de crueldad que esperaba. Solo había una referencia a su servicio durante la guerra, llena de elogios a su valentía.

No era suficiente.

Farringdon seguía siendo un desconocido.

Y Cecily estaba demasiado lejos.

—¿Crees que todavía es posible que haya sucedido algo malo? —preguntó Beatrix.

Phoebe tardó un momento en responder.

—No lo sé.

Beatrix la miró con cierta paciencia.

—Phoebe, Cecily se casó con él.

—Lo sé.

—Y no tenemos razón para creer que la obligó.

Phoebe apretó las riendas.

—Tampoco sabemos que no lo hizo.

La incertidumbre era peor que cualquier respuesta.

A veces Phoebe deseaba encontrar alguna prueba terrible, algo que pudiera comprender y contra lo que pudiera luchar. Pero la incertidumbre no ofrecía ningún enemigo. Solo silencio.

Y el silencio de Cecily era lo que más la inquietaba.

Beatrix suspiró.

—Al menos sabemos que Farringdon fue un héroe.

—A Cecily le gustan los héroes en las novelas.

—También sabe montar. No cualquiera puede dominar a Cossack.

Phoebe sonrió levemente.

—Todas somos más valientes a caballo.

Había algo de verdad en eso. Desde que las cuatro se habían hecho amigas, habían encontrado en la equitación una libertad que el resto del mundo rara vez les concedía.

Pero Phoebe sabía que un caballo no podía hacer invulnerable a una mujer.

Ella misma lo había aprendido hacía seis años.

—Penrose y Farringdon no se parecen —dijo Beatrix—. Y los hombres que te hacen reír pueden ser más peligrosos de lo que parecen.

Phoebe volvió la cabeza.

—¿Qué quieres decir?

—Que un hombre que te hace reír puede hacerte bajar la guardia antes de que te des cuenta.

Phoebe soltó una risa breve.

—Penrose preferiría burlarse de mí antes que tocarme.

—Precisamente por eso deberías tener cuidado.

Beatrix bajó la voz.

—Ya no es un chico, Phoebe.

Ella no respondió.

No necesitaba que nadie se lo recordara.

Lucian Penrose era un hombre.

Un hombre soltero.

Y, como él mismo había tenido la audacia de mencionar, su familia empezaba a impacientarse por encontrarle esposa.

—No tiene intención de contarme entre sus conquistas —dijo Phoebe—. Ni siquiera creo que me vea de esa manera.

Beatrix no discutió.

Su silencio fue mucho más incómodo que cualquier respuesta.

Phoebe apretó las manos alrededor de las riendas.

—¿Qué significa eso?

—Nada.

—Beatrix.

Su amiga sonrió.

—Solo digo que quizá su corazón ya esté ocupado.

Phoebe sintió una punzada inesperada.

—¿Qué has oído?

—No he oído nada.

Beatrix vaciló.

—Lo vi.

Phoebe giró la cabeza.

—¿Dónde?

—En Wandsworth, hace unas dos semanas.

El corazón le dio un vuelco.

—¿Qué hacía allí?

—Conducía su carruaje.

Phoebe conocía bien el carruaje. También conocía a las dos yeguas que lo tiraban, Merlin y Calypso. Ella misma les había puesto nombre cuando aún eran potras.

Una pequeña concesión a una amistad que, con los años, había aprendido a dar por terminada.

—¿Y?

Beatrix guardó silencio un momento.

—No iba solo.

Phoebe sintió que algo se le tensaba por dentro.

—¿Con quién?

—Una dama.

Las palabras eran simples.

El efecto, no.

—¿Quién?

—No la conocía. Era joven. Dieciocho o diecinueve años, quizá. Morena, de piel clara.

Phoebe miró al frente.

De pronto, el paseo se le antojaba demasiado largo y el aire, demasiado escaso.

—¿Era hermosa?

Beatrix la estudió.

—Sí.

Phoebe asintió, como si la respuesta no significara nada.

No tenía derecho a sentirse decepcionada.

Lucian no le pertenecía.

Nunca le había pertenecido.

Salvo por aquel breve momento de juventud que ambos habían dejado atrás hacía más de seis años.

Y, sin embargo, el dolor no se parecía a los celos que había imaginado sentir en otras mujeres. Era algo más íntimo y más difícil de admitir: la sensación de haber llegado demasiado tarde a una historia que quizá nunca había sido suya.

—No era tan hermosa como tú —dijo Beatrix con suavidad.

Phoebe soltó una risa seca.

—No empieces.

No quería que la consolaran.

Y menos aún con eso.

La belleza nunca había sido el problema.

El problema era que Lucian pudiera mirar a otra mujer como una vez la había mirado a ella.

Y Phoebe había creído que aquella mirada pertenecía al pasado.

Quizá había sido ingenua.

Apretó ligeramente las piernas contra los flancos de Vulcan. El caballo respondió con un cabeceo inquieto.

Phoebe lo calmó con una caricia suave.

Había perdido demasiado en los últimos años. A su padre. La estabilidad de su hogar. La vida que una vez había imaginado para sí misma.

No pensaba perder también a Cecily.

Y si encontrarla significaba cruzar media Inglaterra con Lucian Penrose, que así fuera.

Aunque en el camino tuviera que enfrentarse a más fantasmas de los que el Sr. Blackwater había anunciado.