La dama de las amapolas azules (Corazones victorianos nº 4) Capítulo 4
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Capítulo 4

Lo que queda

La pequeña casa de los Merriweather en las afueras de Londres era discreta y respetable, como correspondía a una familia con muy buenas razones para no llamar la atención.

Lucian Penrose llevaba dos mañanas seguidas visitándola.

Aquella segunda visita estaba empezando a agotar su paciencia.

La Sra. Merriweather exigía más dinero. Lucian ya le proporcionaba una generosa asignación y cubría los gastos extraordinarios cuando hacía falta. No podía darle todo lo que pedía.

No por tacañería.

Por prudencia.

La familia Merriweather era uno de los secretos que había heredado de su padre nueve años atrás, cuando su madre, en su lecho de muerte, le reveló que Silas Penrose había mantenido una relación con su antigua doncella y que de esa unión habían nacido tres hijos.

Lucian tenía veinte años cuando se enteró de la verdad.

Su padre había muerto sin reconocerlos en su testamento.

Lucian, sin embargo, había decidido hacerse responsable de ellos.

No podía reparar el pasado, pero sí podía evitar que quienes no habían hecho nada malo pagaran por él.

—Gabriel necesita más dinero —insistió la Sra. Merriweather.

Lucian cerró los ojos un momento.

Gabriel, su único hijo varón, había regresado recientemente del internado y ya había acumulado una considerable deuda de juego.

—Saldé una de sus deudas apenas ayer.

—Y hoy tiene otra.

Lucian la miró con cansancio.

—Entonces el problema no es cuánto dinero recibe. Es lo que hace con él.

La mujer se ofendió.

—¡Es el nieto de un conde!

—Un nieto ilegítimo.

No lo dijo con crueldad. Era simplemente la verdad, y Lucian prefería las verdades incómodas a las mentiras reconfortantes.

La sociedad nunca los aceptaría como iguales. Fingir lo contrario solo podía ponerlos en peligro.

La discusión terminó como siempre: con la Sra. Merriweather furiosa y Lucian marchándose antes de perder la paciencia.

Apenas había llegado a la calle cuando Rosalie salió tras él.

—Penrose.

Lucian se detuvo.

La joven se disculpó por su madre y le explicó en voz baja que la deuda de Gabriel era aún mayor de lo que él sabía.

Lucian escuchó sin reproches.

Rosalie era diferente de los demás. Nunca había exigido nada y parecía comprender que él también arrastraba una situación que nunca había elegido.

—No deberías hablar de esto aquí —dijo cuando notó que una vecina los observaba.

Le tendió la mano.

—Ven. Daremos un paseo.

La ayudó a subir al pequeño carruaje.

Era temprano, y aquella parte de Londres quedaba lo bastante lejos de los lugares donde los chismes corrían como la pólvora.

Cuando tomó las riendas, Rosalie señaló los nombres de las dos yeguas.

—Merlin y Calypso. Son nombres poco comunes. ¿Los elegiste tú?

Lucian negó con la cabeza.

—Lo hizo una amiga.

La palabra bastó para cambiar su expresión.

Phoebe.

La recordó en Ashbourne House, apoyada contra la valla mientras observaban a los caballos jóvenes. Había tardado demasiado en comprender lo que sentía por ella. Cuando finalmente lo hizo, ya era demasiado tarde.

Phoebe se había llevado su corazón sin pedir permiso.

Y a pesar de los años, parte de él seguía perteneciendo a aquella mujer que siempre vestía de negro.

Lucian volvió al presente.

—Dime cuánto debe Gabriel esta vez.

Mientras recorrían las calles de Londres, ya estaba pensando en Phoebe y en la promesa que le había hecho.

Tenía que escribir aquella columna.

No sería un asunto sencillo.

Phoebe creía que sus artículos eran meros juegos. No lo eran. Incluso cuando usaba seudónimos y escribía sobre temas que podían parecer excéntricos, Lucian nunca afirmaba nada que no pudiera demostrar.

Si iba a escribir sobre la casa supuestamente embrujada del capitán Farringdon, primero tendría que investigar el origen de aquellos rumores.

Pero por primera vez en mucho tiempo, no le importaba tener una obligación pendiente.

Había prometido ayudar a Phoebe.

Y Lucian Penrose siempre había tenido debilidad por las promesas que podían complicarle la vida.