La dama de las amapolas azules (Corazones victorianos nº 4) Capítulo 5
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Capítulo 5

La voz del Sr. Blackwater

Había pasado una semana desde que Phoebe visitara a Lucian Penrose.

Siete días de espera, de impaciencia apenas disimulada, aguardando esa maldita columna que podría abrirle el camino a Derbyshire.

No había estado ociosa. Mientras esperaba, había averiguado todo lo que pudo sobre el capitán Farringdon. Quería saber quién era el hombre que Cecily había elegido como esposo y, sobre todo, qué clase de vida llevaba ahora su amiga en aquella casa solitaria del norte.

Aquella tarde pensaba visitar las oficinas del London Courant. Un periódico conservaba muchas cosas que la gente prefería olvidar. Quizá sus archivos le permitirían encontrar algo sobre Farringdon que nunca salía a relucir en las conversaciones de salón.

Pero por el momento solo importaba una cosa.

La columna de Penrose.

Phoebe encontró a Wakefield en el vestíbulo, con el correo de la mañana en las manos.

—¿Ha llegado?

—Sí, milady.

Le entregó el último número de The Spiritual Review.

Phoebe lo tomó demasiado deprisa.

—No le digas a mi madre que ha llegado. Yo misma se lo llevaré cuando termine de leerlo.

Wakefield inclinó la cabeza. La conocía desde niña y sabía cuándo una pregunta requería respuesta y cuándo bastaba el silencio.

—Como desee, milady.

Phoebe le dedicó una breve sonrisa y se dirigió a la biblioteca.

Todo seguía igual.

El estudio de su padre llevaba seis años intacto: oscuro, austero, las estanterías de caoba dispuestas con una precisión casi severa, el leve aroma a tabaco de pipa aún adherido a la madera. Phoebe había aprendido a entrar sin pensar demasiado en lo que significaba.

A veces, simplemente cerrar la puerta bastaba para recordar una sensación de seguridad que ya no existía.

Se sentó en el sofá de cuero y abrió el periódico.

No tardó en encontrar el marco de estrellas y arabescos que anunciaba la columna de Penrose.

LAS REFLEXIONES TERRENALES DEL SR. BLACKWATER

Phoebe leyó.

Saturno, la alineación de los planetas, el velo entre los mundos.

Y luego Edgemoor House, o Ravensmere Hall, en el condado de Durham.

Un lugar marcado por ejecuciones durante la Guerra Civil y por antiguos relatos de apariciones.

El Sr. Blackwater invitaba a sus lectores a enfrentarse a los espíritus del pasado y, con una cortesía que Phoebe reconoció al instante, les aconsejaba viajar al condado antes del primero de agosto.

Bajó lentamente el periódico.

—Penrose.

Era imposible no reconocerlo.

Aquella mezcla de ironía y fingida seriedad. Su manera de decir una cosa mientras parecía reírse de otra.

Y sin embargo, había cumplido su palabra.

Había escrito exactamente lo que ella necesitaba.

Ahora Phoebe solo tenía que llevarle la página a su madre.

Y a Beatrix.

El pensamiento borró su satisfacción.

No le había contado a Beatrix que había visitado a Penrose. En realidad, apenas hablaba de él con sus amigas. Siempre que lo mencionaba era para decir que no lo soportaba.

Eso era mucho más fácil que explicar la verdad.

Que hacía tiempo que era capaz de reconocer su voz en las columnas del Sr. Blackwater.

Que había empezado a leerlas con una atención que nunca habría admitido.

Que cuando encontró artículos similares en The Weekly Astral, firmados por un tal Sr. Blackwell, se dio cuenta de que el mismo hombre se ocultaba tras ambos nombres.

Luego había descubierto otros.

Demasiados.

Penrose escribía para varias publicaciones y cambiaba de nombre con una facilidad desconcertante. Se burlaba de espiritistas, novelistas, horticultores y reformadores. Incluso sus seudónimos parecían elegidos para arrancar una sonrisa.

Blackwater. Blackwell.

Ridículo.

O eso se había dicho Phoebe.

Pero ahora volvió a leer la frase:

Las injusticias del pasado tienen derecho a exigir reconocimiento.

Frunció el ceño.

Aquello ya no sonaba a simple burla.

Había algo extraño en que precisamente Penrose eligiera esas palabras. No sabía si las había escrito para cumplir su promesa, para burlarse de ella o por alguna razón que aún no comprendía.

Y esa incertidumbre era lo que más la inquietaba.

Porque por primera vez desde que lo conocía, no estaba segura de saber qué pensaba Lucian Penrose.

Phoebe dobló el periódico con cuidado y se levantó.

Había obtenido la llave que necesitaba.

Ahora solo quedaba persuadir a su madre de que abriera la puerta.