La dama de las amapolas azules (Corazones victorianos nº 4) Capítulo 6
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Capítulo 6

Una oferta temeraria

Había pasado casi una semana desde que se publicó la columna del Sr. Blackwater, y Lady Quenby seguía en Londres.

Lucian Penrose empezaba a sospechar que Phoebe no había conseguido lo que esperaba.

Aquella mañana, se presentó en Portland Square pretextando curiosidad. Había cumplido su parte del trato: había escrito el artículo que Phoebe le había pedido, y su editor lo había publicado en The Spiritual Review. Ahora solo necesitaba saber si el plan había funcionado.

El mayordomo lo acompañó hasta el salón.

Phoebe no estaba allí.

Lucian ocultó su decepción tras una sonrisa. Lady Quenby lo recibió sentada frente a las ventanas, vestida de negro, con el aire solemne de una mujer acostumbrada a que los demás se explicaran antes de dirigirle la palabra.

—Penrose. ¿A qué debemos el placer?

—¿Debe haber una razón, milady?

La condesa lo estudió por encima de su abanico.

—Supongo que está devolviendo la cortesía a mi hija.

Lucian comprendió que Phoebe ya le había contado su visita a Cavendish Street. O al menos lo suficiente.

No le sorprendió.

Durante años, Phoebe y su madre habían parecido vivir bajo un pacto silencioso. Pero algo había cambiado desde que Cecily se marchó a Derbyshire. Lucian lo había percibido en ella desde el primer momento en que volvió a verla.

La preocupación había hecho algo que ni siquiera la muerte de su padre había logrado del todo: había despertado en Phoebe el deseo de tomar sus propias decisiones.

Y cuando una mujer como Phoebe descubría que quería algo, lo mejor era apartarse de su camino.

—Pensé que ya estarían preparándose para el viaje al norte —comentó.

Lady Quenby parpadeó.

—¿Qué viaje?

Lucian hizo lo posible por no mostrar su sorpresa.

—Pensé que había leído The Spiritual Review.

El rostro de la condesa se iluminó de repente.

—¡El artículo del Sr. Blackwater!

Lucian tuvo que reprimir una sonrisa.

Había dedicado más tiempo a ese artículo del que le gustaría admitir.

Antes de escribirlo, había revisado números antiguos del periódico y buscado algún suceso real que pudiera servir de base para su ficción.

Había encontrado referencias a Ravensmere Hall y las antiguas ejecuciones que habían ayudado a construir su reputación.

No había querido inventarlo todo.

Incluso para una columna destinada a entretener, prefería que sus mentiras tuvieran algún hueso de verdad debajo.

—Ravensmere Hall tiene una historia interesante —dijo—. Quizá demasiado interesante como para que una persona como usted deje pasar la oportunidad.

Lady Quenby asintió con entusiasmo.

—Exactamente. El velo entre los mundos difícilmente volverá a ser tan transparente.

Lucian estuvo a punto de responder que, en su opinión, el velo parecía poseer la admirable costumbre de volverse considerablemente más transparente cada vez que había dinero de por medio.

Se contuvo.

—Entonces, ¿qué le impide ir?

La condesa suspiró.

—No podemos viajar tan lejos sin escolta.

Lucian miró hacia la puerta.

En ese momento, Phoebe apareció cargando una pesada caja de escritura en los brazos. El esfuerzo le había encendido las mejillas, y un mechón dorado se había escapado de su peinado.

Cuando lo vio, se detuvo.

—¿Qué haces aquí?

—Satisfacer mi curiosidad.

—Ya veo.

La voz de Lady Quenby interrumpió el breve intercambio.

—Sentaos, los dos.

Lucian se acercó a Phoebe y tomó la caja antes de que ella pudiera protestar.

Sus dedos apenas se rozaron.

Fue suficiente.

Habían pasado seis años y medio desde aquel beso bajo el muérdago, y aun así su cercanía tenía la desagradable costumbre de recordarle que algunas heridas no sanaban. Simplemente aprendían a vivir en silencio.

Dejó la caja sobre la mesa.

Phoebe se sentó a su lado.

—Estábamos comentando nuestra desgracia —dijo Lady Quenby—. Perder una oportunidad como la que nos ofrece el Sr. Blackwater es verdaderamente lamentable.

Phoebe bajó la mirada.

—Sí. Muy lamentable.

Lucian la estudió.

No era la misma mujer que había ido a verlo una semana antes. Parecía cansada. Había sombras bajo sus ojos y una tensión en sus hombros que no había notado entonces.

—¿Hay algo que les impida viajar? —preguntó.

—Necesitamos que un caballero nos acompañe.

Eso podía arreglarse.

Lucian no supo si la idea había aparecido primero en su mente o en su orgullo.

Miró a Phoebe.

Tenía las manos entrelazadas sobre el regazo.

Quería ir a Derbyshire.

No por aventura, curiosidad, ni siquiera por la historia de fantasmas que él mismo había inventado. Quería asegurarse de que Cecily estaba bien.

Y Lucian conocía demasiado bien esa necesidad suya de proteger a las personas que amaba.

—¿Solo necesitan una escolta adecuada?

Lady Quenby asintió.

—Un caballero.

La prudencia le aconsejaba permanecer en silencio.

Lucian había pasado años descubriendo que la prudencia era una virtud sobrevalorada.

—En ese caso, estaría encantado de ofrecer mis servicios.

Phoebe levantó la cabeza.

—¿Usted?

Lady Quenby habló al mismo tiempo.

—¿Usted?

Lucian sonrió.

—Yo. ¿Acaso no soy un caballero?

Phoebe lo miró como si acabara de anunciar su intención de cruzar el Atlántico en un bote de remos.

Aquella expresión casi le hizo cambiar de opinión.

Casi.

Lady Quenby, en cambio, parecía encantada.

—Es una oferta muy generosa. Aunque quizá sea usted demasiado joven para semejante viaje.

—No sería ningún sacrificio.

Eso era mentira.

Pero Lucian empezaba a comprender que estaba dispuesto a pagar un precio considerable por unos días en compañía de Phoebe.

—Además —añadió—, sería una lástima desperdiciar una oportunidad tan extraordinaria.

La condesa estudió su rostro.

—¿Tenía usted intención de viajar a Derbyshire?

Lucian sostuvo la mirada de Phoebe.

—Sí.

Una pausa.

—Quiero decir... eso es lo que haré.

Su conciencia protestó.

No lo digas.

Ya era demasiado tarde.

—Si confían en mí —continuó—, me encargaré de organizar el viaje.

Lady Quenby sonrió con satisfacción.

Phoebe no dijo nada.

Seguía mirándolo fijamente, con los ojos muy abiertos en una mezcla de asombro y horror.

Lucian conocía esa expresión.

Era la misma que Phoebe siempre había mostrado cada vez que él hacía algo que no encajaba con la imagen que ella se había empeñado en conservar de él.

Y quizá por primera vez, eso le produjo cierta satisfacción.

—Después de todo —dijo, con una calma que no sentía—, somos viejos amigos.

Phoebe apartó la mirada.

Lucian supo entonces que acababa de complicarse la vida considerablemente.

Otra vez.

Y contra todo pronóstico, no le importaba.